CUARENTA Y UNO
LIZ
Liz entró en la casa que empezaba a considerar de ambos, de Chad y de ella.
Estaba más agotada de lo que había estado en años, pero era una fatiga agradable.
Sabía que esa noche dormiría en una cama cálida y acogedora.
Todo estaría seguro y sereno, y a su lado estaría el hombre que había conjurado de sus anhelos y deseos más profundos.
La palabra con A se atrevía a revolotear por su mente como una caricia tierna.
Era tentador dejarse llevar, envolverse en ella y dejar que arropara todas sus fantasías y ambiciones como una manta cálida.
Pero primero había asuntos prácticos de los que ocuparse.
Cuando Chad llegara a casa y retomaran su rutina, podría plantearse hablar de ello.
Kinsley, por supuesto, estaba llena de energía. Se estremeció de emoción en cuanto vio a Liz, con los ojos brillantes y los bracitos agitándose como locos. Liz adoraba a la niña. Sintió que el corazón se le salía del pecho en el instante en que se abrazaron.
Cuidar de Kinsley había sido un acto de generosidad, algo que disfrutaba hacer estuviera de ánimo o no. Había algo sencillo y gratificante en cuidar de una pequeña. Solo necesitaba que le dieras lo básico: comida, amor… y un pañal limpio.
Liz colocó a Kinsley en su lugar habitual en la sillita, con las piernas y los brazos agitándose. Era como si no hubiera pasado el tiempo desde que la habían secuestrado.
—Muy bien, veamos qué nos ha dejado papá para cenar, ¿vale? —murmuró Liz, abriendo el frigorífico y echando un vistazo rápido a lo que quedaba.
Entonces, detrás de ella, Kinsley emitió un sonido extraño, como un grito ahogado.
Al principio, Liz no le dio importancia. Estaba a punto de hacer un comentario sobre lo mal cocinero que era Chad, volviéndose hacia Kinsley como su público perfecto, cuando se quedó paralizada ante la visión horrorosa que tenía delante.
Liz se quedó paralizada con la puerta del frigorífico abierta mientras su cuerpo reaccionaba a los recuerdos traumáticos que probablemente quedarían encerrados en su psique bajo llave durante años.
El corazón le martilleaba en el pecho, golpeándole las costillas, y sintió cómo la energía la abandonaba de golpe.
Era una pantera, justo ahí, en la entrada de la cocina. Supo por pura intuición que no era Chad.
Era Barb. Había venido a terminar el trabajo.
Era enorme, musculosa y esbelta, de pie en una postura relajada. Le recordaba a la amenaza silenciosa que había irradiado cuando apareció en la puerta principal. La mujer resultaba amenazante, pero de una manera callada, como un presagio de fatalidad.
Kinsley seguía gritando, agitando todo el cuerpo y zarandeando la silla. La pantera miraba fijamente a Liz, sin parpadear.
No había tiempo que perder. Liz entró en acción mientras la adrenalina le abrasaba el cuerpo como un río de fuego.
Sacó a Kinsley de la silla y la sujetó con el brazo izquierdo, apretando a la niña contra el hombro, y después desenvainó un cuchillo de carnicero del taco.
El metal produjo el sonido de una espada poderosa cortando el aire.
No habría sabido explicarlo, pero Liz supo que la bestia frente a ella se había reído.
Retrocedió lentamente mientras la pantera se acercaba, con los colmillos afilados como navajas al descubierto y las garras extendidas.
Barb le gruñó entonces, agazapándose en una posición amenazante que hizo que Liz se sintiera débil de terror.
Pero no se rendiría sin luchar. Con Kinsley en brazos, Liz era de armas tomar. Lanzó una silla de una patada hacia la bestia y luego otra antes de retroceder rápidamente, gritándole a la criatura antes de que pudiera avanzar.
—¡Fuera! ¡Vete! —chilló Liz a todo pulmón hasta que le dolió.
La pantera saltó, pero tropezó con las sillas que Liz había lanzado entre ellas para frenar el ataque. Liz logró salir bastante rápido por la puerta trasera de la cocina, la cerró de un portazo y echó a correr sobre el rocío brillante del césped.
Liz recordaba que había una entrada al sótano desde el exterior. Corrió rodeando la casa mientras oía el sonido horroroso de Barb atravesando la puerta trasera como si fuera de papel.
Liz irrumpió por la entrada del sótano, con el cuchillo todavía en la mano y Kinsley a salvo en brazos. Barb le estaba ganando terreno; el sonido enfermizo de las patas contra la hierba retumbaba cada vez más cerca.
Cerró de un portazo la puerta exterior y bajó las escaleras a toda prisa hacia el sótano húmedo y sombrío, que estaba inquietantemente vacío salvo por un banco de trabajo y algunas herramientas de jardín.
Soltó el cuchillo, cerró la puerta al pie de las escaleras y la atrancó con una gruesa tabla de madera que descansaba contra la pared.
La colocó en horizontal con la mano libre, encajó un lado de la tabla bajo el pomo de la puerta y metió el otro bajo una estantería de acero que había junto a la puerta.
Kinsley balbuceaba como si le estuviera contando a Liz todo lo que había pasado desde que se fue.
—Shh, cariño —dijo Liz, paseándose con Kinsley, que parecía imperturbable—. Todo está bien. Estamos bien.
Al calmarse un poco, la lógica volvió a ella y pudo considerar si realmente estaban a salvo. Al principio solo hubo un silencio sofocante, y luego un estruendo ensordecedor contra la puerta. Liz gritó instintivamente y retrocedió con Kinsley firmemente sujeta a ella.
El polvo cayó de las paredes y la tabla de madera tembló ligeramente. Barb dejó escapar un gruñido gutural que le heló la sangre a Liz.
Estaban a salvo en aquel sótano espantoso, húmedo y oscuro. Pero por cuánto tiempo, no lo sabía. Recogió el cuchillo, se apoyó contra la pared y se dejó resbalar hasta quedar en cuclillas con Kinsley acurrucada contra ella.
Intentó respirar. Era lo único que podía hacer.