Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) VEINTE
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VEINTE

CHAD

Estaba en las nubes, eufórico. Su pantera disfrutaba de poder salir y correr a toda velocidad. Le encantaba escaparse sabiendo que Kinsley quedaba en buenas manos.

Se había despertado de un humor excelente tras la noche anterior. Liz era increíble, y sentía una conexión muy fuerte con ella. Ojalá se hubieran conocido antes.

Aún podía oír sus gemidos mientras la hacía suya, y todavía podía saborearla. Quería volver a tenerla esa mañana, pero tuvo que contenerse: tenía una reunión a la que no podía faltar.

Soñaba despierto con ella mientras corría. Podía imaginarse un futuro junto a Liz y Kinsley. Los veía a todos felices, viviendo en la casa. Deseaba pasar más tiempo con ella, y quizá podrían llegar a ser algo más que empleador y niñera.

No solía pensar en el futuro. No había creído que fuera posible después de la llegada de Kinsley. Su mundo se había sumido en el caos, y nunca pensó que volvería a encontrar el equilibrio.

No podía pensar en nada más allá de Kinsley y el trabajo. Ni quería hacerlo.

Y sin embargo, ahí estaba. Había encontrado un equilibrio con Liz y veía un futuro en el que podrían estar juntos.

Aceleró el paso al oír a alguien pisándole los talones. Supo de inmediato quién era, y su buen humor estaba a punto de esfumarse.

Era Barb, que lo seguía otra vez. Últimamente lo hacía cada vez más, y empezaba a sacarlo de quicio. Él salía a correr precisamente para tener paz y tranquilidad.

Creía haberlo dejado claro las últimas cien veces, pero ella simplemente no lo entendía. Se detuvo junto a un arroyo y la oyó acercarse.

Ella emergió de las sombras y él la fulminó con la mirada. Ella, sin embargo, parecía contenta.

—Buenas noches —dijo en su forma de pantera—. ¿Dando un paseo?

—Déjame en paz —gruñó, enseñándole los dientes. Estaba harto de cruzarse con ella cada vez que salía.

Sabía perfectamente por qué lo hacía. Quería verlo y enterarse de qué pasaba en su vida.

Ella caminó junto al arroyo.

—Vamos, no hace falta ser tan borde.

—Barb, de verdad que estás empezando a ponerme de los nervios.

Ella pateó una piedra, y él la observó con atención. Odiaba que se le acercara así, como si lo estuviera acechando.

Bueno, de hecho lo estaba. Aparecía en todos los sitios a los que él iba.

—Sabes que no me gusta ver a otra mujer cerca de ti —entrecerró los ojos—. Ni que se acueste contigo.

Él frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Ni lo intentes —espetó, bajando la voz—. Sé que te acostaste con ella. Puedo oler a esa zorra en ti.

Mierda.

Quería repetirle una vez más que no estaba interesado en ella. Pero no creía que sirviera de nada. Ya se lo había dicho de todas las formas posibles.

Ella estaba obsesionada con la idea de que estaban destinados a estar juntos. Sabía que tarde o temprano se cansaría de que él no le correspondiera y pasaría página.

—No es asunto tuyo con quién esté, Barb —retrocedió, dispuesto a volver a casa.

Barb se interpuso en su camino, entrecerrando los ojos.

—Eres idiota. ¿De verdad crees que puedes estar con una humana? Apenas sabe cuidar de tu hija, y mucho menos satisfacerte.

Quería decirle que Liz lo satisfacía de sobra, pero se lo calló. No tenía sentido echar más leña al fuego.

—Entiendo que estés celosa, pero no te pertenezco —gruñó, dando un paso hacia ella.

Barb retrocedió un paso, visiblemente dolida por sus palabras.

—Aléjate de mí, Barb. La próxima vez no seré tan amable.

Pasó junto a ella, y esta vez Barb se apartó. Emprendió el camino de vuelta a casa con el ánimo por los suelos. Intentó sacudirse el mal humor porque, cuando llegara, vería a Liz, y ella conseguiría animarlo. Con solo mirarla, hasta los peores días parecían mejores.

Llegó a casa y volvió a vestirse. Entró por la puerta trasera y recorrió el pasillo hacia el salón. Frunció el ceño al encontrar las luces apagadas y la casa en silencio.

Recorrió el pasillo y se detuvo en la habitación de la niña. Kinsley dormía profundamente en su cuna con la máquina de ruido blanco encendida.

Siguió por el pasillo hasta la habitación de Liz. La puerta estaba cerrada y la luz apagada. Se le cayeron los hombros.

Se había acostado. Sacó el móvil y miró la hora. Eran poco más de las nueve. Liz solía quedarse despierta hasta más tarde, pero quizá Kinsley había estado especialmente revoltosa ese día.

Quería hablar con ella, preguntarle qué tal le había ido el día, pero estaba agotado. Tras la larga reunión y la jornada de trabajo, ya estaba al límite. Y el encontronazo con Barb lo había rematado: solo necesitaba dormir.

Se fue a su habitación y se dio una ducha caliente. Dejó que el calor le relajara los músculos mientras pensaba en Liz.

Ya hablaría con ella por la mañana.

Tras la ducha, se metió en la cama. Suspiró, con la esperanza de que el día siguiente fuera mejor.