Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) VEINTISÉIS
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VEINTISÉIS

CHAD

Liz es la indicada. Vale, puede que le hubiera costado un tiempo aclararse... convencerse... pero ahora no había estado más seguro de nada en su vida. Quizá fuera humana, pero también era su compañera predestinada. Por supuesto, sus padres se enfadarían, pero tendrían que hacerse a la idea.

Chad paró en el supermercado. Los compradores pasaban a su lado empujando carritos o cargando bolsas.

Algunos prestaban más atención a sus móviles que al mundo a su alrededor.

Una mujer casi chocó con él y siguió adelante sin mediar palabra ni disculpa.

«Qué maleducada», pensó mientras negaba con la cabeza.

Daba igual. No iba a permitir que nadie le arruinara la alegría.

Pizza, pensó Chad, buena opción para cenar esta noche. Pero ¿qué ingredientes le gustarían a Liz? Pepperoni y queso siempre eran apuestas seguras. ¿Fresca o congelada? Se decidió por la primera, fue al mostrador de panadería y pidió.

Veinte minutos después, salió con una pizza humeante y una botella de dos litros de cola en una mano. Esperaba que a Liz le gustara el pepperoni. Olía de maravilla.

De camino a casa, se detuvo en un semáforo a esperar el verde. Entonces, al otro lado de la calle, vio la joyería Jacobsen.

Chad se preguntó qué tipo de anillo sería mejor para Liz. Uno ya hecho sería rápido y fácil, pero uno personalizado sería único. Liz era única. Hmm, pues único sería. Concertaría una cita con el joyero para encontrar el engaste y las piedras perfectos para deslumbrar a Liz.

Chad silbó una melodía alegre durante el resto del camino a casa.

¿Debería contarle a Liz su plan para ver cómo reaccionaba? La idea le hizo soltar una risita. Seguro que se sorprendería, puede que hasta se quedara incrédula. Pero, por otro lado, podría merecer la pena. Eso sí, esperaría a que el anillo estuviera listo antes de pedirle matrimonio.

La casa estaba en penumbra cuando entró, salvo por las luces de la cocina y el pasillo. Liz debía de estar en la habitación del bebé con Kinsley. Dejó la pizza y la cola en la mesa y fue hacia el pasillo.

Una suave nana llegaba desde la habitación del bebé. Chad sonrió. Liz le estaba cantando a Kinsley. Le encantaba verlas juntas y cómo Kinsley miraba a Liz, pendiente de cada palabra y sílaba que brotaba de sus labios.

Quería grabarlo. Sería genial ponerlo en la recepción de su boda después de brindar por su novia.

Chad sacó el móvil y buscó entre las aplicaciones hasta encontrar la grabadora de voz. Entonces, acercándose sigilosamente a la puerta, se asomó al interior con el teléfono en alto para capturar la hermosa voz de Liz... pero no era a Liz a quien estaba escuchando.

La sonrisa de Chad se borró y su sangre se convirtió en lava que burbujeaba y hervía como fango en sus venas mientras miraba fijamente, porque no era Liz quien tenía delante, sino Barb.

—Hola, cariño —Barb sonrió de oreja a oreja mientras bailaba despacio por la habitación antes de dejar a Kinsley en la cuna—. Bienvenido a casa. Te estábamos esperando.

—¿Qué coño haces aquí? —exigió Chad—. ¿Y dónde está Liz?

—¿La niñera? —dijo Barb. Una sonrisa siniestra le cruzó el rostro—. Yo que tú no me preocuparía por ella.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué hiciste? —preguntó Chad.

Barb se encogió de hombros.

—Supongo que decidió dejarlo y me llamó para que viniera a cuidar de Kinsley hasta que llegaras —dijo Barb con una sonrisa—. Dijo que sabía que yo había querido ser la niñera primero, así que ahora es mi oportunidad.

Chad fulminó a Barb con la mirada mientras su pantera interior rugía por salir. La mujer parecía demasiado satisfecha consigo misma, y algo en su historia no le cuadraba. Liz jamás habría dejado a Kinsley así. Adoraba a la pequeña.

Aquí había gato encerrado, y la mejor manera de descubrirlo era ir directamente a la fuente... averiguar la verdad. Llamaría a Liz para escuchar su versión. Estaba dispuesto a apostar a que su historia difería bastante de la de Barb.

Barb diría o haría cualquier cosa por su propio beneficio. Esa era en parte la razón por la que nunca harían buena pareja. No entendía por qué sus padres no lo veían, pero sospechaba que Barb solo les mostraba lo que sabía que querían ver.

Chad salió al pasillo, alejándose de la habitación del bebé. No quería despertar a Kinsley.

Pulsó la pantalla y se apresuró a detener la grabación. Luego borró el archivo. Quería escuchar la voz de Liz, no la de Barb. Amaba a Liz. Barb... que le dieran, por lo que a él respectaba.

—Tengo que admitir que Kinsley es un ángel —dijo Barb, acercándose a Chad por detrás. Le pasó la mano por la espalda y le acarició la nalga.

Chad se giró en seco y le apartó el brazo de un manotazo.

—No me toques.

Barb chasqueó la lengua, luego se lamió el labio superior mientras se colocaba frente a Chad.

—Chad, cariño, tócame —Barb sacó pecho—. Sé que me deseas.

—No. Vete a casa, Barb.

—Somos compañeros predestinados. Deberíamos estar planeando nuestra boda, no discutiendo. Aunque...

Se acercó a él con sigilo, tanto que Chad podía oler su perfume y sentir el calor de su cuerpo.

—Hacer las paces es la mejor parte de las peleas. ¿Quieres que hagamos las paces? —lo provocó Barb.

—¡Vete a follar con otro! Nunca seremos compañeros porque tú y yo no estamos predestinados y nunca lo estaremos.

Sus palabras fueron duras y dejó que su ira estallara, pero le daba igual. Barb no debería estar allí. Y peor aún, se preguntaba qué le habría dicho realmente Barb a Liz para que esta se marchara.

La idea lo golpeó como un rayo, y un escalofrío electrizante le recorrió el cuerpo con fuerza.

¿Y si Liz nunca regresaba? ¿Y si se había ido de su vida para siempre por culpa de Barb?