Capítulo 2
Ningún mensaje nuevo.
La luz que entraba por la puerta de cristal esmerilado de la cocina era gris, de mañana de noviembre con nubes bajas.
El piso olía a cerrado y a la manzanilla fría que se había quedado en la taza.
Abajo, en la calle, alguien levantaba la persiana metálica de un comercio con un estruendo que llenó la escalera.
Inés se puso de pie apoyándose en la pared. Le dolía una rodilla. Miró por la mirilla. El rellano estaba iluminado por la claridad que bajaba del lucernario del último piso, y la tarjeta seguía allí, en el felpudo, doblada por la mitad.
Quitó la llave de la cerradura, la giró, dejó la cadena puesta y abrió.
La puerta se detuvo a un palmo, con el tirón seco de la cadena.
Por la rendija entró el aire frío de la escalera.
No había nadie. Desde el piso de abajo subía el olor de una cafetera.
Inés sacó el brazo por la abertura, pero la tarjeta estaba en el centro del felpudo y no llegaba.
Volvió a la cocina, cogió el cepillo del recogedor y, sintiéndose ridícula, la arrastró hacia el umbral hasta que pudo atraparla con dos dedos.
Cerró, echó la llave, se apoyó en la puerta y la abrió.
Era una tarjeta de visita normal, de cartulina blanca algo satinada, de las que se encargan por internet a cien unidades por cinco euros. Letras azules de imprenta.
REVISIONES DE GAS Servicio técnico 24 h · Calderas · Instalaciones
Debajo, un número de móvil. Nada más. Ni nombre de empresa, ni dirección, ni la cifra de registro que obligatoriamente llevan los instaladores autorizados, ni CIF.
Inés lo sabía porque, dos inviernos antes, cuando una caldera de su piso de Valencia dejó de funcionar, había tenido que buscar un técnico y había aprendido a mirar esas cosas para no caer en los que ofrecían revisiones a domicilio a gente mayor.
Le dio la vuelta. En el reverso, con bolígrafo azul y letra rápida:
Disculpe las molestias. Llámenos para concertar la revisión.
Buscó el número en el móvil. Ningún resultado útil: una página de anuncios clasificados que no cargaba y nada más.
Hizo una foto a cada cara de la tarjeta, sobre la madera clara del mueble del recibidor, con la regla de su estuche al lado para que se viera el tamaño.
Era un gesto de oficio: en el taller, cada documento que entraba se fotografiaba antes de tocarlo.
Luego metió la tarjeta en una funda de plástico de las que llevaba siempre en la mochila y la dejó encima del pósit de su madre.
Después llamó a un cerrajero.
El primero no contestó. El segundo le dijo que los sábados solo hacían aperturas de emergencia y que un cambio de bombín se lo podían hacer el lunes a primera hora.
El tercero, una cerrajería del barrio de Torrero con una ficha llena de reseñas, la puso en espera y luego le pasó con un hombre que se presentó como Germán.
—¿Le han forzado la puerta?
—No. Creo que alguien tiene una copia de la llave que no debería tener.
—Entonces no es una urgencia —dijo él, sin malicia—. Pero entiendo que no quiera pasar el fin de semana pensándolo. Le puedo ir a las siete de la tarde. En sábado le tengo que cobrar el desplazamiento de urgencia, más el bombín. ¿Sabe qué cerradura tiene?
Inés fue a la puerta y le describió el bombín, la marca, el ojo gastado. Germán le dijo una cifra con desplazamiento y un cilindro de seguridad decente. Era más de lo que costaba un mes de luz de aquel piso. Dijo que sí.
—Mientras tanto, si está dentro, eche la llave y déjela puesta. Y si sale, me lo pienso dos veces antes de dejar nada de valor.
Al colgar se dio cuenta de que tenía hambre.
Abrió la nevera: dos yogures que había traído de Valencia, media barra de pan de la estación de servicio de Teruel, un brick de leche.
Se hizo un café en la cafetera italiana de su madre, que seguía en el escurridor como si nadie la hubiera tocado desde septiembre, y mientras esperaba a que subiera se quedó mirando la caldera.
Era la misma de siempre, una caja blanca metida en el hueco junto a la ventana del patio, con la pegatina de la última revisión obligatoria en un lateral: marzo de 2024.
Encima, en el falso techo de escayola, había una tapa cuadrada de registro, sujeta con cuatro tornillos, por la que pasaban los tubos de la salida de humos.
Inés recordaba a su madre subida a una silla, de joven, metiendo por allí bolsas de tela con bolsas de plástico dobladas dentro, porque en aquella cocina no cabía nada.
Dos de los cuatro tornillos tenían la cabeza brillante. No relucían por nuevos; relucían porque alguien había mordido la pintura blanca con un destornillador y había dejado el metal al aire en forma de estrella. Los otros dos seguían cubiertos de pintura, lisos.
