CAPÍTULO I. TELÉFONO DESBLOQUEADO. #2
—Llevas tres años explicándome quién eres y resulta que no sé absolutamente nada de ti.
Rubén bajó la cabeza.
—Eso no es verdad.
—Entonces dime la verdad.
Él respiró profundamente.
—Clara no murió como dijeron.
Laura sintió que el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.
—¿Qué?
—La versión que conoces no es la verdadera.
—¿Qué versión?
Rubén la miró directamente.
—La de que murió aquella noche.
Laura negó lentamente con la cabeza.
—Hay un certificado de defunción.
—Sí.
—Su familia la enterró.
—Sí.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Rubén guardó silencio.
Laura esperó.
—Estoy diciendo que la mujer de la fotografía no debería estar muerta.
La frase la golpeó con una fuerza inesperada.
—Pero tú acabas de decir que estuviste allí cuando murió.
Rubén cerró los ojos.
—Porque eso es lo que tenía que decir.
Laura sintió que el corazón comenzaba a latirle con violencia.
—¿Quién te obligó?
Rubén abrió los ojos.
Y entonces Laura comprendió algo.
No era la única persona que estaba aterrorizada.
—No voy a poder protegerte si sigues preguntando —dijo él.
—No necesito que me protejas.
—Sí.
—No.
—Laura, escúchame. Hay cosas que es mejor no saber.
Ella sostuvo su mirada.
—Eso es lo que dice la gente cuando tiene algo que esconder.
Rubén no respondió.
Y, por primera vez desde que se conocían, Laura vio algo en su rostro que no había visto nunca.
No era miedo por él mismo.
Era miedo por ella.
—Vete a dormir —dijo finalmente—. Mañana hablaremos.
Laura soltó una carcajada incrédula.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y qué se supone que hago ahora?
Rubén se dirigió hacia la puerta del dormitorio.
Antes de salir, se detuvo.
—No vuelvas a mirar ese teléfono.
Laura lo observó en silencio.
—¿Por qué?
Rubén tardó unos segundos en responder.
—Porque si alguien descubre que has visto esa fotografía, sabrá que tú también lo sabes.
Y salió de la habitación.
Laura permaneció sola.
Durante varios minutos no se movió.
Después miró el teléfono que Rubén había dejado sobre la cama.
La pantalla estaba apagada.
Pero aquella frase seguía repitiéndose en su cabeza.
Si alguien descubre que has visto esa fotografía...
Laura se sentó lentamente.
Había algo que no encajaba.
Algo que Rubén no había explicado.
Volvió a coger el teléfono.
Abrió la galería.
La fotografía había desaparecido.
Pero la carpeta seguía allí.
TELÉFONO ANTIGUO.
Laura entró de nuevo.
Había más archivos.
Muchos más.
Y entonces vio algo que Rubén había pasado por alto.
Un vídeo.
La fecha del archivo era de cuatro años atrás.
Laura pulsó sobre él.
La pantalla tardó unos segundos en cargar.
Cuando apareció la imagen, Laura reconoció inmediatamente el lugar.
Era el mismo sitio que aparecía al fondo de la fotografía.
La cámara enfocaba una mesa.
Había dos personas sentadas.
Una de ellas era Rubén.
La otra...
Laura acercó el teléfono a su rostro.
Era Clara.
Pero lo que hizo que Laura dejara de respirar no fue verla viva.
Fue escuchar su voz.
—Si estás viendo esto, Laura, significa que Rubén ya te ha contado una parte de la historia.
La grabación continuó.
Y Clara sonrió a la cámara.
—Pero todavía no te ha contado por qué te eligió a ti.
Laura volvió a abrir la fotografía.
No sabía exactamente qué estaba buscando. Quizá una explicación, quizá algún detalle que demostrara que todo aquello tenía una explicación sencilla y que, cuando amaneciera, podría mirar a Rubén y sentirse avergonzada por haber dejado que sus sospechas llegaran tan lejos.
Pero la imagen seguía allí, aunque Rubén la hubiera borrado unos minutos antes de la memoria del teléfono.
Laura había tenido tiempo suficiente para verla.
Y había aprendido algo sobre las fotografías antiguas: cuando uno mira una imagen por segunda vez, casi nunca ve lo mismo que la primera.
Amplió el rostro de Clara.
Después el de Rubén.
El reloj.
El escaparate.
La fecha.
Fue bajando lentamente la imagen con los dedos, recorriendo cada rincón de la fotografía, hasta que algo llamó su atención.
Al principio creyó que se trataba de una sombra.
Una forma oscura que aparecía detrás de ellos, parcialmente oculta por el hombro de Rubén.
Laura acercó la imagen.
Había una pared de cristal al fondo, probablemente la fachada de algún establecimiento. El reflejo de la calle ocupaba casi toda la superficie y, entre los reflejos de los coches y las luces, aparecía una figura.
Una persona.
Laura contuvo la respiración.
No era Clara.
Tampoco era Rubén.
Alguien estaba detrás de ellos.
La figura aparecía demasiado lejos para distinguir su rostro, pero había algo familiar en su postura, en la manera en que mantenía los brazos cruzados mientras observaba a la pareja.
Laura amplió todavía más.
La fotografía empezó a perder definición.
La figura se convirtió en una mancha de píxeles.
—Vamos... —murmuró.
Movió la imagen ligeramente hacia la derecha.
Entonces lo vio.
Una mano.
La persona que estaba detrás llevaba una chaqueta oscura y sostenía algo entre los dedos.
