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CAPÍTULO VI EL DESTELLO EN LA VÍA

Las llamas del cobertizo devoraban los restos de madera con un chisporroteo furioso, iluminando la niebla con un tono naranja y violento. El zumbido en los oídos de Laura era ensordecedor, una mezcla de la onda expansiva y el latido desbocado de su propio corazón.

—¡Laura, levántate! —la voz de Rubén sonaba lejana, filtrada a través de una gruesa capa de algodón.

Sintió unos brazos firmes que la tiraban de los hombros, obligándola a incorporarse sobre la gravilla.

El humo acre del incendio se mezclaba con el olor a pólvora quemada.

A pocos metros, la figura de la chaqueta oscura seguía avanzando desde el otro lado de las vías, recortada contra el fuego, con pasos metódicos y pausados que no denotaban ninguna prisa. Sabían que estaban atrapados.

—Viene hacia aquí —balbuceó Laura, tosiendo con fuerza mientras el aire caliente le quemaba la garganta.

—No nos va a alcanzar —espetó Rubén, escudriñando el perímetro con desesperación.

La vía de servicio

El destello de unos faros cruzó de repente el fondo del camino abandonado, atravesando la cortina de humo como una cuchilla. No era una luz lejana; se movía rápido, traqueteando sobre el firme irregular de la antigua vía de servicio paralela a las vías del tren.

Un viejo todoterreno verde, con los laterales embarrados y las luces largas encendidas, derrapó con violencia frente a los restos del cobertizo, interponiéndose entre ellos y la figura que se acercaba.

La puerta del conductor se abrió de golpe antes de que el vehículo terminara de detenerse por completo.

—¡Subid los dos, joder! ¡Abrid la puerta! —gritó una voz ronca, áspera y desgastada por los años, pero que Laura reconoció de inmediato como si el tiempo no hubiera pasado.

El corazón de Laura dio un vuelco absoluto. No era un desconocido. Era la voz que había escuchado en la grabación del teléfono antiguo. La voz que creía enterrada seis años atrás.

—¡Papá! —exclamó ella, paralizada a medio camino entre el asombro y el terror.

—¡No hay tiempo, Laura! ¡Si no subes ahora mismo, nos matarán a los tres! —vociferó el hombre desde el interior, estirando el brazo y abriendo la puerta del copiloto desde dentro.

Rubén no lo dudó un segundo. Empujó a Laura hacia el interior del todoterreno y saltó detrás de ella, dando un fuerte portazo que hizo temblar el chasis.

La huida hacia delante

El todoterreno rugió con una marcha corta metida a la fuerza, las cuatro ruedas patinaron sobre el barro y la gravilla desprendiendo chispas, y salió disparado marcha atrás antes de girar en redondo levantando una nube de tierra.

Laura, comprimida en los asientos traseros junto a Rubén, miró a través de la luneta trasera.

A través del cristal empañado y manchado de barro, vio cómo la figura de la chaqueta oscura se detenía al borde del andén.

La persona no hizo ademán de correr ni de sacar un arma; simplemente levantó una mano con calma y se quedó allí, inmóvil, observando cómo el vehículo se alejaba tragado por la oscuridad de la noche.

En la muñeca de aquella mano, el reflejo del fuego que se apagaba dejó ver por última vez el brillo metálico de la cruz.

El conductor mantuvo la vista fija en el retrovisor durante varios kilómetros, respirando con dificultad, con las manos aferradas al volante con una tensión férrea. El salpicadero del coche viejo crujía al ritmo de los baches.

Finalmente, en una recta sin luces donde la niebla parecía ceder un poco, el hombre aflojó la marcha y giró ligeramente la cabeza hacia el asiento de atrás.

La luz tenue del cuadro de mandos iluminó su perfil: arrugas profundas alrededor de los ojos, una cicatriz fina en la barbilla y la misma mirada que Laura había guardado en su memoria como el mayor fantasma de su vida.

—Hola, pequeña —dijo su padre, con la voz quebrada—. Siento que hayas tenido que encontrar el camino de esta manera.