TREINTA Y DOS
CHAD
Iba a tomar cartas en el asunto. No iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que ella apareciera o a que alguien por fin lo tomara en serio.
Sabía que Liz estaba en problemas. No era de las que desaparecían sin dar señales de vida. Y aunque estuviera enfadada, ya lo habría llamado. De algún modo le habría hecho saber que estaba bien.
Caminaba de un lado a otro en el salón, esperando a que llegara el detective privado al que había llamado. Había hecho todo lo posible por encontrarla, pero sin resultado. Necesitaba pasarle el trabajo a otra persona. Alguien con más recursos para dar con ella.
O al menos con su teléfono. Seguía sin tener ni idea de dónde estaba.
Oyó un golpe suave en la puerta principal y abrió para encontrarse con un hombre alto y bronceado en el umbral.
—Usted debe de ser el señor Lynx. Soy Evan, el investigador privado que contrató.
—Sí, gracias por venir —dijo, abriendo más la puerta para dejar pasar a Evan.
—Tiene una casa preciosa —comentó Evan, echando un vistazo a su alrededor.
Antes de que pudiera responder, oyó a Kinsley empezar a quejarse en el salón. Condujo a Evan por el pasillo.
—Gracias. ¿Consiguió localizar la señal de su móvil?
Cogió a Kinsley en brazos y la meció, con la esperanza de que eso los calmara a ambos. Era el único consuelo que le quedaba.
Evan asintió.
—Sí, localicé su teléfono. Usé un rastreador y acoté la zona a una calle. Oakview. ¿Le suena?
—Ahí está su antiguo apartamento. Lo revisé varias veces y no encontré nada.
Evan frunció el ceño.
—Pues según esto, su teléfono está allí ahora mismo.
Chad frunció el ceño. Había registrado el piso varias veces. Ella no estaba, ni tampoco su teléfono.
—Podemos pasarnos. Quizá haya vuelto.
Era poco probable. Liz no actuaba así. Habría vuelto con él.
Asintió y se puso a preparar a Kinsley para el coche. Evan lo siguió en su vehículo hasta el piso de Liz.
Entraron y Evan recorrió el salón con la mirada, observando el espacio vacío.
Evan se detuvo junto a la mesa de centro y se volvió. Levantó el teléfono.
Chad lo miró confundido, fijándose en la funda azul claro.
—Es el de Liz.
Había estado allí antes y el teléfono no estaba. Se le revolvió el estómago aún más.
—He estado aquí antes y no estaba. Alguien lo ha puesto ahí.
Evan no pareció sorprenderse.
Se pasó las manos por el pelo y respiró hondo. Barb estaba detrás de todo esto. Le había hecho algo a Liz.
Evan inspeccionó el apartamento mientras Chad iba de un lado a otro. Ya lo había revisado todo y el piso estaba intacto. Pero el teléfono lo sacaba de quicio. Alguien había estado allí hacía poco.
Llamó a los padres de Liz una vez más. Contestó su padre.
—Residencia Patterson.
—¿Ha pasado Liz por casa, por casualidad? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Su padre respondió con tono apesadumbrado.
—No, Chad. No hemos sabido nada de ella. Tuve que contárselo a su madre porque no es normal que no la llame cada dos días. Estamos muy preocupados los dos. Por favor, dime que tienes buenas noticias.
Evan entró en la habitación negando con la cabeza.
—El piso está limpio. No hay señales de forcejeo.
Se le cayó el alma a los pies.
—No —dijo, negando con la cabeza—. No las tengo.
De vuelta en casa, él y Evan se sentaron a la mesa del comedor. Evan le había estado haciendo preguntas y anotándolo todo. Chad sentía que no avanzaban nada.
—Entonces, esta Barb —dijo, tamborileando con el bolígrafo en la mesa—. ¿Tiene hermanos?
Chad asintió.
—Sí, dos.
Evan volvió a asentir.
—Y usted cree que están implicados.
—Lo sé con toda certeza —dijo con voz firme—. Liz no se iría así como así. Sus padres están muertos de preocupación. No se ha puesto en contacto conmigo. Dios, jamás dejaría el móvil en su piso, y el otro día cuando pasé no estaba.
Sabía que parecía un loco, y quizá a estas alturas lo estuviera. Pero tenía razón.
Evan consultó sus notas y volvió a mirarlo.
—Ya me había hablado de Barb y sus hermanos, así que los investigué. Ella tiene un historial limpio, lo cual no me sorprende, pero sus hermanos... —resopló—. Eso ya es otra historia. Investigaré al resto de la familia de Barb.
Se le relajaron los hombros. Evan le creía. Por fin alguien le creía.
—Empezaré a vigilarlos a ver qué pasa. Averiguaré lo que pueda y le mantendré informado.
Chad asintió, intentando asimilarlo todo.
—Mientras tanto, avíseme si se entera de algo o si ella llama.
Asintió y acompañó a Evan hasta la puerta. Volvió junto a Kinsley, la cogió en brazos y le besó la coronilla.
Echaba de menos a Liz. Echaba de menos tenerla entre sus brazos, su olor. Echaba de menos oír su risa y poder hablar con ella. Y echaba de menos su conexión. Eran compañeros destinados, sin duda. Su pantera estaba totalmente de acuerdo.
Sentía que seguía viva. Eso al menos lo sabía. Lo que no sabía era dónde estaba ni si se encontraba bien.
Le hervía la sangre. Quería atar cabos de una vez para poder traer a Liz a casa.
Quería casarse con ella y sentar cabeza. Quería decirle que la amaba y que nunca la dejaría escapar. Solo necesitaba que volviera a casa.