TREINTA Y NUEVE
LIZ
Liz había sentido cómo algo monstruoso se apoderaba de ella cuando Chad entró en la cabaña.
Era la misma sensación que la había impulsado a interponerse entre dos panteras feroces.
Intentó autoengañarse creyendo que era algún tipo de delirio, pero en el fondo sabía la verdad.
Confiaba en sí misma mucho más que nunca.
Por primera vez, seguía el camino invisible que el universo había trazado para ella sin el ruido de sus susurros llenos de dudas.
Cuando empujó a Chad sobre la cama, al principio se sintió empoderada. No tenía ni idea de quién era él en realidad. Llevaba meses cuidando a la sobrina de aquel hombre, y se habían estado acostando. ¿Había confundido todo eso con algo más? ¿Algo íntimo, algo cósmico e infinito?
Su intuición también le reveló la verdad en ese momento. Mientras lo montaba a horcajadas, apretándolo entre sus muslos, esa sensación de empoderamiento se mezcló con un torbellino de otros sentimientos, sobre todo la herida de su corazón roto.
Y una ira que le hervía por dentro.
—Te lo contaré todo. Te lo prometo.
Liz no era una persona violenta, pero necesitaba protegerse.
Había visto lo que él había hecho allá afuera.
Podía destrozarla con la misma facilidad que a un cisne de origami.
Agarró el mango del cuchillo con firmeza, mientras en el fondo de su mente un deseo de confiar en él no dejaba de susurrarle.
—Por favor, Liz —le suplicó.
Eran esos ojos. Esos malditos ojos. De un verde salvia suave cuando reía, con la textura sedosa de una hoja en primavera cuando la escuchaba. De ese tono ardiente, como el mar batiendo la orilla, cuando enredaban sus cuerpos en la cama.
Se sacudió para librarse del anhelo, resoplando como una locomotora.
—Habla —siseó.
Chad tragó saliva y su nuez de Adán subió y bajó. Ella sintió una punzada de culpa antes de que él hiciera su confesión.
—Como viste, soy un cambiaformas. Una pantera. Mi familia quería que estuviera con otra cambiaformas. Probablemente contrataron a Barb para seducirme. Pero no quiero a Barb. Te quiero a ti.
Liz movió la mandíbula de un lado a otro. Su ira se derritió como un arroyo que burbujea cuando el invierno da paso a la primavera. Pensó que quizás todo era obra suya. Que él la estaba hechizando con su magia de cambiaformas, volviéndola vulnerable ante él.
—Me quieres —susurró, con los nudillos blancos de apretar el mango del cuchillo—. ¿De verdad me quieres, o me estás hipnotizando para poder tenerme, follarme?
El labio de Chad tembló hasta esbozar una sonrisa. Era hermosa, aunque ella también percibió algo de dolor en él.
—No tengo ninguna de esas habilidades —respondió con dulzura—. Existe algo llamado compañeros predestinados. Es algo que el universo ha decidido para nosotros. Y tú eres eso para mí, Liz. Eres mi compañera predestinada.
Instintivamente, Liz apartó la hoja del cuchillo de la garganta de Chad. Todavía lo sostenía en la palma, apuntando a unos centímetros de él, pero algo había sucedido. Se sentía como magia.
—¿Compañera predestinada? —murmuró.
—Sí —susurró Chad.
Lenta y cautelosamente, Chad levantó ambas manos para envolver la que sostenía el cuchillo.
Ya no se sentía amenazada. Estaba agotada pero también extraordinariamente serena.
Se preguntó una vez más si era el bajón de la adrenalina, pero no le importaba.
Confiaba en Chad por completo y sin reservas.
—Lamento no habértelo dicho antes —susurró Chad, con los ojos vidriosos—. Pensé que te asustarías y me dejarías para siempre. No podía arriesgarme a eso.
Liz estaba completamente cautivada. Aflojó la presión de sus muslos sobre el torso de Chad y se incorporó sobre él con el cuchillo todavía en la mano. Él la observó con un cariño en los ojos que le hizo dar un vuelco al corazón.
Dejó caer el arma al suelo con un golpe metálico. Luego se quitó la camiseta pasándosela por encima de la cabeza con ambas manos y la dejó caer junto al cuchillo.
Se sentó a horcajadas sobre él, con los pechos desnudos refrescándose en el aire cálido de la cabaña. Se deslizó hacia abajo para frotarse contra su entrepierna y sintió cómo su bulto se hinchaba y cobraba vida.
Las manos de Chad se posaron en sus muslos como atraídas por un imán mientras ella se dejaba caer sobre él y liberaba un jadeo que llevaba contenido desde que había llegado a la isla.
Liz apoyó la frente contra la de Chad mientras las lágrimas corrían por el hermoso rostro de él. Ambos cerraron los ojos mientras Liz susurraba rozándole los labios. Todo su cuerpo era un delicioso caos de hormigueos.
—Te perdono.
Liz ayudó a Chad a quitarse la ropa, con especial cuidado de no rozar sus moretones ni las zonas doloridas. Besó cada parte de él que su boca pudo explorar, rezando para que sus labios tuvieran el poder de acelerar su curación.
Hicieron el amor en la cabaña húmeda, con Liz encima, meciéndose suavemente sobre su amante. Su cuerpo se balanceaba como en una danza ritual, con los pechos apretados contra el pecho de él y la polla de Chad hundida en lo más profundo de su coño hambriento.
Toda noción del tiempo se evaporó mientras hacían el amor.
No había nada sucio ni perverso en ello.
Era como si hubieran estado juntos durante siglos y conocieran cada punto que hacía estremecer al otro.
Era intimidad en todos los sentidos de la palabra.
Ambos mostraron una vulnerabilidad que alguna vez creyeron un regalo que ninguno tendría la fortuna de recibir.
Cuando Liz llegó al clímax, se sintió renovada. Mordió el hueco del cuello de Chad mientras el orgasmo continuaba, y luego se desplomó, en una revitalización intensa y asombrosa.
—Oh, Chad, oh, Chad —le susurró al oído, una y otra vez.
Con él era plenamente ella misma, sensual y completa, tal como antes. Solo que ahora por fin lo sabía todo sobre él, y eso era lo único que siempre había querido.