Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) TREINTA Y CINCO
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TREINTA Y CINCO

LIZ

Liz había entrado en una rutina de supervivencia y puro agotamiento; dormía sobre todo porque su cuerpo se lo suplicaba.

La adrenalina del secuestro se había disipado, pero eso no significaba que hubiera bajado la guardia.

Apenas tenía noción del tiempo más allá de la salida y la puesta del sol.

Descubrió que su cuerpo se ajustaba solo, agotándose unas horas después del anochecer.

Era entonces cuando se tumbaba en la cama, con la mente desbocada como un tren sin frenos.

Una noche en concreto, tras haber sido abandonada en la isla desierta durante lo que calculaba eran casi cuatro días, se quedó dormida más rápido de lo habitual.

Tenía el cuerpo rígido por la ansiedad, la mano aferrada a un arma invisible.

Anhelaba cualquier cosa que la hiciera sentir más segura…

una navaja improvisada, una rama afilada, lo que fuera.

Tenía el cuchillo, pero era pequeño y estaba desafilado.

Se había sumido en la inconsciencia mientras su mente divagaba, un breve respiro del torbellino de emociones. Respiraba suavemente, igual que cuando dormía junto a Chad, cuando un sonido la despertó.

El ruido la había arrancado del sueño y su cuerpo había reaccionado de forma instintiva, en modo protector. Se apretó las sábanas contra el cuerpo mientras un sudor frío le cubría la piel.

—¿Quién anda ahí?

Liz no esperaba respuesta. No sabía qué había provocado el sonido; podrían haber sido pasos o simplemente árboles meciéndose con el viento. Quizá solo fuera una alucinación auditiva, pero aun así necesitaba asegurarse.

Liz se arrastró hasta el borde de la cama y posó los pies descalzos con cuidado sobre el suelo de madera. Cruzó el dormitorio ligeramente encorvada, con el corazón latiéndole en la garganta. Agarró el pomo de la puerta, aguzando el oído ante cualquier posible amenaza.

—Venga. Abre la puerta. Puedes hacerlo.

Liz ya estaba físicamente confinada en aquella extraña isla, pero no iba a permitir que también le confinaran la mente. Así que abrió la puerta de golpe, soltó el pomo y se lanzó al suelo embarrado mientras el portazo retumbaba en el silencio de la noche.

—¿HOLA? ¿QUIÉN ANDA AHÍ?

Liz se quedó inmóvil, con los puños apretados, lamentando no haber cogido el cuchillo para al menos parecer amenazante. La respiración se le aceleró peligrosamente, al borde de la hiperventilación, en el frío cortante de la noche.

—¡HOLA!

Volvió a gritar y su voz resonó en el aire. Todo estaba en completo silencio, sin rastro de vida. El único sonido era la melodía del viento acariciándole la piel tibia del cuello.

Liz echó un vistazo a su alrededor, pero solo brevemente. La cabaña era su único refugio, sobre todo si había algo… o alguien… ahí fuera que quisiera hacerle daño. Al no encontrar más que la inquietante calma de una noche tropical, corrió adentro y volvió a cerrar la puerta de golpe.

—Quizá estaba soñando —murmuró, apoyándose contra la puerta tras echar el cerrojo—. No hay nadie. No hay nada, solo yo.

La idea del aislamiento resultaba abrumadora. Antes de poder analizar el pensamiento a fondo, Liz se obligó a volver a la cama, hundió la cara entre dos almohadas y se forzó a respirar despacio.

Los pies le colgaban del borde de la cama, manchados de tierra tras su breve excursión.

—Chad vendrá. Viene a buscarme.

Se repitió aquel mantra en el que no terminaba de creer hasta que cayó en la oscuridad.

Liz durmió durante mucho tiempo y despertó con una luz cálida que se derramaba en el dormitorio. Al abrir los ojos, sintió ganas de llorar, pero no iba a permitirse ceder todavía.

Liz reunió el valor suficiente para volver a salir; el sonido de la noche anterior la carcomía. Regresó a la playa, que habría resultado agradable bajo sus pies descalzos en otras circunstancias. Contempló la señal de SOS, que yacía patéticamente en la arena, intacta.

Volvió hacia la cabaña, deambulando entre los árboles que separaban su prisión del mar. Tenía la mente en otra parte, probablemente por el calor y la falta de alimento, cuando vio algo extraordinario.

Se detuvo en seco al ver una enorme huella de pata. Su mente quería negar lo que veía, echarle la culpa a la desnutrición o a la insolación, pero sabía perfectamente lo que tenía delante.

Liz se agachó y trazó las hendiduras con los dedos. Era tan grande como un guante de béisbol. No había visto ningún animal salvaje en la isla en todo el tiempo que llevaba allí. Recorrió la marca con los dedos, frunciendo el ceño, mientras la inquietud le revolvía el estómago.

Un aullido desgarrador rasgó el aire. Liz se puso en pie de un salto.

Su cuerpo había entrado en un estado de supervivencia que nunca había experimentado.

Pero parecía que alguien estaba en apuros.

Una mujer, quizá. Corrió moviendo los brazos con fuerza hasta llegar a la playa, con el aliento ardiéndole en la garganta.

Recorrió con la mirada la arena blanca como el hueso y las aguas agitadas hasta que volvió a oír el chillido.

Liz dio un respingo ante el grito desgarrador y se giró hacia el bosque.

Fue entonces cuando se encontró cara a cara con la bestia que había oído la noche anterior, la que había dejado aquella increíble huella en el suelo del bosque.

Ante ella había una pantera de ojos brillantes y relucientes.

La voz se le ahogó en la garganta mientras el pánico se apoderaba de ella.

—¡Fuera… Fuera de aquí!

Echó a correr presa del pánico hacia la cabaña.

Solo oía los latidos de su propio corazón y su respiración entrecortada.

Esperaba que la derribaran por la espalda en cualquier momento.

Garras desgarrándole la carne y dientes hundiéndose en su cuello.

Los árboles se desdibujaron a su alrededor mientras saltaba sobre ramas caídas y se abría paso entre las zarzas.

Liz entró como un rayo en la cabaña y cerró la puerta de un portazo. Estaba empapada en sudor, apoyada contra el marco de la puerta igual que la noche anterior.

La pantera parecía hambrienta. La bestia iba a por ella.