NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO III LA RUTA DE HUIDA
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CAPÍTULO III LA RUTA DE HUIDA

La pulsera sobre el alféizar parecía latir en la penumbra. Una pieza de cuero negro y metal frío que anunciaba una presencia demasiado cercana.

—No te muevas —susurró Rubén, con los músculos de la espalda completamente tensos. Su mano buscó a tientas el brazo de Laura, tirando de ella hacia atrás con una urgencia desesperada—. Tenemos que salir de aquí. Ahora.

Laura sintió que el pánico le congelaba las piernas. Por primera vez, el miedo abstracto de las fotografías y los secretos se había materializado en algo físico, real, que respiraba al otro lado del pasillo.

—¿Por dónde? La puerta principal da directamente...

—La ventana del estudio —la interrumpió él sin soltarla—. Da al tejado del garaje. Es nuestra única opción.

La casa a oscuras

El pasillo estaba sumido en una oscuridad absoluta. Cada tabla del suelo de madera parecía crujir bajo sus pies como un disparo, amplificando el latido de sus corazones. Laura avanzaba a ciegas, guiada únicamente por el agarre firme de Rubén.

Recordaba cada rincón de aquella casa, pero en cuestión de segundos se había convertido en un laberinto hostil.

Al pasar junto a la cocina, un destello verde sobre la encimera les hizo contener la respiración: el microondas marcaba las tres y cuarto.

Apenas habían pasado quince minutos desde que ella se había atrevido a deslizar el dedo por la pantalla del teléfono, y sin embargo, su vida anterior parecía pertenecer a otra existencia.

Rubén empujó la puerta del estudio con la palma de la mano, abriéndola con el menor ruido posible. El aire frío de la madrugada golpeó sus rostros de inmediato.

Afuera, la calle brillaba bajo una fina capa de llovizna. El tejado del garaje quedaba apenas a un metro hacia abajo; una caída incómoda, pero perfectamente asumible si el pánico no terminaba por paralizarles los músculos.

—Voy yo primero —susurró Rubén, apoyando las manos en el marco de la ventana y pasando las piernas hacia el exterior con una agilidad que delataba que ya había ensayado mentalmente aquella huida—. Dame las manos, Laura.

Laura se asomó al alféizar, conteniendo un grito al mirar hacia abajo. El suelo del callejón parecía infinitamente lejano.

Y entonces lo escuchó.

Un paso lento, pesado y deliberado sobre el parqué del pasillo principal. Alguien caminaba hacia el estudio.

El peso del pasado

—Rubén... —exclamó Laura con un hilo de voz, mientras el terror le paralizaba las manos.

—No mires atrás. Salta.

Laura cruzó las piernas con torpeza y se dejó caer hacia el tejado de cinc, resbalando ligeramente sobre la superficie mojada. Las manos de Rubén la atraparon al vuelo, amortiguando el golpe contra las tejas. El ruido metálico resonó en la noche como una campana.

Desde el marco de la ventana abierta, una silueta alta y oscura recortada contra la débil luz del pasillo se detuvo a observarlos.

Laura levantó la vista, con el corazón golpeándole las costillas con una violencia insoportable.

Intentó distinguir un rostro, una facción, cualquier detalle que le diera una respuesta, pero la capucha de la chaqueta ocultaba por completo la cara del intruso.

Solo pudo ver una mano enguantada que se apoyaba con calma en el marco de la madera.

Y en la muñeca, brillando débilmente con el reflejo de la farola de la calle... la pulsera de cuero con la pieza metálica.

—Corre, Laura —gritó Rubén, tirando de su brazo con fuerza desesperada mientras el sonido de unos pasos comenzaba a saltar desde la ventana hacia el tejado del garaje.