TREINTA Y TRES
LIZ
Pasó toda la noche avivando el fuego, echándole ramitas, hojas secas y la madera muerta que había recogido. El fuego rugió casi toda la noche, y solo se apagaba débilmente en los momentos en que su mente se adormecía y el sonido rítmico de las olas la arrullaba hasta hacerla dormitar.
Un pájaro o algún animal chilló en la oscuridad y la sobresaltó. Se despertó de golpe, con los ojos muy abiertos y el corazón desbocado. El miedo y su situación volvieron a apoderarse de su mente. Las brasas moribundas del fuego oscilaban entre el naranja y el negro.
Con cuidado, Liz reavivó el fuego: primero con hojas secas, luego con ramitas, y por último añadió más madera muerta de la que había recogido por la playa.
Las noches se volvían frías a pesar de estar en el trópico, así que Liz agradecía el calor del fuego. Aun así, no podía evitar escudriñar el agua con la esperanza de ver las luces de algún barco lejano. Pero no había nada más que agua y la tenue luz de las estrellas y la luna.
Liz suspiró y dejó que sus frustraciones afloraran como lava ardiente en su mente. ¿Por qué Barb y sus hermanos la habían mandado lejos de esa manera? Tenía que admitir que era una medida drástica... que rayaba en la locura. ¿Y para qué?
Quizás Barb temía que arruinara sus planes de boda con Chad.
—Pffft —murmuró Liz—. No soy tonta. Sé cuándo no soy bienvenida ni deseada.
Entonces le vino otro pensamiento a la cabeza... Chad.
—Y sé cuándo me están utilizando —continuó.
A pesar de lo que sentía por Chad, no iba a ser la otra, ni la tercera en discordia. Si iban a casarse, por mucho que le doliera, se apartaría y los dejaría estar juntos.
¿Para qué luchar por alguien que pensaba casarse con otra? Saliera como saliera, perdía.
Liz no podía pensar en todo eso todavía. Ahora mismo, su prioridad era encontrar la manera de salir de aquella maldita isla. Ya se preocuparía del resto después.
Liz apartó esos pensamientos y se dio cuenta de que los primeros rayos del sol empezaban a asomar por el horizonte. El océano había pasado del negro al gris. Pronto amanecería.
El rugido del océano fue en aumento mientras las olas se agitaban, espumeaban y rompían contra la orilla.
Primero escrutó el horizonte en busca de algún barco lejano. Luego se quedó mirando las olas hasta que su mente se adormeció y sus pensamientos se volvieron sombríos.
—¿Y si no viene nadie? ¿Y si me quedo atrapada aquí... para siempre?
Las lágrimas se le agolparon en los ojos. Cuando desbordaron, rodaron en gruesos lagrimones hasta la barbilla y cayeron sobre la arena. Maldita fuera por haberse enamorado de un hombre que iba a casarse con otra.
El sol estaba saliendo. El magnífico orbe anaranjado se elevó por encima de la línea que separaba el mar del cielo. Y lo único que le esperaba a Liz en el horizonte era un día más de soledad.
Liz lloró sin contenerse. ¿Para qué iba a hacerlo? No había nadie allí a quien le importara. Estaba sola en una isla desierta, y nadie sabía dónde encontrarla. Nadie que quisiera hacerlo.
Así que Liz lloró, jadeando entre sollozos mientras su cuerpo temblaba y se estremecía. Golpeó la arena hasta que los puños se le pusieron rojos y le dolieron. Aulló, gimió y descargó su rabia a gritos hasta que no le quedaron más lágrimas.
Había esperado ver pasar algún barco durante la noche. Pasó horas reuniendo leña para el fuego. Incluso había trazado un enorme S.O.S. en la arena con ramas grandes, pensando que algún avión podría verlo. Pero no, pensó Liz, nadie vendría a rescatarla.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta. Nadie vendría porque nadie sabía que había desaparecido. Y aunque lo supieran, nadie... salvo Barb y sus hermanos... sabía dónde encontrarla.
Eso le dejaba dos opciones: aprender a sobrevivir allí, con la esperanza de que algún día alguien la encontrara, o intentar escapar por su cuenta. Tendría que averiguar cómo lograrlo, pero al menos era otra posibilidad.
La primera implicaba vivir sola en aquel lugar durante semanas, meses o quizá incluso años.
Escapar podría ser la solución, pero Liz era consciente de que también podría costarle la vida, dependiendo del clima, de dónde estuviera y de otros factores.
Haría los cálculos y determinaría qué opción era, estadísticamente, la más acertada.
Por ahora, necesitaba dos cosas: dormir y comer.
Liz se levantó y apagó el fuego. No tenía sentido dejarlo encendido, y no podía arriesgarse a que se extendiera.
—Hora de irse a dormir.
Tras sacudirse la arena de las espinillas y el trasero, subió arrastrando los pies por la playa y se encaminó despacio hacia la cabaña oculta entre la vegetación tropical.
Había varios cocos tirados en el suelo bajo una palmera grande. Liz cogió uno grande y marrón de camino a la cabaña. No tenía ni idea de cómo abrir aquella maldita cosa, pero ya se las apañaría.
Ya en la cabaña, dejó el coco sobre la mesa de la cocina y rebuscó en los armarios y cajones. No encontró más que cuchillos. ¿Serviría un cuchillo? Lo intentó, pero nada.
El estómago le gruñía y se le revolvía mientras las punzadas del hambre le atravesaban el vientre. Desesperada, Liz cogió el cuchillo y aporreó el coco, que siguió entero a pesar de los golpes.
Liz gritó de rabia y frustración. ¿Acaso estaba condenada a morir de hambre allí también?
Algo se encendió en su cabeza. ¿Una idea?
Liz cogió el coco, salió corriendo de la cabaña y buscó por los alrededores hasta encontrar un saliente de rocas. Encajó el coco entre dos piedras grandes y agarró otra más pequeña. Empezó a golpear el coco, que se resistía tercamente.
Liz volvió a gritar mientras daba vueltas en círculos, sin saber qué hacer.
La rabia le hervía por dentro... rabia por su situación, rencor hacia Barb y sus hermanos, y frustración porque el maldito coco no se abría.
Estaba agotada y hambrienta. Tenía la solución a su hambre delante de las narices, si tan solo pudiera abrirlo. Frustrada, Liz lanzó la piedra que tenía en la mano contra el coco con todas sus fuerzas. Impactó con un fuerte crujido y un chorro de agua de coco le salpicó.
Atónita, Liz se quedó mirando la pulpa blanca que asomaba. Luego saltó de alegría, soltó un grito de júbilo y fue a por su premio.
Ya en la cabaña, Liz vertió el agua de coco en una taza que encontró en el armario, procurando no derramar demasiado. Después raspó con cuidado la pulpa blanca de su cáscara y comió.
Después tocaba echarse una siesta antes de decidir qué hacer. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Con la mente, intentó enviar un mensaje telepático a Chad. Aunque Liz no sabía si esas cosas eran posibles, a estas alturas, intentarlo no le haría ningún daño.