TREINTA Y SEIS
CHAD
Chad observó la pequeña isla desde el aire y se le erizó la piel. No le gustaba lo aislada que estaba, y mucho menos la idea de que Liz estuviera allí sola.
¿Tenía comida? ¿Agua potable? ¿Seguía viva siquiera? No sabía nada, y eso lo cabreaba de mala manera.
Aunque, por otra parte, quizás no estaba sola. Barb podría tener a alguien allí vigilando a su compañera, y eso le preocupaba aún más. Si se acercaba, ¿la pondría en mayor peligro?
El avión empezó a reducir la velocidad y se acercó más a la isla. La pantera que llevaba dentro casi le estalló bajo la piel cuando vio el SOS en la arena y la gran pila de madera quemada. Sonrió, convencido de que tenía que haber sido Liz. Era muy lista.
Había mantenido la calma lo suficiente para pensar en algo que la salvara. Era la prueba de que no se había quedado hecha un ovillo, llorando. Se aseguraría de decirle lo orgulloso que estaba de ella. Le diría que había sido brillante en su intento de encontrar el camino a casa.
Recorrió la playa con la mirada, pero no la vio a ella ni a nadie más. La isla parecía desierta. El avión descendió hasta que los flotadores rozaron el agua y se detuvo justo antes de llegar a la playa.
—Te dejo aquí —dijo el hombre mientras apagaba el motor. El avión flotaba suavemente sobre el agua, sin un solo sonido ni señal de vida a la vista.
—Estaré aquí cuando vuelvas —dijo el piloto, y echó el ancla.
Chad le dio las gracias y saltó por la estrecha puerta lateral. Chapoteó en el agua y pisó la arena. Inspiró hondo, intentando averiguar adónde habría ido ella.
No podía pasarse todo el día buscando por la isla. Tenía que encontrarla cuanto antes. Lo último que necesitaba era que aparecieran Barb o sus hermanos.
Había un camino irregular no muy lejos de los restos de la hoguera. Era tan buen punto de partida como cualquier otro. Echó a andar por el sendero, extrañado por el hilo atado a los árboles. Vio las pisadas y supo que eran de Liz. Eran lo bastante pequeñas para ser suyas.
Siguió caminando y obligó a sus piernas a moverse más rápido. El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que podía sentirla cerca. Estaba cerca.
Echaba de menos la conexión que tenían. Echaba de menos tenerla cerca.
El camino se abrió a un claro amplio, y en el centro había una pequeña cabaña. El corazón le dio un vuelco: sabía que ella estaba dentro. Sonrió, listo para cruzar la puerta y llevársela a casa.
Podrían ser una familia y dejar todo aquello atrás. Lo deseaba más que nada en el mundo.
Pero al dar unos pasos más, un gruñido de advertencia rasgó el aire. Se quedó inmóvil.
Una pantera salió del bosque y se interpuso en su camino. Chad frunció el ceño: era Barry. Lo reconoció por su complexión más robusta y el corte en la cara. Baylor no andaría lejos.
Entrecerró los ojos mirando a la pantera. Observó cómo acechaba, sin moverse de delante de él.
—Barry, te aconsejo que te apartes de mi camino.
Barry no lo hizo. En cambio, le gruñó y chasqueó los dientes.
Chad no se movió y cerró las manos en puños apretados a los costados. No tenía tiempo para aquello.
—Muévete, Barry —le gruñó, enseñando los dientes—. Apártate de mi camino o prepárate para salir herido. Me llevo a Liz, y no hay nada que puedas hacer para impedirlo.
Justo entonces, otro gruñido rasgó el aire. Baylor salió de entre los árboles en forma de pantera y se unió a su hermano. Chad no quería pelear. Había tenido unos días largos y estresantes, y solo quería irse a casa con Liz.
Pero si iban a interponerse, les arrancaría los miembros uno a uno. No iba a permitir que nadie más arruinara su felicidad.
—Moveos —gruñó, enseñando los dientes una vez más—. No pienso repetirlo.
Ambos felinos se acercaron acechando. Él no se movió ni dejó que lo intimidaran.
Clavó los pies en el suelo, y cuanto más se acercaban, más claro le quedaba que querían pelea de verdad. Y él estaba listo para dársela.
Justo entonces, la puerta de la cabaña se abrió de golpe. Liz estaba allí de pie, con aspecto agotado y exhausto. Tenía ojeras y un bronceado. Pero no un bronceado saludable. Era más bien una quemadura de sol.
Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante, y su ropa parecía haber conocido tiempos mejores. Lo vio enseguida; luego sus ojos se desviaron hacia las panteras y su expresión de alegría se tornó en horror.
Gritó su nombre con los ojos llenos de pánico, y las panteras se volvieron.
Sabía exactamente lo que estaban a punto de hacer, y no tenía elección. No iba a permitir que se acercaran a ella.
¿Quería que ella lo viera transformarse en una situación así? ¡Ni de coña! Pero ¿iba a permitir que otro hombre le hiciera daño? ¡Y una mierda!
Los felinos se volvieron y salieron disparados tras ella. Él se lanzó hacia delante y se transformó en pleno salto. La ropa se le hizo jirones mientras los músculos le estallaban hacia fuera, y aterrizó a media zancada, lanzándose a la carrera tras los otros dos.