Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Epílogo
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Epílogo

Cata

Diez años después

Si tú todavía no terminas de creerte que llevo diez años enteros de relación con el Innombrable, imagínate la cara que se me queda a mí cada vez que me paro a pensarlo.

Tampoco te voy a vender la moto diciéndote que esto ha sido un paseo idílico por el parque.

Me conoces de sobra y sabes por dónde cojea mi vida, así que lo nuestro ha estado lleno de caos, tropezones, discusiones absurdas y, sí, algún que otro golpe en la nariz.

No sé cómo aún no le he destrozado el tabique.

Tras rechazar la oferta de Estocolmo por quedarse conmigo, Fran aceptó el puesto de jefazo supremo que Killian Ward le ofreció una vez compró la empresa. Así que, para sorpresa de nadie, sigue siendo el mismo robot corporativo con el palo metido en el culo de siempre.

Ozzy sigue en la misma línea. Aunque ahora chochea un poco por los achaques de la edad, según mi chico, cada mañana se levanta más perro del demonio que el día anterior.

Ya sabes, los años te regalan esa maravillosa libertad de dejar de sentirte juzgado para terminar haciendo lo que te sale de los cojones; máxima de vida que compartimos el perro y yo.

Y yo… yo no he cambiado mucho. Al margen de ese pequeño lapsus mental que sufrí en su día cuando me dio por tener aquellas citas con Sean —con quien tengo una amistad preciosa y hasta el Innombrable le ha cogido cariño, por mucho que lo niegue—, sigo sin preocuparme por las opiniones ajenas.

Una tarea sencilla al tener un hombre a mi lado que no solo tolera mis locuras, sino que a veces hasta las incita.

Sí, si bien no ha dejado de ser un obseso del control de manual, le apasiona que yo sea el polo opuesto y le dé esa chispa que le falta a su rutina perfecta.

—¿Confirmaste que tu hermano traía el regalo? —La voz de Fran me sobresalta por encima de la canción de AC/DC que suena en la radio del coche.

—¿Qué?

—¿Has vuelto a hablar con tu amigo imaginario? Hacía tiempo que no te quedabas mirando al vacío con esa sonrisa conspiradora.

—Una década juntos y todavía te pillan de sorpresa mis taras.

—Creo que nunca voy a acostumbrarme y por eso sigo eligiendo tu caos todos los días.

Aparca unas casas antes de la de Leire y el aire fresco de la tarde nos recibe al bajarnos. La bolsa repleta de bebidas que lleva Fran tintinea a cada paso. Yo sostengo con ambas manos una bandeja cubierta de aperitivos caseros.

Después de que Emma nos abra con una sonrisa enorme, cruzamos el recibidor para dejar la carga sobre la encimera de la cocina mientras Paolo saca la carne de la nevera.

—¿Me echas un cable? —le pregunta a Fran.

Mi chico asiente, coge una bandeja y, antes de seguirlo, me rodea la cintura con el brazo libre y me planta un beso que me deja unos segundos descolocada.

Casi he terminado de meter todas las botellas en la nevera cuando Mara entra con un moño despeinado y luciendo tan adulta que me da un vuelco en el estómago.

—¡Cata! —me saluda con un abrazo—. Qué bien que ya estáis aquí.

—Hola, saltamontes. ¿Qué tal todo por la capital?

—Bien, bien.

No me compro su respuesta. Le agarro la mano y tiro de ella hasta meternos en el lavadero.

—A ver, bonita, ahora me respondes con la verdad por delante. —Cierro la puerta para conseguir privacidad—. ¿Qué te ocurre?

Se pasa una mano por la cara y resopla.

—Estoy un poco estresada con la boda. Vera me pidió que confirme si voy a ir con alguien.

—¿Y qué pasó con el chico ese de la productora con el que estabas saliendo?

—Resultó ser un idiota integral.

—¿Estás segura de que el drama viene por no tener pareja para el evento y no porque te aterra la idea de cruzarte con «él»?

Mara clava la mirada en las baldosas del suelo.

—Joder, no tendría que habértelo contado. —Aprieto los labios para no soltar una carcajada. Ella pone los ojos en blanco igual que cuando era adolescente—. Sí, me jode un poco tener que encontrármelo de nuevo.

