NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO V EL ANDÉN DE LAS SOMBRAS
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CAPÍTULO V EL ANDÉN DE LAS SOMBRAS

El coche de Rubén devoraba los kilómetros de la carretera secundaria con una urgencia febril.

La niebla se había espesado hasta convertirse en un manto blanco y denso que engullía las farolas y obligaba a reducir la velocidad.

A los lados de la calzada, los pinos se alistaban como una guardia silenciosa, observando su huida hacia ninguna parte.

—Estamos llegando —anunció Rubén sin apartar la vista del asfalto mojado. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante—. El kilómetro 4 está justo después de la curva cerrada.

Laura guardaba silencio. Tenía la llave metálica apretada con tanta fuerza contra la palma de la mano que los dientes del metal se le clavaban en la piel, un dolor sutil que la mantenía anclada a la realidad.

A través de la ventanilla empañada, miraba la oscuridad exterior, preguntándose en qué momento su vida ordenada y previsible se había convertido en una pesadilla de carreteras secundarias y secretos gubernamentales.

El coche redujo la marcha bruscamente al tomar el desvío. Un viejo cartel de chapa oxidada, medio devorado por la herrumbre y la maleza, apenas dejaba leer las letras borrosas: Antiguo Apeadero.

Rubén apagó los faros antes de terminar de frenar. El motor se detuvo con un suspiro metálico, dejando la cabina sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el repiqueteo de la llovizna contra el techo del vehículo.

La estación abandonada

Frente a ellos se alzaba la estructura fantasmagórica de la estación.

Era un edificio pequeño de ladrillo visto, con los cristales de las ventanas rotos y la puerta principal desvencijada, colgando de una sola bisagra.

El andén de hormigón, invadido por hierbajos y musgo, se extendía paralelo a unas vías oxidadas que parecían no ver un tren desde hacía décadas.

—Quédate aquí —ordenó Rubén, estirando la mano para coger una linterna de la guantera.

—Ni hablar —respondió Laura con firmeza, abriendo la puerta del copiloto antes de que él pudiera impedirlo—. Es mi padre, Rubén. No voy a quedarme encogida en el coche mientras tú caminas hacia la boca del lobo.

Rubén la miró un instante, sopesando replicar, pero el tiempo se agotaba. Asintió con la mandíbula apretada y salió del coche, rodeando el capó para unirse a ella. El aire frío y húmedo les golpeó de inmediato, cargado de olor a tierra mojada y óxido.

Con el haz de luz de la linterna cortando la niebla, avanzaron con pies de plomo hacia el andén. Cada paso crujía sobre la gravilla suelta.

El edificio principal estaba oscuro, una boca de lobo que exhalaba un aire viciado. Con la llave en la mano temblorosa, Laura se acercó a una pequeña taquilla de madera situada en un lateral, justo bajo el alero del tejado. Había una portezuela de hierro con un candado antiguo.

—Es aquí —susurró Laura.

Introdujo la llave. Encajó a la primera. Al girarla con un clic seco y metálico, el pestillo saltó.

La trampa

Laura abrió la portezuela de hierro. El haz de luz de la linterna de Rubén iluminó el interior de la taquilla.

No había dinero. No había documentos secretos.

Solo había un viejo teléfono móvil conectado a un pequeño altavoz portátil mediante un cable, y una pantalla digital que parpadeaba con una cuenta atrás en números rojos.

00:03 00:02 00:01

—¡Es una trampa! —gritó Rubén, tirando de Laura hacia atrás con un movimiento desesperado y derribándola contra el suelo de gravilla justo cuando un estruendo ensordecedor desgarraba la noche.

Una explosión de luz cegadora y fuego estalló desde el interior de la taquilla, reduciendo el viejo cobertizo de madera a astillas y proyectando una onda expansiva que les sacudió la espalda. El calor de las llamas barrió la niebla en un radio de varios metros.

Laura quedó tendida sobre el suelo, con los oídos zumbando y el sabor a ceniza y miedo en la boca.

Antes de que pudiera recuperarse del impacto, el haz de una potente linterna barrió la oscuridad desde el otro lado de las vías del tren. Una figura alta, embozada en una chaqueta oscura, caminaba hacia ellos con paso lento y medido.

Y en la muñeca, reflejada por la luz del fuego, brillaba la pulsera de cuero con la cruz metálica.