No abras la puerta Capítulo 1
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No abras la puerta

No abras la puerta

Por Adrian Ferrer

© inepub.com

Capítulo 1

La primera vez que llamaron, Inés pensó que era la caldera.

Al cuarto golpe dejó la taza en la encimera.

—¿Quién es?

—Inés, soy Roberto. Roberto Mena, el presidente de la comunidad. —Una pausa—. Hemos hablado esta mañana por teléfono. Perdona las horas.

Se acercó al recibidor sin encender la luz. Bajo la puerta entraba una franja amarilla del rellano y, con ella, el olor del edificio, que no había cambiado en veinte años: lejía, humedad de patio y una pintura vieja que nunca terminaba de secarse.

Miró por la mirilla.

Roberto Mena llevaba una chaqueta de punto azul marino abotonada hasta arriba, como si hubiera salido de casa con prisa pero sin descuidarse.

A su lado había un hombre más joven, de unos treinta años, con un forro polar gris y una caja de herramientas de plástico rojo.

El joven miraba el móvil. Roberto miraba la puerta.

—¿Qué pasa?

—Puede haber una fuga de gas en la bajante. Un vecino ha notado olor en la escalera y hay que revisar las viviendas de este lado. Es un momento.

Inés se volvió hacia la cocina. La caldera estaba allí, en el rincón, con su piloto azul encendido detrás del cristal.

Olía a manzanilla y a la lejía con la que había fregado la encimera nada más llegar.

Gas, no. Tampoco oía pasos en la escalera, ni puertas, ni la clase de voces que se levantan cuando de verdad algo va mal en un edificio a medianoche.

—Yo no huelo nada.

—Muchas veces no se nota dentro. —Roberto habló con paciencia, despacio, como quien explica algo a una persona mayor—. Han llamado a la compañía y nos han dicho que revisemos primero las llaves de paso. Abre y en cinco minutos te dejamos dormir, que tampoco son horas para nadie.

Sonrió hacia la mirilla. Una sonrisa corta y razonable.

Inés tenía la mano en el pomo. No recordaba haberla puesto ahí.

Por la mañana, cuando él la había llamado al móvil mientras ella cargaba las cajas plegadas en el coche, en Valencia, la conversación había sido amable y breve.

Que sentía mucho lo de su madre. Que Pilar había sido una vecina estupenda, de las de antes.

Que si necesitaba cualquier cosa con el piso, la comunidad, los papeles de la venta, él vivía en el primero y estaba casi siempre en casa.

Ella le había dado las gracias. Le había dicho que llegaría el sábado.

Había llegado el viernes por la tarde porque no soportaba la idea de pasar otra noche más mirando el techo de su piso de Valencia pensando en el de Zaragoza.

¿Cómo sabía él que estaba dentro?

Las luces, se dijo. Desde el patio se ven las ventanas.

El móvil vibró en el bolsillo trasero del vaquero.

Lo sacó por reflejo. Eran las doce y veinte de la noche y no esperaba nada de nadie. Su compañera del taller ya le había escrito a las nueve para preguntarle si había llegado; ella había contestado con un pulgar. No había nadie más que pudiera escribirle a esa hora.

Número desconocido. Un móvil con prefijo español.

NO AbrAS LA PUERTA. ÉL TIENE UNA LLAVE.

Leyó el mensaje dos veces. Las mayúsculas le parecieron, durante un segundo, una broma de mal gusto, una de esas cadenas que circulan con faltas de ortografía. Pero no había faltas. Había dos frases, punto y punto, y la segunda era demasiado concreta.

Notó el frío primero en los dedos, después en la nuca.

Volvió a acercar el ojo a la mirilla. Roberto le estaba diciendo algo al joven en voz baja; el joven guardó el móvil y se encogió de hombros.

Luego Roberto levantó la cabeza, y Inés tuvo la sensación incómoda de que la estaba mirando a ella a través de la lente, aunque sabía que desde fuera solo se veía un punto oscuro.

—¿Inés? ¿Sigues ahí?

No contestó.

Él tiene una llave.

Pensó en la nota que había encontrado esa tarde, al vaciar el cajón del recibidor para meter sus propias llaves y la documentación del coche.

Un pósit amarillo, pegado al fondo, con la letra inclinada y apretada de su madre: «Roberto: calefacción, llaves».

Lo había leído, lo había despegado y lo había dejado encima del mueble sin pensar en él, entre una factura de la luz y un folleto de una farmacia.

Había supuesto que hablaba de la calefacción central del edificio, o de las llaves de los radiadores, de esas pequeñas llaves cuadradas para purgarlos que su madre perdía cada invierno.

Ahora lo miró de otra manera. Estaba allí mismo, a medio metro, encima del mueble. Calefacción. Llaves.

