VEINTINUEVE
LIZ
Examinó la pequeña cabaña, asimilándolo todo. Había una estufa pequeña con una pila de leña al lado. Una cama de aspecto mugriento y una manta remendada. En la esquina, una mesita acumulaba polvo.
Había dos ventanas, ambas pequeñas y cubiertas de mugre. Las paredes estaban vacías y no había ningún arma que pudiera usar. Nada útil.
Buscó un teléfono, pero, por supuesto, no iba a haber ninguno en la cabaña. Miró la puerta y tiró de ella. Se sorprendió al descubrir que no estaba cerrada con llave.
La abrió y salió. Se oía el agua y el canto de los pájaros. El viento soplaba y agitaba los árboles; ella se estremeció. Tragó saliva, sin tener ni idea de dónde estaba.
«Vale, mantén la calma. Solo tienes que echar un vistazo. Puedes salir de este lío».
Vio el camino por el que se había ido el todoterreno y empezó a seguirlo. Si caminaba lo suficiente, probablemente se encontraría con alguien. Tenía que haber gente cerca con un teléfono que pudiera prestarle.
—Mantén la calma —se recordó a sí misma.
De lo contrario, iba a entrar en pánico, y no podía permitírselo. Quien se dejaba llevar por el pánico no pensaba con claridad.
Siguió adelante por el camino, que serpenteaba varias veces. Sintió que el corazón se le subía a la garganta.
«¿Y si no salgo nunca de aquí? ¿Y si paso aquí el resto de mi vida?».
Estaba empezando a perder los nervios. No podía evitarlo.
Empezó a caminar más rápido, luego a trotar, y acabó corriendo.
Su mente obligaba a sus piernas a avanzar.
El sonido del agua se hacía cada vez más fuerte.
Atravesó la vegetación y se detuvo en seco.
Se quedó boquiabierta contemplando el océano.
El estruendo de las olas le retumbaba en la cabeza como un martillo neumático.
Miró a la izquierda y luego a la derecha: solo veía playa.
—¿Hola? —gritó mientras se adentraba en la arena—. ¿Hay alguien? Necesito ayuda.
Solo le respondió el silencio.
Echó a andar hacia la izquierda. Tenía que haber al menos otra persona por allí. Solo necesitaba seguir caminando.
Alzó la vista al cielo para ver el sol. Aún tenía tiempo, pero el día se acababa. No tenía horas que perder.
Mientras caminaba, pensó en Kinsley. ¿Habría llegado Chad a casa y se habría dado cuenta de que no estaba? ¿Habría echado a Barb?
¿O se estaría creyendo las mentiras que ella le contaba? ¿Se le estaría echando encima para seducirlo? ¿Estaría él pasando página y acostándose con ella?
Sacudió la cabeza, odiando el rumbo que tomaban sus pensamientos. No quería imaginarse a Barb y Chad juntos, no después de la noche que habían pasado ellos dos. Chad se preocupaba por ella. No iba a creerle a Barb.
Siguió caminando; le dolían las piernas. Se le secó la boca y tuvo que detenerse un par de veces para recuperar el aliento. Sentía que llevaba horas caminando. No se había encontrado con nada. Ni una casita, ni una comunidad. Era como si estuviera completamente sola.
Siguió caminando y se dio cuenta de que la tierra se curvaba a medida que avanzaba. No le gustaba nada. Tenía la sensación de estar dando vueltas en círculo.
—¿Hay alguien por aquí? ¿Hola? De verdad necesito que alguien me ayude.
Nadie respondió a sus llamadas.
Se detuvo al llegar a un claro con un camino. Abrió los ojos de par en par al darse cuenta de que estaba en el mismo lugar donde había empezado a buscar. Había dado la vuelta a toda la… isla.
—Mierda —susurró.
Se giró hacia el océano.
No tenía ni idea de lo lejos que estaba de tierra firme. Ni de cuánto habían tardado en llevarla hasta allí. Ni siquiera de dónde se encontraba.
El sol empezaba a ponerse, y tenía hambre y sed. Estaba mentalmente agotada y la adrenalina empezaba a abandonarla. Funcionaba con las últimas reservas.
Se pasó las manos por el pelo y miró hacia el interior de la isla. Tenía que serenarse.
—Muy bien, muy bien… —suspiró—. Estás sola en una isla. Puedes con esto. Lo primero es agua y algo de comer.
Volvió a subir por el camino hasta que oyó un arroyo.
Se detuvo junto a él y se aseguró de que el agua estuviera limpia.
Bebió unos cuantos tragos con las manos, se permitió descansar un momento, cerró los ojos y escuchó la brisa entre los árboles.
Había pájaros que alzaban el vuelo y animales por los alrededores.
Abrió los ojos y miró hacia arriba. El sol se estaba poniendo y necesitaba resguardarse de la intemperie, volver a la cabaña para entrar en calor y dormir un poco. Al día siguiente podría empezar con la mente despejada.
Se detuvo junto a unos arbustos del camino que sabía que tenían bayas comestibles.
Por fin llegó a la cabaña, entró y echó leña a la estufa. Para su sorpresa, prendió. Al menos no iba a congelarse.
Se sentó en la entrada unos momentos, contemplando cómo el cielo estallaba en colores antes de oscurecerse. Juntó las manos, odiando la oscuridad que se cernía.
Solo tenía la luz del fuego para alumbrarse, y echaba de menos a Chad. Le brotaron las lágrimas, pero las contuvo enseguida. Chad seguramente la estaba buscando. Solo tenía que mantenerse viva hasta que la encontrara.
Se arrastró hasta la cama y se tapó con la pequeña manta. Se quedó mirando fijamente la puerta.
—Mañana exploraré más la isla. Tiene que haber al menos una persona aquí.