CUARENTA
CHAD
El cuerpo de Chad seguía magullado y dolorido después de hacer el amor, pero una capa de luz resplandeciente había cubierto y adormecido la intensidad del dolor.
Liz descansaba a su lado, acariciándole las heridas, con un brillo de sudor sobre sus valles y curvas.
Se vistieron poco después, queriendo regresar a la playa antes de que el piloto cambiara de opinión y los dejara allí.
Pero Chad podría haberse quedado un día más. Su propia isla privada sonaba romántica y maravillosa. Lo único que faltaba era su dulce niña Kinsley. Así, todo sería perfecto.
Pero esa era una fantasía que tenía que quedar, al menos, en un segundo plano.
Atravesaron el bosque de la mano, pisando la arena pálida con los pies descalzos.
Apenas hablaron en el vuelo de regreso, pero era un silencio apacible.
La lluvia comenzó a salpicarlos justo cuando llegaron al puerto deportivo, y corrieron juntos a tomar un taxi hacia el aeropuerto principal.
Liz estaba exhausta por su tumultuosa experiencia.
Chad estaba más que orgulloso de ella, y se prometió decírselo cuando estuviera lista para una conversación seria.
Pero por el momento, la dejó dormir en el dormitorio del jet privado, en la cama cubierta con sábanas de algodón egipcio y almohadas de plumas.
El vuelo de regreso no fue muy largo, y cuando aterrizaron, se coló en el dormitorio para despertar a Liz.
La encontró en la misma posición que cuando se había ido.
.. boca abajo, con la rodilla derecha levantada, el rostro hundido en el mar de almohadas.
Se había quedado dormida como un tronco, igual que una niña después de un largo día de juegos bajo el sol.
El alma de Chad se llenó de ternura ante aquella imagen mientras se sentaba en el borde de la cama. Ella aún no se movía. Sonrió para sí mientras apartaba los mechones de cabello castaño rojizo que le cubrían la mejilla como una cortina.
—Hola, cariño —murmuró con suavidad—. Hemos aterrizado, mi amor. Deja que te lleve a casa.
Los hombros de Liz se estremecieron y sus ojos comenzaron a abrirse poco a poco. Aquellos hermosos ojos castaños lo envolvieron mientras volvía en sí, con una expresión de confusión en el rostro.
—Mmm —gimió, estirando los brazos y las piernas como una estrella de mar, con el rostro aún pegado a la almohada—. Dios, ¿ya hemos llegado?
Chad asintió mientras le acariciaba el cabello. Su pantera ronroneó, contento de tenerla tan cerca.
—No es un vuelo muy largo. Estabas dormida como un tronco.
Liz se rio y se incorporó apoyándose en las manos. Él la había animado a ponerse un pijama que había sacado de su armario, y ella lo había hecho a regañadientes. La admiró mientras se estiraba, con los pechos sueltos y espectaculares bajo la camiseta.
—Nada como un buen trauma para hacerte dormir —bromeó Liz.
A Chad se le encogió el corazón, aunque ella estaba sonriendo. La tomó por la nuca y la besó con la delicadeza de una abeja posándose en una flor. Le robó el aliento, igual que ella le robaba el suyo con tanta facilidad.
Ella sonrió contra sus labios, murmurando con ternura.
—Mmm, ¿a qué se debió eso?
Chad volvió a reírse. Lo tenía hechizado.
—Por ti.
Su sonrisa se desvaneció, sustituida por una expresión solemne.
—Quiero que sepas que voy a cuidar de ti. No lo dudes ni por un momento.
Liz suspiró con sensualidad y le besó ambas mejillas.
—No lo dudo ni por un momento.
Bajaron del avión como flotando y fueron a casa de los padres de Chad a recoger a Kinsley. Chad se había ofrecido a dejarla con ellos un día más para que Liz pudiera descansar, pero ella insistió. Echaba muchísimo de menos a la pequeña.
La niña se puso loca de alegría al ver a Liz y la abrazó con sus bracitos. Chad notaba que Liz estaba realmente agotada, pero su amor irradiaba como el centro del sol. Era innegable.
De camino a casa, el detective Rose llamó y le preguntó si podía pasarse por la comisaría cuando tuviera ocasión. Había algo que quería comentarle.
—¿Quién es el detective Rose? —preguntó Liz.
—Es mi contacto en la policía. Me está ayudando a preparar un caso contra Barb y su familia.
—Bien. Espero que la encierren por mucho tiempo.
Chad la besó en la frente.
—No te preocupes. Me estoy encargando de ello. Con suerte, me dirá que la tienen detenida hasta que se celebre el juicio.
Chad las dejó a ambas en casa, con el corazón rebosante. Quería asegurarse, y asegurarle a Liz, de que todo estaba resuelto, lo que significaba que Barb estaba detenida y entre rejas.
Salió marcha atrás del camino de entrada mientras el crepúsculo centelleaba sobre el cromo del coche. Miró por el espejo retrovisor y vio a Liz entrar con Kinsley.
Su familia. Eran su familia.
Chad había avisado a la policía de que pasaría por allí. Entró, todavía con la adrenalina del rescate en el cuerpo, algo dolorido y agotado por la batalla. Pero estaba ilusionado con su futuro.
—Hola, estoy aquí para hablar con el detective Rose.
El detective Rose también era cambiaformas y solía encargarse de los casos relacionados con ellos. Era un hombre curtido, de rostro áspero y andar renqueante. Chad lo observó acercarse cojeando al mostrador de recepción de la comisaría y sintió que algo se le hundía en el estómago.
—No hemos podido localizar a Barb —dijo Rose—. La orden de arresto está activa, pero ha desaparecido. Quería preguntarte si sabes dónde podría estar escondida.
Chad sintió que palidecía. Salió corriendo de la comisaría y saltó al coche mientras una sensación perturbadora de urgencia le atravesaba los huesos. Maldijo no tener teléfono fijo en casa. Podría haberla llamado si no era ya demasiado tarde.
Condujo muy por encima del límite de velocidad de vuelta a casa, pero no le importaba. Saltó del coche tras aparcarlo de cualquier manera y entró como un rayo, con el corazón latiéndole en la garganta.
La puerta principal estaba entreabierta y se le secó la boca. Corrió a la cocina y encontró varias sillas tiradas por el suelo.
Ni rastro de Liz ni de Kinsley. Barb había estado allí. Lo sabía en lo más profundo de su ser.