NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO IV LA PISTA EN LA GUANTERA
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CAPÍTULO IV LA PISTA EN LA GUANTERA

El frío de la llovizna les golpeaba la cara mientras corrían por el callejón trasero, esquivando contenedores de basura y saltando charcos con el agua al tobillo. Detrás de ellos, el sonido de los pasos sobre las tejas del garaje se había detenido, sustituido por un silencio todavía más amenazante.

Rubén dobló bruscamente hacia la avenida principal, tirando de Laura con tanta fuerza que casi la hace tropezar.

—¡Aquí! —jadeó Rubén, deteniéndose junto a un utilitario gris aparcado en la penumbra de un portal.

Era su coche. El vehículo de Rubén, no el viejo coche blanco de su padre.

Rubén abrió las puertas con el mando a distancia a toda velocidad y la empujó hacia el asiento del copiloto antes de rodar hasta el volante y arrancar el motor con un estrépito que rompió la quietud de la madrugada. El salpicadero se iluminó de golpe, bañando sus rostros en un tono ámbar.

Laura respiraba con dificultad, con las manos temblando sobre su regazo. Miró por el retrovisor trasero: la calle estaba vacía, pero la sensación de que alguien los observaba desde la oscuridad no desaparecía.

—¿A dónde vamos? —exigió saber Laura, secándose las gotas de lluvia de la frente con la manga de la chaqueta—. No podemos simplemente huir sin saber quién nos persigue. ¡Han entrado en nuestra casa, Rubén!

—No nos persiguen para hacernos daño de inmediato, Laura —respondió él con la mandíbula tensa, cambiando de marcha con brusquedad y saliendo a la carretera principal a toda velocidad—.

Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho en el dormitorio.

Nos están acorralando. Quieren que vayamos a un sitio concreto.

—¿Qué sitio?

Rubén no contestó. Metió la mano en la guantera del coche, apartó un manojo de papeles, un cargador viejo y unas gafas de sol, buscando algo con desesperación. Sus dedos tantearon el fondo hasta que atraparon un objeto rígido y lo sacaron de un tirón.

Lo dejó caer sobre las piernas de Laura.

—Esto estaba en el buzón ayer por la mañana —dijo Rubén con voz seca—. Por eso estaba tan raro. Por eso no paraba de mirar el teléfono.

El mapa y la llave

Laura bajó la mirada. Bajo la tenue luz del panel de instrumentos, vio un sobre marrón sin remite. En el anverso, escrito con una caligrafía pulcra, recta y extrañamente familiar, solo había una dirección:

Carretera de la Estación, Km 4. Antiguo apeadero.

Y junto a la dirección, una pequeña llave metálica de dientes antiguos, idéntica a las que abrían los candados de las taquillas de las estaciones de tren de antes.

Laura sintió un vuelco en el estómago. Reconoció esa letra de inmediato, aunque hacía años que no la veía plasmada en un papel. Era la letra de su padre. La misma que decoraba sus cuadernos de infancia y las notas que le dejaba en la nevera.

—¿Mi padre envió esto? —preguntó Laura, con un hilo de voz que apenas era un susurro—. ¿Él sigue vivo?

—No solo está vivo —dijo Rubén, pisando el acelerador mientras las farolas de la ciudad empezaban a quedar atrás, tragadas por la niebla de la carretera secundaria—.

Tu padre lleva cuatro años protegiendo el secreto de por qué tu nombre nunca debió estar en los registros de adopción de Clara Vidal.

Y la persona que entró en nuestra casa... es la única que sabe dónde encontrarlo.

Laura apretó la llave fría contra la palma de su mano. A través de la ventanilla del coche, la noche oscura se extendía como una incógnita gigantesca, pero una cosa era segura: ya no había vuelta atrás.