VEINTISIETE
LIZ
Liz se levantó del suelo. No podía creer la fuerza que Barb debía de tener para abrir la puerta principal de un empujón. La mujer permanecía en la entrada, fulminándola con la mirada. Liz irguió la espalda y entrecerró los ojos. Cruzó los brazos.
—Mientes —dijo, recorriendo a Barb con la mirada de arriba abajo—. Chad jamás haría eso. Ahora vete antes de que llame a la policía.
—¿Tan segura estás? —preguntó Barb con un deje burlón. Ladeó la cabeza—. Porque creo que conozco a Chad un poco mejor que tú. Chad nunca estuvo destinado a ser tuyo.
—Y nunca fue tuyo —replicó cortante—. Puede que fuera lo que tus padres querían, pero nunca lo conseguiste. Ahora, vete.
Iba a llamar a Chad. Tenía que saber que esa mujer estaba allí. Él le diría cómo lidiar con la situación.
Barb esbozó una sonrisa de suficiencia teñida de lástima.
—No podías ponérnoslo fácil, ¿verdad? Siempre tienes que ser tú el problema.
Barb suspiró y luego silbó. Todo el cuerpo de Liz se tensó al oír pasos que se acercaban por el pasillo. Ni siquiera había oído abrirse la puerta, lo que le hizo pensar que ya estaban dentro de la casa. ¿Era ese el ruido que había oído en la cocina?
Se giró y vio a dos hombres corpulentos entrar en el salón. El corazón le dio un vuelco y se le subió a la garganta. Miró a Barb.
La muy perra se mantenía firme, con esa sonrisa de zorra en los labios.
—Permíteme presentarte a mis hermanos, Barry y Baylor. Son bastante protectores con su hermana, y no les gusta que nada se interponga en mi felicidad. Entiende que esto no es nada personal.
Los tipos eran enormes, ambos con pinta de brutos. Tragó saliva. Sabía que no había nada que pudiera hacer para escapar. No podía con ellos, y no iba a ser lo bastante rápida.
El pánico se apoderó de ella y recurrió a la única opción que le quedaba.
—Kinsley necesita que alguien la cuide.
Barb ya se dirigía hacia la bebé, que desde el suelo observaba la escena como si entendiera lo que estaba pasando.
—No te preocupes. Soy más que capaz de cuidarla. Al fin y al cabo, seré su madre en su momento. Nos vendrá bien para estrechar lazos.
A Liz se le revolvió el estómago. Intentó abalanzarse hacia Kinsley, pero los hermanos la sujetaron por los brazos.
—Encargaos de esto —dijo Barb con un gesto desdeñoso de la mano—. No quiero que asustéis a la niña.
Abrió la boca para gritar, pero una mano se la tapó. La estamparon contra la pared y le inmovilizaron los brazos a la espalda. Le ataron las muñecas. Se retorció, intentando soltarse.
Le ataron las piernas y se desplomó, viendo cómo Barb cogía a Kinsley en brazos. La ira le hervía por dentro. Quería degollar a esa mujer.
Kinsley berreaba a pleno pulmón, pero a Barb no parecía afectarle lo más mínimo. Estaba en su propio mundo.
—Shh, tranquila, cariño, mami ya está aquí.
Liz forcejeó con todas sus fuerzas, y la mano que le tapaba la boca resbaló. Gritó, pero enseguida le embutieron un trapo en la boca y se la sellaron con cinta adhesiva.
El pánico la invadió, sin saber qué le deparaba el futuro. ¿Qué iba a hacerle Barb? ¿Volvería a ver a Kinsley?
—Ahora deshaceos de ella —dijo Barb sin dignarse a mirarlos—. Y no la caguéis como la última vez.
La levantaron en volandas y la echaron sobre el hombro de uno de ellos. El bruto se dio la vuelta y salió a toda prisa por el pasillo hacia la puerta de la cocina. Liz se retorció, intentando soltarse.
Oyó a Barb cantar mientras se la llevaban, y la puerta se cerró de un portazo, dejando a Kinsley con aquella mujer.
Quería suplicar. Quería decirles que tenía que quedarse. Kinsley la necesitaba. Habría mentido diciendo que necesitaba medicinas, pero le tenían la boca sellada. La tiraron al maletero de un coche, y uno de los hermanos sacó una venda y se la ató sobre los ojos. Forcejeó con más fuerza.
La tapa se cerró de golpe y el corazón le martilleaba en los oídos. Intentó pensar en alguna forma de liberarse. Seguramente no había nada a su alrededor. Ni siquiera podía mover los dedos.
El coche arrancó y dio un tirón hacia delante que la estampó contra la pared del maletero. Gruñó e intentó mantener la calma, pero era difícil. No sabía cuánto tiempo llevaban conduciendo, pero se detuvieron de pronto y oyó abrirse la puerta. La sacaron de un tirón y pudo oír motores rugiendo.
La echaron sobre un hombro de nuevo, y un minuto después la tiraron al suelo sin contemplaciones. Intentó tantear a su alrededor, pero antes de que se diera cuenta, estaban en movimiento. Notó que el estómago se le encogía al sentir que despegaban. Estaban en un avión.
Lloró, angustiada por Kinsley. Por Chad. Por cómo iba a acabar todo aquello. Al cabo de un rato, el avión aterrizó, y una vez más la levantaron en volandas y la metieron en un vehículo.
Cuando el vehículo se detuvo, la sacaron. Oyó el crujido de hojas bajo los pies y le llegó el olor a bosque. Una puerta chirrió al abrirse y la tiraron al suelo. Gruñó cuando el dolor le recorrió el cuerpo.
Le aflojaron las ataduras y la puerta se cerró de un portazo. Por fin pudo moverse. Se quitó la venda de los ojos y miró a su alrededor.
Estaba en una cabaña diminuta con una ventana minúscula. Se levantó de un salto y corrió hacia el cristal. Limpió la mugre con la mano y se asomó para ver el exterior.
Estaba en medio de la nada. Vio un todoterreno que se alejaba levantando una nube de polvo.