La revisión del gas , pensó. Era lo normal: el técnico abre el registro para mirar el conducto. Lo pensó y lo dejó ahí, porque la cafetera empezó a borbotear.
Se tomó el café de pie y fue al dormitorio de su madre.
No había entrado más que un momento la tarde anterior.
La cama estaba hecha con la colcha de ganchillo que había tejido su abuela.
En la mesilla seguían las gafas de cerca, un vaso vacío con una marca de agua seca en el fondo, un rosario que su madre no rezaba pero que tenía siempre a mano porque había sido de la abuela, y la agenda del banco de ese año, con tapas de plástico granate.
Las cortinas estaban corridas. Inés las abrió y la luz gris cayó sobre el suelo de terrazo.
El armario empotrado ocupaba toda la pared del fondo.
Dos puertas de madera lacada, una barra con la ropa de su madre y, arriba, un estante largo donde Pilar guardaba lo que ella llamaba «los papeles de la casa».
Inés lo sabía de memoria porque de niña tenía prohibido tocarlo: una caja de archivo de cartón azul, con cantoneras metálicas y una etiqueta escrita a mano, CASA, donde estaban las escrituras, los recibos del IBI, las garantías de los electrodomésticos, el contrato de la luz de 1994 y cualquier cosa que su madre considerara importante.
La gestoría de Valencia que iba a llevar la venta le había pedido las escrituras y los últimos recibos. Era lo primero que tenía que encontrar.
Abrió el armario. Olía a lavanda y a naftalina, y a otra cosa que era solo su madre.
El estante estaba allí. La caja, no.
Inés se subió a la banqueta del tocador para ver mejor.
Había otras cosas: una caja de zapatos con fotos, una bolsa con lana, dos mantas dobladas en fundas de plástico, una sombrerera que había pertenecido a su abuela.
En el lugar exacto donde siempre había estado la caja azul, al fondo a la izquierda, había un rectángulo dibujado en el polvo.
Se quedó mirándolo.
En el taller tenían una expresión para eso: la sombra del objeto .
Cuando se retiraba un legajo de un estante donde había pasado años, quedaba su huella limpia rodeada de polvo, y el borde de esa huella contaba cosas.
Inés acercó la cara a la madera. El rectángulo no estaba limpio del todo.
Dentro había una capa de polvo muy fina, gris claro, más fina que la de alrededor, pero real: si pasaba la yema del dedo, dejaba una línea.
La caja no se había retirado la noche anterior.
Tampoco hacía años. Llevaba fuera semanas.
Un mes, quizá. Quizá algo menos. Con un armario cerrado, en un piso donde no vivía nadie, el polvo cae despacio.
Alrededor, en el borde de la madera, había dos marcas paralelas, más oscuras, donde unos dedos se habían apoyado para tirar. No sabía de quién eran. No eran huellas que pudiera leer. Eran solo señales de que alguien había estado allí.
Bajó de la banqueta y se sentó en el borde de la cama.
Era posible que su madre la hubiera movido.
Que en agosto, cuando volvió a casa con la enfermera, le hubiera pedido a alguien que se la bajara para buscar algo, y luego la caja se hubiera quedado en otro sitio.
Era posible que se la hubiera llevado al hospital, aunque no tenía sentido.
Era posible que la enfermera, o la mujer que venía a limpiar los martes, la hubieran cambiado de lugar.
Inés se obligó a pensar en todas esas posibilidades con el orden con que pensaba un expediente: qué falta, desde cuándo, quién tenía acceso.
Quién tenía acceso.
Durante una hora buscó la caja en el resto de la casa.
Miró en el altillo del pasillo, en el armario de su antiguo cuarto —que ahora era el cuarto de la plancha—, debajo de las camas, en el aparador del salón, en el trastero diminuto de la terraza.
Encontró cosas que no buscaba: su orla del instituto enrollada en un tubo, dos bolsas de ropa con la etiqueta de una parroquia, una caja de galletas danesas llena de botones, una carpeta con sus notas de primaria.
Encontró los recibos del IBI de los dos últimos años en la carpeta de la cocina, junto a las facturas. No encontró la caja azul.
Al revisar el armario por segunda vez se fijó en más cosas.
Las perchas de la barra estaban todas empujadas hacia la derecha, como si alguien hubiera necesitado espacio para meterse dentro.
La caja de zapatos con fotos tenía la tapa puesta al revés, con el logotipo de la marca hacia la pared.
En el cajón de abajo, donde Pilar guardaba los papeles del banco ordenados por fecha, los extractos del último año estaban en orden inverso: el más reciente debajo.
Nada de eso probaba nada. Una persona enferma desordena. Una enfermera con prisa desordena. Una hija que no ha vuelto en meses no sabe si su madre había empezado a guardar los extractos al revés.
Lo que no desordena una enferma es un estante a dos metros de altura.
Volvió a la mesilla y cogió la agenda granate.
Su madre era de las que lo apuntaban todo.
