NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA CAPÍTULO I. TELÉFONO DESBLOQUEADO.
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NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA

NO ABRAS ESA FOTOGRAFÍA

Por Francisco Jose Ibanez Carrillo

© inepub.com

CAPÍTULO I. TELÉFONO DESBLOQUEADO.

Laura llevaba varios minutos mirando el teléfono de Rubén sin atreverse a tocarlo, mientras él dormía a su lado con la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar.

Eran las dos y diecisiete de la madrugada y, aunque llevaba semanas diciéndose que aquella desconfianza no tenía sentido, aquella noche había vuelto a despertarse con la misma sensación que últimamente se instalaba en su pecho cada vez que Rubén salía de casa o se llevaba el teléfono consigo al

cuarto de baño.

No tenía ninguna prueba de que la estuviera engañando.

Ni un mensaje comprometedor, ni una llamada sospechosa, ni siquiera un nombre que pudiera señalar como el de otra mujer.

Solo había pequeños detalles que, por separado, podían significar cualquier cosa, pero que juntos habían empezado a formar una historia que Laura no quería imaginar.

El teléfono seguía allí, sobre la mesita de noche, iluminando débilmente la habitación.

Había sido Rubén quien lo había dejado desbloqueado.

Laura sabía que debería volver a dejarlo donde estaba y cerrar los ojos, fingiendo que aquella noche no había ocurrido nada.

Sin embargo, después de tantas semanas intentando convencerse de que sus sospechas eran producto de sus propios miedos, una parte de ella necesitaba saber la verdad, aunque aquella verdad pudiera hacerle daño.

Deslizó el dedo por la pantalla.

Revisó primero las conversaciones de WhatsApp y después las llamadas recientes, intentando hacerlo con la rapidez suficiente para no tener tiempo de arrepentirse.

No encontró nada que pudiera considerarse una prueba, aunque tampoco consiguió sentirse aliviada.

Cuando entró en la galería de fotografías, estuvo a punto de cerrar la aplicación.

Entonces vio una carpeta que no recordaba haber visto nunca.

TELÉFONO ANTIGUO.

Laura permaneció unos segundos observando aquellas dos palabras antes de abrirla.

Las primeras imágenes parecían fotografías recuperadas de un dispositivo que Rubén había utilizado años atrás: viajes, reuniones con amigos, restaurantes, paisajes y momentos que pertenecían a una vida anterior a la que ella conocía.

Fue deslizando el dedo lentamente, más por curiosidad que por otra cosa, hasta que una fotografía hizo que se detuviera.

Al principio solo vio a Rubén.

Estaba sonriendo, con un brazo alrededor de una mujer cuyo rostro quedaba parcialmente oculto por el ángulo de la fotografía. Laura amplió la imagen pensando que quizá reconocería a alguna antigua amiga de su novio.

Entonces vio la cara.

Y sintió que algo se le cerraba dentro del pecho.

Conocía a aquella mujer.

La había visto cuatro años antes en una fotografía mucho más pequeña, publicada en un periódico local junto a una noticia que todavía recordaba porque durante varias semanas todo el mundo había hablado de ella.

Clara Vidal.

Laura volvió a mirar la pantalla, como si el nombre pudiera haber aparecido allí de alguna manera.

Clara había muerto hacía cuatro años.

No había ninguna duda.

Laura recordaba incluso el funeral, aunque no había sido amiga íntima de Clara. Recordaba a su madre llorando frente al cementerio y la extraña sensación que le había producido ver cómo una persona de su misma edad podía desaparecer de un día para otro.

Volvió a ampliar la fotografía.

Fue entonces cuando dejó de preguntarse por qué Rubén conservaba aquella imagen y empezó a preguntarse cuándo se había tomado.

Porque la fotografía parecía reciente.

Demasiado reciente.

Rubén llevaba la barba que llevaba ahora y el mismo corte de pelo que tenía desde hacía unos meses. Pero eso no era lo peor. En su muñeca izquierda aparecía un reloj que Laura reconoció inmediatamente: el que ella misma le había regalado por su cumpleaños, apenas ocho meses atrás.

Laura acercó todavía más la imagen.

Y descubrió algo que hizo que se le erizara la piel.

Al fondo, detrás de Clara, había un escaparate.

En el cristal se reflejaba un cartel con una fecha perfectamente legible.

12 de octubre de 2025.

Laura miró de nuevo a Rubén.

Después volvió a mirar a Clara.

Por primera vez desde que había empezado a sospechar que su novio podía estar engañándola, deseó que aquello fuera simplemente una infidelidad.

Una infidelidad podía entenderla.

Podía odiarlo, marcharse, llorar durante meses y, algún día, conseguir olvidarlo.

Pero no podía entender cómo un hombre que dormía a su lado podía aparecer en una fotografía reciente junto a una mujer que llevaba cuatro años muerta.

Y mucho menos podía entender por qué, cuando Rubén abrió los ojos y vio la imagen en la pantalla de su teléfono, no pareció sorprendido.

Pareció asustado.

—Laura... —murmuró.

Ella levantó la mirada.

—¿Quién es ella?

Rubén no respondió inmediatamente. Se incorporó despacio, sin apartar los ojos de la fotografía, como si estuviera intentando comprender algo que tampoco él podía explicar.

—Dame el teléfono.

Laura apretó el aparato entre los dedos.

—Primero dime quién es.

Rubén tragó saliva.

Durante unos segundos permanecieron mirándose en silencio.

Entonces él dijo:

—Esa fotografía no debería existir.

