TREINTA Y CUATRO
CHAD
Evan, el investigador privado que Chad había contratado, trabajó con rapidez y eficiencia y localizó la finca donde vivía la familia de Barb. Al comprobar que llevaban tiempo sin aparecer por allí, decidió hacer su propia investigación al amparo de la oscuridad.
Barb y sus hermanos provenían de una familia relativamente acomodada, según recordaba Chad.
Pero había oído por el mundillo de las panteras que habían perdido una cantidad exorbitante de dinero en fracasos bursátiles, y quizá también en el juego.
La desesperación de Barb por reclamarlo como suyo cobraba sentido si se tiraba de ese hilo, pero él no estaba para compasiones.
Chad sabía que Barb era responsable de la desaparición de Liz. Lo sentía en lo más hondo, con la misma certeza con que sabía que Liz era su compañera predestinada.
Chad se coló en la finca, que parecía extrañamente desierta, sin vigilancia y mal iluminada.
Llevaba un auricular para comunicarse con su investigador privado, que esperaba en una furgoneta negra a unas calles de distancia.
Era una zona de alto nivel adquisitivo, así que tenía que andarse con cuidado.
Los ricos aburridos eran los más cotillas.
Chad rodeó el lateral de la casa, donde unos arbustos largos y descuidados bordeaban los límites de la propiedad. Se movía en su forma humana, tan ágil y sigilosa como su pantera. Manipuló la cerradura, que cedió con un clic, dándole acceso a una cocina grande y opulenta.
—Estoy dentro —susurró por el auricular.
—De acuerdo. No parece que tengan ningún sistema de seguridad, pero ten cuidado. Yo revisaría cajones, escritorios, cualquier sitio donde alguien pueda haber escondido algo importante.
—Recibido.
Chad avanzó sigilosamente, agachado, atravesando la cocina a oscuras hacia el salón.
Llevaba una linterna frontal, tenue pero suficiente para ver por dónde iba.
Empezó por los cajones de la mesa de centro y el escritorio junto a una chimenea antigua, revisando papeles y trastos olvidados.
No se desanimaba fácilmente y mantenía una concentración absoluta, pese al latido constante de su corazón, que clamaba por Liz.
—Nada que informar en el salón —susurró Chad al investigador—. Voy a la cocina y luego al estudio de arriba.
—Recibido, aquí fuera no hay movimiento —respondió Evan.
En la cocina solo había unos folletos viejos, cubiertos, ollas y sartenes, todo con aspecto de no haber tocado comida en años. Aquello entristeció un poco a Chad, igual que las sábanas que cubrían la mayoría de los muebles del salón y de las distintas habitaciones por las que pasó.
Era como si allí solo hubiera habitado un fantasma de vida.
—Voy al estudio.
El estudio parecía la estancia más habitada de todas las que había visto hasta entonces.
Pese a la estética vintage de la decoración, se respiraba una energía de desesperación frenética.
La silla del escritorio de madera de cerezo estaba apartada y había caído hacia atrás sin cuidado.
Los sillones de cuero arrimados a la pared junto a las estanterías no estaban cubiertos con sábanas fantasmales. Olía a pino y a decepción.
Chad supo que iba a encontrar lo que buscaba antes incluso de empezar.
Los cajones del escritorio tenían cerradura, que parecía requerir una llave maestra antigua. El ojo de la cerradura estaba ligeramente oxidado, pero solo en el cajón inferior, que probablemente llevaba tiempo vacío y sin usar.
Chad no sintió el menor escrúpulo por dañar la propiedad. Usó su fuerza de pantera para arrancar el primer y el segundo cajón, y sus esperanzas se avivaron al ver una pila de papeles. Revolvió entre ellos y dio con un documento con letras en oro rosa.
—Creo que he encontrado lo que necesitamos.
Chad levantó con cuidado las hojas y las extendió sobre el escritorio. La luz de su linterna frontal las bañó con un brillo resplandeciente.
—Parecen escrituras. Escrituras de una isla en el Atlántico, cerca de las Bermudas.
—Bingo —respondió el investigador.
Chad recorrió el resto de la casa sin encontrar nada más. El aura triste seguía allí, pero no iba a dejar que eso minara su determinación. Salió por la puerta trasera con las escrituras y regresó a toda prisa a la furgoneta con su investigador sin el menor contratiempo.
Chad y su investigador fueron a casa de Chad, donde Evan rastreó la ubicación de la isla. La encontró con una rapidez asombrosa, mientras Chad iba de un lado a otro, tembloroso tras tres tazas de café.
—Aquí —dijo Evan, señalando un mapa que había sacado de su maletín—. Esta isla es propiedad privada. Parece que tu Barb y sus hermanos la compraron hace poco para sus tejemanejes.
Era toda la información que Chad necesitaba. Reservó un avión privado para el día siguiente y organizó que sus padres cuidaran de Kinsley durante su ausencia. No les explicó todo, solo que adonde iba era de vital importancia.
Subió al avión sin haber pegado ojo. Puso al corriente a su investigador sobre sus planes y le pidió que lo localizara a través del móvil mientras estuviera fuera, por si le ocurría algo grave. Evan aceptó sin dudarlo.
Chad se sentó en el avión, inquieto y con el estómago revuelto.
El vuelo no era muy largo, pero cada segundo que pasaba sin tener a Liz a salvo entre sus brazos se le hacía eterno.
Al fin y al cabo, todo lo que había sucedido desde que se conocieron era culpa suya.
El drama y las complejidades de la vida de los cambiantes eran algo que ella desconocía por completo.
Miró por la ventanilla, aún incapaz de conciliar el sueño. La luz de la tarde pronto cedería paso a la noche, y el crepúsculo teñía de rojo sangre la tierra allá abajo.
—Voy a buscarte, Liz —murmuró Chad—. No te va a pasar nada. Te lo prometo.
Lo decía en serio.