Citas médicas, cumpleaños, el día de pagar la comunidad, la lotería de Navidad que compartía con las vecinas.
Las páginas de enero a mayo estaban llenas de esa letra inclinada que Inés conocía mejor que la suya: Dentista 10:30.
Felicitar a Basilio. Pagar derrama ascensor .
En junio la letra empezaba a cambiar: más grande, con los trazos menos firmes.
Oncología 9:00. Análisis. Llamar a Inés .
Ese Llamar a Inés aparecía cuatro veces en junio.
Inés no se acordaba de cuatro llamadas en junio. Se acordaba de dos.
Siguió pasando páginas sin dejarse leer demasiado.
Lunes, 14 de julio. Hospital. Y debajo, con otro bolígrafo, más torcido:
Llaves a R. (por si acaso).
Lo leyó tres veces. Luego fotografió la página.
Por si acaso. Por si acaso qué. Por si se rompía la calefacción en julio, con cuarenta grados en Zaragoza.
Por si había una fuga de agua, por si se quedaba ingresada más tiempo del previsto y alguien tenía que entrar a regar las plantas.
Las plantas. Inés miró la ventana: en la repisa había dos macetas de geranios secos. Nadie había regado nada.
Roberto tenía una llave. No era una suposición de un desconocido; era una frase de su madre, con fecha.
Lo cual dejaba la otra pregunta intacta. El autor del mensaje no lo había adivinado. Lo sabía. Y lo sabía con la seguridad suficiente para escribírselo a una desconocida pasada la medianoche, en mayúsculas, en lugar de decírselo a la cara.
¿Quién tenía su número de teléfono en aquel edificio?
Roberto, porque la había llamado. La administración de la comunidad, quizá, si Roberto lo había pasado. El notario de la herencia, la gestoría, el hospital, la funeraria. Y su madre.
En la bolsa de plástico que le habían dado en el hospital con las pertenencias de Pilar —un camisón, unas zapatillas, un neceser, el móvil— seguía el teléfono, apagado desde septiembre.
Inés lo sacó. Era un modelo viejo, con funda de tapa de piel sintética y un cargador que no estaba en la bolsa.
Probó con el suyo: la clavija no entraba.
Lo dejó sobre la mesilla, junto a la agenda, con la sensación de estar posponiendo algo que no quería hacer.
Antes de salir del dormitorio fotografió el estante, el rectángulo de polvo, las perchas, la tapa de la caja de zapatos y el cajón de los extractos. Luego cerró el armario con cuidado, como quien cierra una vitrina.
En la cocina apuntó todo en una libreta de tapas negras que llevaba para el inventario de la casa y que hasta ese momento solo tenía una línea: Escrituras / IBI / gestoría .
Escribió la hora de los golpes, la hora del mensaje, el número de referencia de la distribuidora, la frase de la agenda.
Escribió: caja azul: falta, semanas . Escribió, después de pensarlo un momento: tornillos registro cocina .
Y debajo, con una interrogación: ¿quién más sabe mi número?
El móvil vibró sobre la encimera y le dio un vuelco el estómago. Era su compañera del taller, Amparo, con una foto de una carpeta de pergamino medio deshecha y tres emoticonos llorando. Mira lo que nos ha llegado del archivo diocesano. Te esperamos con ganas. ¿Cómo estás?
Inés escribió Bien. Liada con papeles , y lo envió, y se quedó un momento mirando la frase, que no era exactamente mentira.
Abrió otra vez el chat del número desconocido. Sus dos mensajes de la noche, enviados, sin respuesta. Escribió: Sé que tiene una llave. Gracias. Necesito saber quién eres . Lo borró antes de enviarlo. No quería darle a nadie más información de la que ya tenía.
Eran las diez menos cuarto. Hasta las siete faltaban nueve horas.
No iba a pasarlas sentada en el suelo del recibidor.
Se duchó con la puerta del baño abierta y el agua más caliente de lo que soportaba, se vistió, se recogió el pelo y guardó en el bolsillo interior de la chaqueta la funda con la tarjeta. Cogió la libreta. En el recibidor, antes de salir, miró la puerta.
Arrancó un hilo largo del dobladillo deshilachado de una bufanda vieja de su madre, de lana roja, que colgaba en el perchero.
Abrió, salió al rellano y, agachada, pegó el hilo con un poco de saliva entre el marco y la hoja, a la altura del tobillo, donde nadie miraría.
Era otra cosa que había visto en una película. Le dio igual.
Echó la llave dos veces desde fuera.
El rellano olía a café. Detrás de la puerta del 3A se oía una radio con un programa de tertulia a volumen muy alto. Por el hueco de la escalera subía el ruido de un cochecito de bebé chocando contra un escalón y una voz de hombre diciendo ya está, ya está, ya está .
Inés empezó a bajar. Quería ver, a la luz del día, quién vivía en aquel edificio.