Capítulo 8
El domingo amaneció despejado y frío, con ese cierzo de noviembre que en Zaragoza entra por las rendijas de las ventanas y hace silbar los patios.
Inés había dormido seis horas seguidas por primera vez desde que llegó, y al despertarse tardó unos segundos en recordar dónde estaba y por qué la luz del pasillo seguía encendida.
Leyó otra vez los dos mensajes de la noche. Bien hecho. Todavía no. No había nada nuevo.
A las diez y media bajó a por pan.
En el portal, subido a una escalera de tijera debajo del plafón del techo, había un hombre con un mono azul descolorido y una linterna frontal apagada en la frente.
A sus pies, abierta sobre el terrazo, una caja de herramientas metálica con las bandejas desplegadas.
Tenía unos cincuenta años, espalda ancha, el pelo cortado al cero y las manos grandes y llenas de pequeñas cicatrices blancas.
Estaba desatornillando la tapa del plafón con un destornillador de estrella y mascullaba algo entre dientes.
Al oírla bajar, miró hacia la escalera.
—Buenos días. Cuidado con los cables, que están por el suelo.
—Buenos días.
Inés pasó por el lado, saltando un rollo de cable eléctrico. En la puerta del cuarto de contadores las flores seguían allí; alguien había retirado la vela.
—¿Es usted el de mantenimiento?
—Andrés. —El hombre hizo un gesto con la barbilla, sin soltar el destornillador—.
La señora Remedios se ha quejado de que la luz del portal se apaga antes de que le dé tiempo a llegar al ascensor con la silla.
Tiene razón. El minutero está tocado. —Sacó un aparatito gris del interior del plafón, lo miró a contraluz y resopló—.
Este es más viejo que yo. ¿Tú eres la hija de Pilar?
—Inés.
—Ya. Te pareces. —Bajó un peldaño—. Siento lo de tu madre. Era buena gente. Me pagaba las chapuzas el mismo día, que aquí no lo hace nadie.
—¿Le hacía chapuzas a ella?
—Alguna. Un grifo, una persiana. Cuando no le alcanzaba la mano. —Se metió el minutero viejo en el bolsillo del mono—. ¿Qué tal el piso? ¿Lo vendes?
—Todavía no lo sé.
Andrés asintió, y a Inés le pareció que aquella respuesta le resultaba más sensata que cualquier otra. Sacó de la caja un minutero nuevo, todavía en su blíster, y empezó a abrirlo con los dientes.
Inés miró hacia el fondo del portal. Desde allí se veía el principio del pasillo trasero, la cenefa verde y blanca a la altura de la cintura, la puerta blanca con su barra horizontal.
—Esa puerta del fondo es nueva, ¿no?
Andrés tardó un segundo de más en contestar. Escupió un trozo de plástico en la mano.
—Desde el diecinueve. Antes había una verja.
—¿Por qué la cambiaron?
—Porque lo dijeron los bomberos. —Volvió a subir a la escalera—. Después de lo del fuego vino una inspección y obligaron a poner una puerta de evacuación como Dios manda. Con barra antipánico, que se abre empujando desde dentro sin llave. Lo que tenía que haber habido siempre.
—¿Y antes no se abría?
Él no la miró. Estaba pelando un cable con una navaja pequeña, con un cuidado excesivo.
—Antes había una verja de hierro. Se abría con un pestillo por dentro.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
Inés esperó. Andrés empalmó el cable al borne del minutero nuevo, apretó el tornillo, tiró del cable para comprobar que no se soltaba. Arriba, en algún piso, alguien abrió una ventana y entró un golpe de cierzo por el hueco de la escalera.
—Usted trabajaba aquí en 2017 —dijo Inés.
No era una pregunta. Lo había deducido de la forma en que había dicho desde el diecinueve , de esa familiaridad con la que se nombran las fechas que uno ha vivido de cerca.
—Yo trabajo en muchos sitios. —Andrés encajó el minutero en su soporte—. Llevo el mantenimiento de seis fincas de esta zona. Bombillas, desagües, el ascensor cuando el técnico no viene. Antes no. Antes hacía lo que salía. Obras, sobre todo. Me cogían por días.
—¿Las obras del portal?
Él bajó de la escalera. Se quedó un momento de pie frente a ella con el destornillador en la mano, y entonces la miró de frente. Tenía los ojos claros y cansados, con muchas arrugas en las comisuras.
—¿Quién te ha contado lo de las obras?
—Lo he leído. En el periódico de entonces. Decía que el fuego empezó en el cuarto de contadores durante unas obras.
—El periódico dice muchas cosas. —Andrés se agachó sobre la caja de herramientas y empezó a guardar cosas sin orden—. Sí. Trabajé en esa obra. De peón. Llevaba sacos, quitaba escombros, hacía lo que me decían. No soy electricista.
—¿Estaba aquí esa noche?
Las manos de Andrés se detuvieron un instante sobre la bandeja de los tornillos.
—Estaba ahí enfrente. —Señaló con la cabeza la cristalera del Bar Moncayo, al otro lado de la calle—. Echando la partida de guiñote con los de siempre, como todos los martes. Uno salió a fumar y entró gritando que salía humo del portal. Cruzamos todos.
