Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) TREINTA Y UNO
53%

TREINTA Y UNO

LIZ

Se despertó a la mañana siguiente con el canto de los pájaros. Hizo una mueca y se obligó a abrir los ojos. Parpadeó, confundida.

Nunca había visto ese techo. Se dio la vuelta y observó la cabaña. Los recuerdos de los últimos dos días la asaltaron de golpe, y abrió los ojos de par en par.

La habían secuestrado, arrastrado a un avión y abandonado sola en la isla. No tenía a nadie. Se incorporó y miró a su alrededor. Todo seguía igual que la noche anterior, y se le encogió el estómago.

Se levantó y se puso a registrar la cabaña. Debajo de la cama había una caja; la sacó de un tirón. Dentro encontró hilo y unas tijeras pequeñas. Necesitaba concentrarse.

«Tienes que encontrar a alguien que te ayude. Estás sola ahora mismo, pero eso no tiene por qué durar. En cuanto encuentres a otra persona, podrá ayudarte».

Salió con el hilo y miró a su alrededor. Había explorado toda la playa el día anterior, así que sabía que esa zona estaba despejada. Necesitaba adentrarse más en el bosque y revisar los alrededores.

Subió por el camino y encontró el arroyo donde se había detenido el día anterior. Miró a su alrededor y ató un trozo de hilo a la rama de un árbol. El color era lo bastante llamativo como para verlo desde lejos.

Se adentró en el bosque a paso más lento, asegurándose de no dejar nada sin revisar. Necesitaba encontrar comida, y también personas.

El estómago le gruñó mientras caminaba. Se detuvo al encontrar otra cabaña y echó a correr hacia ella, gritando.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? No quiero asustar a nadie, pero no tengo ni idea de dónde estoy.

Se detuvo en seco frente a la entrada. La puerta colgaba de las bisagras y las ventanas estaban destrozadas. Se le cayó el alma a los pies.

Dio un paso adelante y empujó la puerta, que crujió al abrirse. Miró dentro. La cabaña estaba vacía. Había una cama pequeña en un rincón y algo de leña apilada al lado. Parecía abandonada desde hacía mucho tiempo.

El polvo lo cubría todo, y junto a una de las ventanas rotas tintineaba un pequeño carillón.

Revisó la pequeña estantería sin encontrar nada útil. Dio con una botella de agua y se propuso llenarla cuando pasara por el arroyo.

Salió de la cabaña y continuó su búsqueda.

Se topó con botes rotos y un pequeño río.

Encontró rastros de animales salvajes y llegó a un claro.

Iba atando hilo a medida que avanzaba; necesitaba explorar toda la isla.

Le dolían las piernas. No tenía ni idea de cuánto había recorrido ni de cuánto le quedaba por delante.

Cuanto más avanzaba, más se desvanecían sus esperanzas. ¿Y si estaba sola en la isla? Ese pensamiento la aterraba. Si estaba sola, no habría nadie que la ayudara. Nadie con quien hablar, nadie que le dijera que todo iba a salir bien.

Se detuvo y rompió a llorar. Echaba de menos a Chad. Echaba de menos a Kinsley. Echaba de menos la felicidad que los rodeaba.

Se secó los ojos y sacudió la cabeza.

—Basta. Se acabó. Llorar no va a resolver nada.

Irguió la espalda y siguió adelante hasta que llegó al camino donde el hilo ondeaba en un árbol. Los hombros se le cayeron.

Había explorado toda la isla y estaba completamente aislada. Aparte de la cabaña y los botes abandonados, no había rastro de vida humana.

Alzó la vista hacia el cielo, donde la luz menguante y los colores del atardecer pintaban el horizonte. El día tocaba a su fin. Era hora de volver a la cabaña.

Esa mañana, antes de salir, había conseguido poner una trampa con un cordel que encontró en la cabaña. Cruzaba los dedos con la esperanza de atrapar algo que comer.

Al llegar a la cabaña, oyó unos chillidos. Se abrió paso entre el follaje y descubrió un ave parecida a un pato; parecía haber sido atacada por un animal más grande, pero había logrado escapar con vida. Yacía sobre un montón de hojas y, de pronto, enmudeció.

Liz la observó un momento y se dio cuenta de que el ave había dejado de respirar. ¿Era la manera que tenía el universo de darle de comer? Levantó el ave con cuidado; el cuerpo estaba completamente inerte. Tragó saliva mientras sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Gracias por tu sacrificio —le susurró al ave.

Echó leña a la estufa y desplumó el ave. La cocinó y se preparó una comida decente. Mientras comía unas bayas, pensó en un plan para el día siguiente.

Si estaba sola, no podía contar con que apareciera alguien para ayudarla. Tenía que llamar la atención de alguien desde fuera de la isla.

Echó más leña a la estufa. Revisó la cabaña una vez más sin encontrar nada útil. Era evidente que había sido el lugar de vacaciones de alguien. Agotada, se desplomó en la cama y se quedó dormida.

A la mañana siguiente bajó a la playa y arrastró madera hasta formar una gran pila. Sabía que, si la hacía bastante grande, algún barco podría verla desde lejos.

Cogió una cerilla de la cabaña y prendió fuego a la madera. Luego añadió hojas secas y hierba para que el humo fuera más espeso.

Cuando el fuego creció, retrocedió y se quedó observándolo. Miró hacia el océano abierto y suspiró.

—Por favor, que alguien lo vea —susurró con las manos juntas—. Que alguien lo vea.