Un teléfono.
Laura sintió un escalofrío.
Aquello no tenía por qué significar nada. Alguien podía estar haciendo una fotografía en la calle. Podía ser un desconocido esperando a otra persona. Incluso podía tratarse de un reflejo producido por el cristal.
Pero entonces reparó en otra cosa.
La figura no estaba mirando a la cámara.
Estaba mirando a Rubén y a Clara.
Laura deslizó el dedo hacia arriba para volver a ampliar la fotografía.
Fue entonces cuando comprendió que había algo más.
En la parte inferior del cristal, casi escondido detrás del brazo de Clara, se reflejaba un automóvil.
Laura reconoció el coche inmediatamente.
Era un coche pequeño, blanco, con una abolladura en la puerta trasera izquierda.
El coche de su padre.
Laura se quedó completamente inmóvil.
No.
Aquello era imposible.
Su padre había vendido aquel coche hacía muchos años.
Mucho antes de que ella conociera a Rubén.
Laura cerró los ojos durante unos segundos, intentando ordenar sus pensamientos.
Quizá no era el mismo coche.
Quizá estaba imaginándolo porque necesitaba encontrar conexiones donde no las había.
Volvió a mirar.
La matrícula aparecía parcialmente reflejada en el cristal.
Solo podía distinguir los últimos cuatro números.
2814.
Laura conocía esos números.
Los había visto cientos de veces.
Era la matrícula del coche de su padre.
Se levantó de la cama de golpe.
Abrió el cajón de la cómoda donde guardaba fotografías familiares y comenzó a rebuscar entre ellas hasta encontrar una imagen antigua.
Su padre estaba apoyado junto al coche.
Laura acercó ambas fotografías.
La matrícula coincidía.
2814.
Sintió que las piernas empezaban a temblarle.
Su padre no podía estar allí.
No en aquella fotografía.
No cuatro años atrás.
No con Clara.
Y entonces recordó algo que había sucedido unos meses antes de que Clara muriera.
Una discusión entre sus padres.
Una noche en la que Laura había despertado y escuchado voces en el salón.
Su padre había dicho algo que ella no había entendido.
Solo recordaba una frase.
Una frase que durante años había creído olvidar.
—No puedes seguir viéndola.
Laura dejó caer la fotografía familiar sobre la cama.
De repente, aquella noche regresó a su memoria.
La voz de su madre.
El silencio de su padre.
Y un nombre que entonces no había significado nada para ella.
Clara.
Laura sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Cogió de nuevo el teléfono de Rubén.
Amplió la fotografía una última vez.
Ahora sabía dónde mirar.
No observó a Clara.
No observó a Rubén.
Miró el reflejo.
La figura que estaba detrás de ellos.
Y entonces vio algo que hizo que se le helara la sangre.
La persona llevaba una pulsera.
Una pulsera de cuero negro con una pequeña pieza metálica en forma de cruz.
Laura conocía aquella pulsera.
Su padre la había llevado durante toda su infancia.
Hasta el día en que murió.
Laura dejó caer el teléfono.
El golpe contra el suelo despertó a Rubén, que apareció en la puerta del dormitorio.
—¿Qué has encontrado?
Laura lo miró.
Ya no había rabia en sus ojos.
Solo miedo.
—Mi padre.
Rubén se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Está en la fotografía.
Rubén palideció.
Laura se agachó para recoger el teléfono.
—Mi padre aparece detrás de vosotros.
Rubén no dijo nada.
—Y tú lo conocías.
Él cerró los ojos.
—Laura...
—No vuelvas a decirme que no sabes de qué estoy hablando.
Rubén permaneció en silencio.
Laura levantó la pantalla hacia él.
—¿Qué hacía mi padre con Clara?
Rubén miró la fotografía.
Después miró a Laura.
Y aquella vez no intentó negarlo.
—Tu padre no murió cuando tú crees.
Laura sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Qué acabas de decir?
Rubén dio un paso hacia ella.
—Laura, hay una razón por la que Clara desapareció. Hay una razón por la que tu padre tuvo que desaparecer también.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Mi padre murió hace seis años.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Laura sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—¿Quién?
Rubén no respondió.
—¿Quién me hizo creer que mi padre estaba muerto?
Él bajó la mirada.
Y entonces Laura comprendió que había estado buscando una infidelidad cuando, en realidad, llevaba tres años durmiendo junto al hombre que conocía la verdad sobre la muerte de su padre.
—Fui yo —dijo Rubén.
Laura dejó de respirar.
—¿Qué?
—Yo fui quien te dijo que estaba muerto.
El teléfono resbaló de sus manos.
Y esta vez, cuando cayó al suelo, la pantalla se apagó.
Pero Laura ya había visto suficiente.
Detrás de Rubén y Clara no había un desconocido.
Era su padre.
Y, por alguna razón que todavía no podía comprender, Rubén llevaba años ocultándoselo.
Laura permaneció inmóvil frente a Rubén, incapaz de decidir si quería acercarse a él o alejarse todo lo posible.
Había algo en su expresión que la inquietaba más que cualquier confesión: no parecía un hombre sorprendido por haber sido descubierto, sino alguien que llevaba demasiado tiempo esperando exactamente aquel momento y que, aun así, había deseado que nunca llegara.
—¿Qué quieres decir con que mi padre estaba allí?
Rubén abrió la boca, pero no respondió.
Laura sintió que la paciencia empezaba a abandonarla.
—Te lo estoy preguntando otra vez, Rubén.