Lo contaba en voz baja, sin dramatismo, con las frases cortas de quien ha repetido una historia muchas veces dentro de su cabeza y muy pocas en voz alta.
—Cuando llegamos ya no se podía entrar. Salía un humo negro por la puerta que no veías ni la mano.
La señora Remedios y el señor Fermín estaban asomados a la ventana del primero, gritando.
Los bomberos llegaron enseguida, no te creas.
Cinco minutos, seis. Pusieron una escalera a la ventana y yo les ayudé a bajar al señor Fermín, que pesaba mucho y no podía con las piernas.
—Hizo una pausa—. Eso es lo que hice. Eso es lo que declaré.
—¿Declaró?
—Me llamaron de la policía, sí. A todos los que estábamos. Conté lo que vi.
Inés se acercó un paso.
—¿Y qué más vio?
Andrés cerró la caja de herramientas con un chasquido.
—Mira, majica…
—Por favor.
Él suspiró. Se pasó una mano por la cabeza rapada. Miró hacia la puerta del 1A, cerrada, y luego hacia la escalera, vacía.
—En la acera había mucha gente —dijo al final—.
Vecinos en pijama, gente del bar, los que pasaban.
Había un chico del segundo B, el que vivía ahí antes de los de ahora, Tomás se llamaba, con el teléfono en la mano.
Gritaba. Gritaba a alguien por teléfono: La de atrás está cerrada, que hay gente que no puede salir por atrás .
Así. Lo repetía. —Andrés se miró las manos—.
Y una mujer, no sé quién, le preguntó si se lo había dicho alguien a los bomberos.
Y él dijo que no lo sabía. Que él se lo estaba diciendo a quien tenía que decírselo.
—¿A quién?
—No lo sé. —La miró—. Te lo juro. No sé con quién hablaba. Había mucho ruido, las sirenas, la gente. Luego vino más gente, la policía nos echó para atrás, y yo me fui con el señor Fermín a la ambulancia. Cuando volví ya habían sacado a la chica.
—¿Y lo contó? ¿Lo de la llamada?
—Nadie me preguntó por eso. Me preguntaron a qué hora vi el humo y qué hice. Y eso dije.
—Pero usted sabía que la verja estaba cerrada.
Andrés no contestó. El silencio duró lo bastante como para que la luz del portal, con su minutero nuevo, se apagara. Quedaron los dos en la penumbra que entraba por la puerta de cristal de la calle. Andrés alargó la mano y pulsó el interruptor. La luz volvió.
—Ya funciona —dijo.
Inés sacó el móvil, buscó la foto que había hecho la tarde anterior de la verja con su cadena y su candado, y se la puso delante.
Él la miró. Al principio con la expresión de quien mira algo por cortesía. Luego se le fue el color de la cara de una forma que Inés no había visto nunca en nadie: no de golpe, sino como cuando se vacía un vaso, de arriba abajo.
—¿De dónde has sacado esto?
—De las cosas de mi madre.
—Tu madre… —Andrés empezó la frase y no la terminó. Apartó la vista de la pantalla—. Guárdalo.
—¿Quién puso esa cadena?
—Guárdalo, te digo.
—¿Quién la puso, Andrés?
Él se agachó, cogió la caja de herramientas con una mano y la escalera plegada con la otra. Cuando se incorporó, tenía la mandíbula tensa.
—Yo no pongo cadenas en ningún sitio si no me lo mandan —dijo. Y en cuanto lo hubo dicho, Inés vio que se arrepentía, porque cerró los ojos un segundo—. Yo cambio bombillas. Arreglo desagües. No me líes en esto. Tengo una hija en la universidad y una hipoteca, y no me líes.
—Yo no quiero liar a nadie. Quiero saber qué pasó en el edificio de mi madre.
—Lo que pasó es que se murió una chica de veintiocho años. —La voz se le quebró en la última palabra, apenas, y la recompuso enseguida—. Eso es lo que pasó. Y lo demás ya lo miró un juez y dijo lo que dijo.
Empujó la puerta de la calle con el hombro, como había hecho Iker con el cochecito, y salió con la escalera bajo el brazo.
A través del cristal, Inés lo vio cruzar la calle sin mirar a los lados, meter las cosas en la parte de atrás de una furgoneta blanca con el nombre de una empresa de mantenimiento rotulado en el costado, y quedarse un momento con las manos apoyadas en el techo del vehículo y la cabeza baja. Luego subió y arrancó.
Inés se quedó en el portal.
No fue a por pan. Caminó hasta el fondo, por el pasillo trasero, junto a la puerta del sótano.
El suelo era el mismo terrazo de rombos.
En la pared, la cenefa verde y blanca corría a la altura de la cintura, con algún azulejo partido y reemplazado por otro de un blanco ligeramente distinto.
Al final del pasillo, la puerta blanca, metálica, con su barra horizontal y un cartel verde con un hombrecillo corriendo hacia una flecha: Salida .
Se detuvo donde, en la foto, habría estado la verja.