Rubén permaneció sentado en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero y la mirada fija en el teléfono que Laura todavía sostenía entre las manos.

La habitación estaba casi a oscuras, iluminada únicamente por la luz azulada de la pantalla, que proyectaba sobre el rostro de ambos una claridad extraña y fría.

Laura nunca había visto a Rubén así.

Había conocido su enfado, su cansancio, incluso aquella versión de él que aparecía después de una discusión y podía permanecer horas sin pronunciar una palabra.

Pero aquello era diferente. No parecía molesto porque ella hubiera cogido su teléfono.

Tampoco parecía preocupado porque hubiera descubierto una conversación que pudiera poner en peligro su relación.

Parecía estar intentando decidir cuánto podía contarle sin destruir algo que llevaba mucho tiempo tratando de mantener oculto.

—¿Quién es? —volvió a preguntar Laura.

Rubén bajó la mirada.

—Ya sabes quién es.

Aquella respuesta consiguió inquietarla más que cualquier explicación.

—Sí —dijo ella—. Sé quién es. Se llama Clara Vidal y murió hace cuatro años.

Rubén cerró los ojos durante un instante.

Laura sintió que el miedo empezaba a mezclarse con la rabia.

—Así que te lo vuelvo a preguntar. ¿Qué hace una fotografía tuya con ella en un teléfono que utilizabas hace años?

—No lo sé.

Laura soltó una risa breve, sin humor.

—No me digas que no lo sabes.

—Es la verdad.

—¿Y la fecha?

Rubén levantó la cabeza.

—¿Qué fecha?

Laura giró la pantalla hacia él y señaló el fondo de la fotografía.

—Esa. La del cartel.

Rubén se quedó mirando la imagen.

Su expresión cambió.

No mucho. Apenas un pequeño movimiento en los ojos, una tensión repentina en la mandíbula. Sin embargo, Laura llevaba casi tres años viviendo con él y conocía perfectamente cada uno de sus gestos.

Aquello era miedo.

—No había visto eso —dijo.

—Pero conocías la fotografía.

Rubén no contestó.

—La conocías —insistió Laura—. Lo he visto en tu cara.

—Laura, escúchame.

—No. Esta vez vas a escucharme tú.

Ella dejó el teléfono sobre la cama, pero no se lo entregó.

—Llevo semanas preguntándome qué te ocurre. Te noto distante, escondes el teléfono, sales de casa sin decirme dónde vas y cada vez que te pregunto si hay otra persona me dices que estoy imaginando cosas. Y ahora encuentro esto.

—No hay otra persona.

—La mujer que aparece contigo está muerta.

Rubén se pasó una mano por la cara.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Laura sintió un escalofrío.

—¿Cómo que lo sabes?

Rubén tardó unos segundos en responder.

—Porque estuve allí cuando murió.

Laura lo miró fijamente.

Durante unos instantes pensó que había entendido mal.

—¿Qué has dicho?

—Estuve allí.

—¿Dónde?

Rubén no respondió.

—¿Dónde estuviste?

Él apartó la mirada hacia la ventana.

—No puedo explicártelo.

Laura sintió que algo se rompía dentro de ella.

Hasta aquella noche, incluso cuando había imaginado la peor de las posibilidades, una parte de sí misma había seguido confiando en Rubén. Porque amar a alguien también consiste en concederle el beneficio de la duda cuando las piezas no encajan.

Pero aquella frase cambiaba las reglas.

—¿Eras amigo de Clara?

—No.

—¿Entonces qué eras para ella?

Silencio.

—Rubén.

Él volvió a mirarla.

—No era lo que estás pensando.

—No tengo ni idea de lo que estoy pensando. Ese es precisamente el problema.

Laura se levantó de la cama y encendió la lámpara de la mesita. La habitación recuperó de golpe sus colores habituales: las paredes claras, las fotografías que habían colocado juntos durante los primeros meses de convivencia, la cómoda donde Rubén dejaba siempre las llaves al llegar a casa.

Todo seguía igual.

Y, sin embargo, Laura tuvo la sensación de que aquella habitación ya no pertenecía a la misma vida.

—Quiero saber qué pasó.

Rubén también se levantó.

—No puedes saberlo.

—¿Por qué?

—Porque si lo sabes, estarás en peligro.

Laura se quedó inmóvil.

—¿En peligro de quién?

Rubén no contestó.

—¿De quién, Rubén?

Él se acercó a la cama y cogió el teléfono.

Laura se lo permitió.

Rubén abrió la fotografía y la observó durante varios segundos.

Después salió de la galería, entró en la carpeta y comenzó a borrar los archivos.

Laura lo miró incrédula.

—¿Qué estás haciendo?

—Esto no puede estar aquí.

—¡No lo borres!

Laura intentó arrebatarle el teléfono, pero Rubén apartó el brazo.

—¡Rubén!

—No entiendes lo que estás haciendo.

—Entonces explícame.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

Él la miró.

Y durante un segundo Laura creyó ver en sus ojos algo que le dolió más que cualquier mentira.

Culpa.

—Las dos cosas —respondió.

Borró la fotografía.

Después vació la papelera.

Laura permaneció frente a él, incapaz de apartar la mirada.

—¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome?

Rubén dejó el teléfono sobre la cama.

—Desde antes de conocerte.

Aquella respuesta fue tan inesperada que Laura no encontró nada que decir.

Rubén se acercó a ella, pero Laura retrocedió.

—No me toques.

Él se detuvo.

—Laura...

—Quiero que te vayas.

—Es de madrugada.

—Me da igual.

—Déjame explicártelo.