VEINTIOCHO
CHAD
Estaba furioso. Las fosas nasales se le ensancharon y cerró las manos en puños apretados. Sin embargo, Barb se quedó allí, sin borrar la sonrisa.
Estaba mintiendo. Era imposible que Liz lo estuviera dejando. No después de la conversación íntima que habían tenido la noche anterior. No después de hacer el amor así.
—Suelta a mi hija —gruñó en tono de advertencia.
Barb se quedó inmóvil, con los ojos ligeramente abiertos. Era evidente que no esperaba que él reaccionara así.
—Solo intento ayudar —dijo con voz suave. Contoneó las caderas mientras daba un paso hacia él—. He venido a ayudar. Solo quiero asegurarme de que Kinsley esté bien atendida.
—Suelta... a mi hija —dijo con voz severa—. ¡Ahora!
Barb se acercó a la cuna y dejó a Kinsley dentro. Él la observó mientras empezaba a arroparla con una manta, y fue hacia allí a grandes zancadas para retirarla con cuidado de la cama.
—Los bebés no deben tener nada en la cama. Podrían asfixiarse. Ahora aléjate.
Ella retrocedió un paso y dejó caer las manos a los costados. Lo miró con el ceño fruncido.
—Solo quiero ayudar, Chad. Ella se fue. Yo me quedé cuando ella salió.
Sin quitarle los ojos de encima, sacó el teléfono y marcó el número de Liz. Sonó unos segundos antes de saltar al buzón de voz.
Llamó tres veces, y las tres fue a parar al buzón de voz. Gruñó y apretó el teléfono con fuerza. Inspiró hondo, diciéndose que debía mantener la calma.
—Chad, déjame ayudar —dijo con suavidad—. Puedo cuidar a Kinsley si necesitas un momento. Puedo calentar algo de comer, o pedir que traigan comida.
Ella dio otro paso hacia él, y él retrocedió. No le gustaba la confianza que se tomaba.
Le gruñó.
—¿Puedes pedir comida para bebés? Toma biberón.
La mujer era tan maternal como un vestuario lleno de hombres. No pensaba dejarla acercarse a su hija. Y le estaba costando todo su autocontrol no acorralar a Barb contra la pared y exigirle respuestas. Sabía que ocultaba algo.
—Cállate —volvió a gruñir, mientras su pantera interior se agitaba cada vez más.
Volvió a llamar a Liz y se pasó una mano por el pelo. Empezó a caminar de un lado a otro; no le gustaba cómo estaba yendo aquello. Liz siempre contestaba el teléfono. Nunca lo tenía apagado.
—No me grites —dijo, poniendo cara de pena—. Solo estoy aquí porque Liz me llamó. Sacó mi número de tu teléfono. Dijo que necesitaba irse, y sabía que yo quería trabajar de niñera para ti.
—Eso es mentira —gruñó—. Llevas demasiado tiempo detrás de mí para que esto sea tan sencillo, Barb. No me trago esa historia en absoluto.
Ella se encogió ante sus palabras.
—No pienses que soy tan terrible. No soy ningún monstruo, Chad.
Volvió a entrecerrar los ojos.
—No sé qué has hecho, pero voy a averiguarlo.
Ella cruzó los brazos.
—La verdad es que necesitaba irse, y yo se lo ofrecí. Quizá deberías darme las gracias. Cuidé de tu hija cuando ella huyó.
Entrecerró los ojos, y Kinsley se echó a llorar. Se volvió, la sacó de la cuna y la tomó en brazos. Odiaba sentir a su pequeña tan tensa. Nunca estaba tan rígida, ni siquiera cuando iba a la guardería. No le gustaba nada.
Se volvió hacia Barb y habló con la voz más calmada que pudo.
—Vete de mi casa.
—Chad.
Dio un paso hacia él.
Él le lanzó un gruñido grave, y ella se detuvo. Tragó saliva y se humedeció los labios.
—De acuerdo. Llámame si necesitas algo. Tienes mi número.
Se dio la vuelta, pero se detuvo en el umbral. Pestañeó con coquetería, apoyándose en el marco.
—Siento que te haya dejado. Sé que es duro, pero quizá sea lo mejor.
Apretó la mandíbula mientras ella se daba la vuelta y salía de la habitación. Esperó un momento hasta que oyó abrirse y cerrarse la puerta principal. Besó a Kinsley en la coronilla.
Respiró hondo varias veces y volvió a llamar a Liz. Saltó directamente al buzón de voz.
Se marchaba. Metió algunas cosas en una bolsa para él y para Kinsley, y la abrochó en la sillita del coche. Condujo hasta la casa de Liz, que ella no había vendido. Entró y encontró todas las luces apagadas y el lugar vacío.
El corazón le dio un vuelco.
¿Dónde demonios podía estar? Liz no se habría ido. Y desde luego no habría dejado a Kinsley con Barb.
Las cosas no cuadraban, y no le gustaba lo que estaba viendo. Era un lío, y no conseguía encajar las piezas.
Fue a los demás sitios que sabía que Liz solía frecuentar. Todos estaban vacíos. El pánico empezaba a apoderarse de él, así que hizo lo que tenía que hacer: llamó a los padres de ella.
Contestó la madre de Liz.
—¿Diga?
—Señora Patterson, lamento llamar a estas horas. No consigo localizar a Liz y me preguntaba si habría ido a verles de urgencia.
Era la única explicación lógica que se le ocurría.
—No, no sé nada de Liz desde hace un par de días. ¿Has probado a llamarla al móvil?
—Sí —dijo, asintiendo—. La he llamado varias veces. Salta el buzón de voz.
La madre de Liz se quedó en silencio. Chad sabía que Liz le había dicho que su madre se preocupaba con facilidad, y lo último que quería era inquietarla.
—Seguro que no es nada, pero si te llama, ¿podrías avisarme?
—Por supuesto, cariño, ¿debería preocuparme?
—No —dijo, esperando resultar convincente—. Seguro que se le ha agotado la batería del móvil. Que pasen buena noche.
Colgó y respiró hondo. Miró a Kinsley y se le encogió el estómago. Por más que intentara convencerse, algo no estaba bien. Liz no abandonaría tan fácilmente a la niña que amaba. Había algo más detrás de todo aquello, y él iba a descubrirlo.