Miró las jambas. En la de la izquierda, a la altura de su hombro y de su rodilla, había dos parches de yeso pintados del mismo color crema que el resto, pero con una textura diferente, más lisa, donde alguien había rellenado los agujeros de unos anclajes antiguos.
En el suelo, una franja de baldosas más nuevas, de un gris que no acababa de coincidir con el resto, marcaba el sitio donde había estado el riel o el tope de la verja.
Sacó la foto en el móvil y la comparó con lo que tenía delante.
La cenefa coincidía. La altura de los parches coincidía con la de las bisagras de la verja de la foto.
El ángulo desde el que se había hecho la foto correspondía a alguien de pie a un metro de donde ella estaba, un poco a la izquierda, casi pegado a la puerta del sótano.
Alguien que hubiera bajado por la escalera y hubiera encontrado aquello cerrado.
Empujó la barra. La puerta se abrió sin resistencia, con un clac metálico, y el aire frío del patio le dio en la cara.
Era un patio pequeño de cemento, con un sumidero en el centro, cubos de basura de colores alineados contra una pared y, al fondo, una puerta de chapa que daba al callejón de servicio.
Nada más. Nada que recordara a un incendio.
Un patio trasero cualquiera de un edificio cualquiera.
Volvió a dejar que la puerta se cerrara sola. Hizo fotos de las jambas, de los parches, de la franja de baldosas, del cartel de salida, con la regla del estuche apoyada en la pared.
Cuando subió a casa, había decidido que no iba a seguir haciendo como si no entendiera.
Pasó la tarde con la libreta. Por la mañana había ido a un bazar de la avenida de Madrid, uno de los pocos abiertos en domingo, y había comprado un cargador con la clavija antigua para el móvil de su madre.
El teléfono se encendió a la media hora de enchufarlo, con un logotipo de marca y una melodía de arranque que le resultó extrañamente íntima, y le pidió el PIN de la tarjeta.
Inés probó la fecha de su propio cumpleaños.
PIN incorrecto. Le quedan dos intentos. Lo apagó antes de equivocarse otra vez.
Ya buscaría la forma de desbloquearlo sin perder lo que hubiera dentro.
En la mesa de la cocina, con el flexo encendido aunque todavía era de día, lo ordenó todo en una hoja nueva, como hacía con los fondos que llegaban al taller en cajas sin inventario: primero lo que era seguro, después lo que era probable, al final lo que no sabía.
Seguro: — 7/11/2017. Incendio en el cuarto de contadores durante unas obras.
Muere Vera Ríos León (2A). — La salida al patio tenía entonces una verja.
Hoy hay puerta de evacuación, puesta por orden de los bomberos en 2019.
— Mamá guardaba una foto de esa verja cerrada con cadena y candado.
«26/10». — Durante el incendio, un vecino (Tomás, 2B) gritaba por teléfono que la salida de atrás estaba cerrada.
No se sabe a quién. — Andrés trabajó en la obra.
Reconoce la verja. «Yo no pongo cadenas si no me lo mandan».
— El administrador de entonces, «R. M.», dijo a la prensa que la salida estaba operativa.
— Roberto tenía una llave de este piso. Me ha devuelto una copia nueva.
Falta la caja de papeles de mamá desde hace semanas.
— 7/11/2025, aniversario: Roberto intenta entrar con pretexto falso.
Probable: — Alguien busca algo que mamá guardaba.
No sé: — Qué. — Quién me escribió. — Qué hizo mamá.
Se quedó mirando la última línea mucho rato.
Había llegado al Olmo 17 creyendo que alguien quería algo de ella, de la casa, del piso que valía dinero, de una mujer sola.
La noche del viernes, sentada en el suelo del recibidor, había pensado en ladrones, en estafadores, en la clase de miedo que se cuenta en las noticias.
Ahora lo veía de otra manera. A nadie le interesaba Inés Roldán.
Nadie la conocía. La habían llamado a medianoche por algo que no tenía nada que ver con ella y todo que ver con un martes de noviembre de hacía ocho años, con una verja cerrada y con su madre, que había sido tesorera de aquella comunidad, que lo apuntaba todo y que nunca, en ocho años, le había vuelto a hablar del fuego.
Lo que había detrás de su puerta no era un intruso. Era 2017.
Cogió el móvil y abrió el hilo del número desconocido. Escribió despacio:
¿Esto tiene que ver con Vera?
Lo envió antes de arrepentirse.
No hubo respuesta. Esperó diez minutos, veinte, con el teléfono boca arriba sobre la hoja de la libreta. Fuera, el cierzo seguía golpeando los tendederos del patio. A las ocho encendió la luz del techo y se hizo una tortilla francesa que se comió sin sentarse.
A las diez y cuarto, cuando ya había dejado de esperar, oyó pasos en el piso de arriba, en la otra mano del edificio. Unos pasos que iban y venían, despacio, de un extremo a otro de una habitación, y se detenían, y volvían a empezar. Durante casi media hora.
Luego cesaron.
El móvil siguió en silencio sobre la mesa. Pero Inés, que llevaba dos días leyendo silencios, pensó que aquel no era el mismo que el de la noche del viernes. Aquel era el de alguien que no sabe qué contestar.