En los últimos meses, Pilar había estado ingresada.

Había pasado en casa unas semanas de agosto, con una enfermera de paliativos que venía por las mañanas, y en las llamadas se le iban las palabras, se le cruzaban los nombres.

Era perfectamente posible que le hubiera dado una copia a un vecino de confianza. Era lo que hacía la gente.

Al otro lado sonaron los nudillos, esta vez sin pausa entre los golpes.

—Mira, no te quiero asustar. —La voz de Roberto bajó un tono—. Pero si hay una fuga y no revisamos, el problema no es solo tuyo. Hay un bebé en el segundo. Nos harías un favor a todos.

El bebé. Inés no sabía que hubiera un bebé en el segundo. No sabía nada de quién vivía ya en el edificio. La última vez que había subido aquella escalera con calma, sin prisa por coger el coche y volver, había sido hacía años.

—Voy a llamar a la compañía —dijo.

Hubo un silencio corto.

—Ya hemos llamado nosotros.

—Pues llamo yo también. Así nos quedamos todos tranquilos.

Se apartó de la puerta antes de oír la respuesta.

En la cocina, en la carpeta de cartón donde su madre guardaba las facturas del año, la última del gas estaba la primera.

Inés la conocía porque la había revisado esa misma tarde para dar de baja los suministros que no necesitaría.

En el recuadro de la esquina, en letra pequeña, venía el teléfono de urgencias de la distribuidora, disponible las veinticuatro horas.

Lo marcó con el pulgar torpe y se quedó de pie junto a la caldera, mirando el pasillo que llevaba al recibidor.

Una locución. Pulse uno si percibe olor a gas. Pulsó uno.

Mientras sonaba la música de espera, se fijó en la cerradura.

Desde allí la veía de perfil, iluminada por la franja del rellano: un bombín antiguo, dorado y gastado, con una marca ovalada alrededor del ojo de la llave, donde el metal había perdido el baño a fuerza de giros.

El mismo bombín de cuando ella tenía diez años y se colgaba la llave del cuello con un cordón para volver sola del colegio.

Su madre nunca lo había cambiado. Su madre nunca cambiaba nada que funcionara.

—Urgencias de gas, buenas noches.

Era una mujer con voz de llevar muchas horas despierta. Inés le dio la dirección: calle del Olmo, 17, tercero B, Zaragoza. Le explicó que había dos hombres en su puerta que decían venir a revisar una posible fuga.

—¿Usted percibe olor a gas en la vivienda?

—No.

—¿Y en la escalera?

—No he salido.

—Un momento, por favor.

Inés oyó el teclado. Una pausa larga. Luego otra vez el teclado.

—No nos consta ningún aviso en esa dirección ni en el edificio, señora.

Ni hoy ni en los últimos días. Si usted no percibe olor, no hay ninguna actuación nuestra prevista.

Nuestros técnicos van identificados y, salvo una emergencia que hayamos registrado, no hacen revisiones a estas horas.

Le recomiendo que no abra a nadie que no pueda identificar.

—¿Y si no es de ustedes, sino una empresa privada?

—Eso no se lo puedo decir. Lo que sí le digo es que nosotros no tenemos ninguna incidencia. —La mujer dudó un momento—. ¿Se encuentra usted en peligro?

Inés miró hacia el recibidor.

La franja de luz seguía bajo la puerta, intacta. Ya no se oían voces.

—No lo sé —dijo.

—Si cree que puede estarlo, llame al 091 o al 112. ¿Quiere que le dé un número de referencia de esta llamada?

—Sí. Por favor.

Lo apuntó en el margen de la factura con un bolígrafo que no escribía a la primera. Una letra y siete cifras. Le dio las gracias y colgó, y durante unos segundos se quedó quieta, oyendo la nevera.

Luego volvió a la puerta.

Al principio la mirilla le devolvió solo el rellano vacío: el felpudo, las baldosas de terrazo con su dibujo de rombos, la barandilla de hierro pintada de verde oscuro, la puerta del 3A con su placa de latón.

La luz del rellano tenía temporizador. Mientras miraba, se apagó, y todo se volvió negro, y entonces se dio cuenta de que contenía el aliento.

Esperó. Nada.

Se puso de puntillas y luego se agachó un poco, buscando un ángulo distinto en el ojo de cristal. Nadie escondido junto al marco, nadie en el primer escalón del tramo de subida. Si estaban allí, estaban fuera del campo de la lente, y eso era tan malo como verlos.

Encendió la luz del recibidor. La del rellano no podía encenderla desde dentro.

—¿Roberto?

Silencio. Un silencio de edificio de noche, con la televisión de alguien muy lejos, quizá en el tercero A, y un coche que pasaba por la calle mojada.

Inés apoyó la frente un momento en la madera de la puerta.

