CAPÍTULO I. TELÉFONO DESBLOQUEADO. #3
—No sé si debería contártelo.
—Ya has cruzado esa línea.
Él bajó la mirada hacia el teléfono que Laura volvió a coger el teléfono. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. El silencio de la habitación había adquirido una densidad extraña, como si incluso las paredes estuvieran esperando su respuesta.
Finalmente, Rubén se acercó.
—Mira la fotografía otra vez.
Laura pensó que estaba intentando ganar tiempo, pero obedeció.
Amplió la imagen hasta que los píxeles comenzaron a deformarse.
Clara aparecía en primer plano, ligeramente inclinada hacia Rubén, con aquella expresión serena que Laura recordaba de hacía años.
Detrás de ellos estaba la calle, el escaparate, el coche blanco y, junto a la esquina de un edificio, aquella figura borrosa que apenas podía distinguirse.
Laura acercó la imagen todavía más.
—No veo su cara.
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes que es él?
Rubén tardó unos segundos en contestar.
—Porque yo sí vi su cara.
Laura levantó lentamente la mirada.
—¿Cuándo?
Rubén respiró hondo.
—La noche que murió Clara.
Algo se quebró dentro de ella.
No fue exactamente miedo. Era algo más difícil de nombrar, una sensación parecida a descubrir que una habitación conocida de tu casa tiene una puerta que nunca habías visto y que, al abrirla, conduce a un lugar donde jamás debería haber existido nada.
—Pensaba que habías dicho que Clara no murió aquella noche.
—No murió como dijeron.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque todavía no puedo responderla sin ponerte en peligro.
Laura soltó una risa breve, incrédula.
—¿En peligro? ¿De quién?
Rubén la miró.
Y esta vez Laura vio algo que nunca había visto en sus ojos.
Miedo.
No el miedo de quien teme perder una relación, ni el de quien teme las consecuencias de una mentira. Era un miedo mucho más antiguo, más profundo, como si detrás de aquella historia hubiera algo que llevaba años persiguiéndolo.
—De la misma persona que aparece en la fotografía.
Laura volvió a mirar la imagen.
—¿Quién es?
Rubén no respondió.
En ese momento, el teléfono vibró.
Los dos se sobresaltaron.
No era el suyo.
Era el teléfono antiguo.
La pantalla, que hasta entonces había permanecido apagada, acababa de iluminarse sobre la cama.
Una notificación.
Laura se acercó lentamente.
No había número.
No había nombre.
Solo aparecía un mensaje.
DEJA DE MIRAR.
Laura sintió un escalofrío que le recorrió los brazos.
—¿Qué demonios es esto?
Rubén palideció.
—No lo abras.
Pero Laura ya había deslizado el dedo sobre la pantalla.
Apareció una segunda línea.
ÉL SABE QUE YA LA HAS VISTO.
Rubén dio un paso hacia ella.
—Laura, dame el teléfono.
—¿Quién ha enviado esto?
—Dámelo.
—¿Quién?
La tercera notificación llegó antes de que Rubén pudiera quitárselo de las manos.
Esta vez solo había una fotografía.
Laura la abrió.
Durante unos segundos no entendió lo que estaba viendo.
Era una imagen tomada desde el interior de un coche, a través del parabrisas. La calle estaba oscura y apenas iluminada por unas farolas. A lo lejos aparecía la fachada del mismo establecimiento que había visto en la fotografía de Clara.
Pero había algo más.
Alguien había fotografiado a Rubén entrando en el edificio.
La fecha de la imagen era la misma que aparecía en la primera fotografía.
12 de octubre de 2025.
Laura sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que le costaba respirar.
—¿Estuviste allí ese día?
Rubén no respondió.
—Rubén.
Él cerró los ojos.
—Sí.
—¿Con Clara?
Silencio.
—¿Estuviste con Clara ese día?
—Sí.
Laura sintió que algo dentro de ella se hundía.
No por los celos. Ni siquiera por la posibilidad de que Rubén hubiera mantenido una relación con Clara.
Era peor.
Porque aquella fotografía demostraba que Rubén había estado allí hacía apenas unas horas.
Y Clara llevaba cuatro años muerta.
—Entonces la conociste —susurró Laura—. Después de que supuestamente muriera.
Rubén abrió los ojos.
—Sí.
Laura retrocedió.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque no sabía si podía confiar en ti.
Aquella frase le dolió más de lo que esperaba.
—¿No sabías si podías confiar en mí?
Rubén se acercó, pero ella levantó una mano.
—No te acerques.
Él se detuvo.
Laura volvió a mirar la fotografía.
Había algo en el fondo que no había visto antes.
Una ventana.
En ella se reflejaba parcialmente el interior del edificio.
Amplió la imagen.
Una mesa.
Dos vasos.
Una lámpara.
Y dos personas sentadas frente a frente.
Rubén y Clara.
Pero había una tercera silla.
Vacía.
Sobre la mesa había un objeto pequeño y oscuro.
Laura amplió todavía más.
Era una pulsera.
Una pulsera de cuero negro con una pequeña pieza metálica en forma de círculo.
Laura dejó de respirar.
Conocía aquella pulsera.
La había visto cientos de veces.
No era de Rubén.
Era de su padre.
La misma pulsera que, según su madre, había desaparecido la noche en que él desapareció de sus vidas.
Laura apartó el teléfono de su rostro.
—¿Qué hacía esto allí?
Rubén no contestó.
—¿Qué hacía la pulsera de mi padre en esa mesa?
Él la miró fijamente.
Y entonces Laura comprendió que había cometido un error.
No había descubierto el secreto de Rubén.
Había descubierto que Rubén llevaba años formando parte de un secreto que pertenecía a su familia.
—Tú lo conocías —dijo.
Rubén permaneció callado.
—Conocías a mi padre.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que resultó devastadora.
Laura sintió que las piernas empezaban a fallarle.
—¿Desde cuándo?
Rubén tragó saliva.
—Desde antes de conocerte.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Eso no puede ser.
—Lo es.
—¿Y Clara?
Rubén bajó la mirada.
—Clara también lo conocía.
Laura sintió que todas las piezas comenzaban a moverse al mismo tiempo, pero ninguna encajaba todavía.
Su padre.
Clara.
Rubén.
La fotografía.
La pulsera.
La fecha.
Y aquella frase que Clara había pronunciado en el vídeo.
Por qué te eligió a ti.
Laura volvió a reproducirlo.