Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) DIECINUEVE
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DIECINUEVE

LIZ

Había caído rendida desde la noche anterior. Toda la mañana pensó en Chad, recordando la sensación de su lengua contra su piel. No podía recordar cuántas veces la había hecho acabar.

Se sonrojó al darse cuenta de que no estaba prestando atención a Kinsley. La niña estaba sentada en el suelo con sus juguetes, riéndose con ellos.

Liz estaba doblando algo de ropa y tenía el desayuno en el horno. Sentía que todo estaba exactamente como debía ser.

Estaba deseando tener un buen día. Lo presentía con toda certeza. Chad y ella eran algo ahora.

Fue a la cocina a prepararle un biberón a Kinsley cuando oyó a Chad acercarse por el pasillo. Bostezó ruidosamente y se detuvo junto a Kinsley.

—Buenos días, mi niña preciosa —le arrulló.

Se le derritió el corazón, esperando que él también le dijera algo dulce. Pero entonces, pensándolo bien, ¿qué eran ellos? ¿Habían puesto nombre a lo suyo? Claro, se habían acostado juntos, pero eso no necesariamente significaba nada.

Chad tomó a Kinsley en brazos y le dio un beso en la frente. La niña se rio a carcajadas, mirando a Chad como si fuera su mundo entero. A Liz se le calentó el corazón.

Tragó saliva, apartó la mirada y sacó la comida del horno. Cogió unos platos y se giró justo cuando Chad entraba en la cocina. Le dedicó una sonrisa.

—Buenos días. ¿Has dormido bien?

Él asintió mientras encendía la cafetera.

—He dormido muy bien. ¿Y tú qué tal?

—Bien —dijo ella, con un ligero rubor en el rostro.

Él asintió, cogió una taza y suspiró.

—Debería llegar pronto a casa esta noche. No creo que tenga mucho que hacer.

Ella sonrió. ¿Así que iba a estar en casa esa tarde? Eso significaba que tendrían tiempo para hablar.

—¿Ah, sí? Qué bien.

Él se giró y miró la comida.

—¿Te importa ponerme un poco en un táper? Tengo una reunión esta mañana.

Se le cayó el alma a los pies. Asintió mientras él se daba la vuelta.

—Voy a ducharme rápido. Gracias por preparar el desayuno.

Ella frunció el ceño mientras lo veía alejarse.

No es que esperara que él se la echara al hombro y la arrastrara de vuelta al dormitorio, pero sí que hubiera mencionado algo. Quizá preguntarle si había quedado satisfecha.

Apartó ese pensamiento. Solo estaba actuando con normalidad, y no había nada malo en eso. No habían hablado de lo que eran ni de lo que querían ser. Era normal que se comportara así.

Además, tenía una reunión, y seguro que estaba pensando en eso. Lo había visto trabajar y sabía cómo era. Esto era normal.

Le preparó el desayuno para llevar y se sirvió una taza de café. Comió y estaba sacándole los gases a Kinsley cuando él volvió a entrar en la cocina.

Lo recorrió con la mirada, deseando desnudarlo. Ahora que sabía lo que había debajo, sonrió para sus adentros como si fuera su pequeño secreto.

Él cogió su maletín.

—Nos vemos luego.

Antes de que ella pudiera decir nada, ya había salido por la puerta.

Se mantuvo ocupada con la colada y cuidando de Kinsley. La sacó a que le diera el aire y se puso a leer un libro. Estaba empezando a preparar la cena cuando Chad llegó a casa.

Llevaba una blusa bonita y vaporosa y unos vaqueros ajustados para llamar su atención. Incluso se había arreglado bien el pelo, esperando que eso le hiciera pararse a mirarla.

Entró en casa y le dio un beso a Kinsley. La niña se rio encantada.

—La cena estará lista en unos minutos —dijo ella con su mejor sonrisa.

Él frunció el ceño.

—Mierda. Tengo que salir. Guárdame un poco.

Ella cerró los ojos y contó hasta diez mientras él se daba la vuelta y se iba por el pasillo. Apretó los puños. Quería ir tras él y gritarle.

Pero entonces oyó cerrarse la puerta de atrás y, en vez de eso, simplemente gritó:

—¡Ahhhh!

Kinsley se sobresaltó y la miró con los ojos como platos. Liz enseguida le dedicó una sonrisa.

—Lo siento, cariño. Tu padre me está volviendo loca.

Kinsley soltó una carcajada.

Se dio la vuelta y terminó la cena. Después de sentarse a comer sola, dejando que la rabia le fuera creciendo, tuvo suficiente. Necesitaba averiguar qué estaba pasando.

Cogió el móvil y empezó a buscar a Barb en internet. Necesitaba saber qué pasaba. Al fin y al cabo, ese hombre se la había comido la noche anterior. Eso no podía no significar nada, ¿no? Tenía que significar algo.

Revisó las redes sociales de Chad hasta que encontró a Barb. Abrió su perfil y empezó a mirar. Se le cayó el alma a los pies.

Chad estaba por todas partes. Había fotos de ellos juntos con un grupo de amigos. Mensajes en los que ella le mandaba emojis de corazones. Dejó de respirar cuando leyó el pie de foto de una publicación.

«Chad está a punto de pedírmelo. Va a ser cualquier día de estos. ¿Quién quiere ayudarme a organizar una boda?».

De repente no podía respirar mientras leía todos los comentarios. La gente decía que hacían una pareja increíble. Que estaban emocionadísimos. Deseando verlos juntos.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Chad iba a casarse con esa mujer.

Le entraron náuseas. Se llevó la mano al estómago al darse cuenta de que él había tenido la boca sobre ella la noche anterior cuando había otra mujer de por medio.

Iba a casarse con ella y se había acostado con Liz. Ella era la otra. Era con quien él había puesto los cuernos.

Las lágrimas empezaron a caer. No quería creer que Chad fuera esa clase de persona, pero ¿cómo no iba a creerlo? La prueba estaba delante de sus narices.

No sabía qué hacer. ¿Qué podía hacer?