Estaba fría. Pensó en abrir. Pensó en hacerlo de golpe, con la cadena puesta, para comprobar que no había nadie; pensó en lo ridículo que era estar así, a la una de la madrugada, en la casa donde había crecido, sin atreverse a asomarse al rellano donde había jugado a las chapas con el hijo de los del cuarto.

Luego pensó en la palabra llave . Si alguien tenía una, la cadena era lo único que había entre ella y el pasillo.

Comprobó que la cadena estaba echada. Lo estaba: la había puesto al llegar, sin pensar, por la costumbre de quien vive sola en una ciudad. Giró además la llave por dentro, dos vueltas, y la dejó puesta en la cerradura. Si alguien intentaba meter otra desde fuera, se encontraría con la suya.

Eso lo había aprendido en una película, o se lo había dicho alguien. No estaba segura de que fuera verdad. Lo hizo igualmente.

Volvió a sacar el móvil y abrió el mensaje.

Escribió: ¿Quién eres?

Lo borró. Lo volvió a escribir. Lo envió.

Era un SMS, sin fotos de perfil ni marcas de lectura, sin manera de saber si alguien lo estaba mirando al otro lado. La pantalla se quedó quieta.

Escribió otro: ¿Qué llave? ¿Cómo sabes que están aquí?

Enviado. Nada.

Se sentó en el suelo del recibidor con la espalda contra la pared, frente a la puerta, porque no se le ocurrió otra cosa que hacer.

Desde allí veía la cerradura con su llave puesta, el mueble del recibidor con el pósit amarillo encima, el perchero donde todavía colgaba el abrigo de lana camel de su madre, el que Inés no había sido capaz de meter en una bolsa al llegar.

El abrigo conservaba la forma de unos hombros.

Lo había tocado al entrar y había sentido algo parecido a un golpe en el estómago, y había decidido dejarlo para el domingo.

Pensó en llamar al 091. Imaginó la conversación. Un vecino ha llamado a mi puerta para revisar el gas. No había fuga. Se ha ido. Imaginó la voz educada del agente, la pregunta lógica: ¿Ha intentado entrar por la fuerza? No. ¿La ha amenazado? No. ¿Sigue allí? No.

Pensó en el mensaje. Alguien en ese edificio, o cerca, sabía su número de móvil.

Alguien había visto a Roberto subir con un desconocido.

Alguien sabía —o creía saber— que Roberto tenía una llave de su casa.

Y en lugar de llamar a la puerta, o de bajar, o de llamar a la policía, le había escrito ocho palabras desde un número que no contestaba.

Eso no la tranquilizaba. La preocupaba de otra forma.

Cuando consiguió levantarse, eran casi las dos.

Fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua.

Tenía la boca seca. En la ventana del patio interior vio su propio reflejo, la coleta deshecha, la sudadera del taller con el logo de un congreso de conservación de papel de hacía tres años.

Detrás del reflejo, enfrente, las ventanas de la otra mano del edificio estaban a oscuras salvo una, en el cuarto piso, con la luz azulada de una pantalla.

Duró un segundo. Luego se apagó también.

Inés se quedó mirando el rectángulo negro.

En el portal, al llegar, había visto un ramo de flores.

Lo recordó en ese momento sin saber por qué: crisantemos blancos envueltos en papel de estraza, apoyados en el suelo, junto a la puerta metálica del cuarto de contadores, con una vela de cementerio apagada al lado.

Había pensado que habría muerto alguien del edificio y no había querido mirar la tarjeta. Ya tenía bastante con su propio muerto.

Volvió al recibidor y apagó la luz para que nadie viera, desde el rellano, la línea encendida bajo la puerta.

Luego, porque no podía evitarlo, volvió a mirar por la mirilla.

Seguía oscuro. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la poca luz que subía por el hueco de la escalera desde la calle. Las formas se recompusieron poco a poco: la barandilla, el borde del felpudo, la puerta de enfrente.

Y, en el centro del felpudo, algo blanco.

Un rectángulo pequeño, doblado por la mitad, apoyado como una tienda de campaña diminuta sobre las letras gastadas de BIENVENIDOS que su madre había comprado en un mercadillo hacía quince años.

No estaba ahí cuando ella había subido con la última caja, a las nueve. Lo sabía porque había tropezado con el felpudo y lo había colocado con el pie.

Una tarjeta.

Desde la mirilla no se leía nada. Ni siquiera se veía si tenía algo escrito.

Para cogerla, tendría que quitar la cadena, girar la llave y abrir la puerta.

Inés se apartó despacio, se sentó otra vez en el suelo del recibidor, frente a la cerradura, con el móvil cargado en la mano y el número de la policía marcado en la pantalla, sin pulsar.

Esperó a que se hiciera de día.