—A veces lo único que se necesita para acabar con ese sentimiento fantasma que llevas a cuestas es ver a la persona de frente para poder pasar página de una vez por todas. O no pasarla. Mírame a mí.

Me fulmina con la mirada.

—Por favor, no compares. Lo tuyo con Fran no se parece en absoluto a lo que nos pasó a nosotros.

—No comparaba, pero seguro que te ayuda hablar las cosas ahora que los dos sois adultos, y así cierras ese capítulo, porque lo vuestro se quedó un poco en el aire.

—Nada se quedó en el aire. Él se fue a la otra punta del mapa y yo lo dejé. Así de simple, no hay más que rascar ahí.

—¡Mara! —el grito de Emma retumba al otro lado—. ¿Dónde has dejado los carteles que hicimos para colgarlos?

Le doy un abrazo.

—Si necesitas que quedemos un día antes de que te vuelvas a Madrid para charlar de esto con una botella de vino de por medio, sabes de sobra dónde encontrarme.

—Gracias, de verdad —murmura antes de abrir—. ¡Ya voy! Están arriba.

Termino de colocar las bebidas en la nevera y voy al salón, donde Isaac está subido a la escalera de tijera intentando nivelar la pancarta en el techo.

Aprovecho que el ángulo desde el sofá es perfecto para contemplar cómo los pantalones le enmarcan un culo de infarto mientras pelea con el celo.

Espectáculo que Blanca y Ana también disfrutan hasta que el sujeto en cuestión nos pilla con las manos en la masa y nos acusa de cosificarlo.

La fiesta es un éxito absoluto. La cara de Leire al cruzar el umbral y encontrarse con semejante despliegue no tiene precio. La comida está para repetir y la compañía no puede ser mejor. Entre risas, copas de vino que van y vienen y cotilleos, las horas se nos escapan sin darnos cuenta.

Héctor aparece desde la cocina con una tarta llena de bengalas y todo el mundo empieza a congregarse a su alrededor.

Fran tira de mí hasta pegar mi espalda contra su pecho. Apoyo la cabeza en su hombro y me relajo contra la persona que se ha convertido en mi refugio.

—¿Sabes que estamos a tiempo de escaparnos y destrozar algún mueble de esta casa? Todavía no hemos roto nada aquí —me susurra al oído.

Me giro entre sus brazos y le doy un toquecito en la barbilla con el dedo índice pintado del fucsia desconchado.

—Calla, que Ana me quiere encasquetar la factura del lavamanos y Blanca sigue pensando que la cómoda la rompió el gigante que tiene por perro.

—Podemos ser discretos esta vez.

—No me tientes. Para una vez que intento ser una adulta responsable.

Cuelo la mano entre nuestros cuerpos y la deslizo hasta rozar la dureza que se marca bajo el pantalón. Gruñe y clava los dedos en mi cadera.

—Ahora sí que no tienes escapatoria . —Pega los labios a la curva de mi cuello—. En cuanto Leire sople las velas, desaparecemos.

Con cada fiesta, el Feliz cumpleaños suena más desafinado. Ni bien mi amiga apaga el fuego de un tirón y la gente se agolpa para felicitarla, Francisco me atrapa por la muñeca y me secuestra.

Nos colamos en el lavadero. Cierra, pasa el pestillo y me levanta y me sienta sobre la lavadora de un solo movimiento. Se mete entre mis piernas, apoya las manos a los lados de mis caderas y se inclina para mirarme con la misma intensidad que en aquella Navidad.

—Joder, Catastrófica , me haces cometer cada locura.

—No niegues que te encanta. —Le acaricio la nuca, le regalo la sonrisa más traviesa de mi colección y lo atraigo hacia mí—. Gracias, Innombrable.

Disfruto del beso y, al separarme, el ceño fruncido con el que me mira me confirma que espera una explicación.

—Gracias por enseñarme que el amor no consistía en organizar el desastre, sino en dar con alguien dispuesto a bailar bajo mi caos.

La tensión de su rostro desaparece y tira de mí, eliminando la poca distancia que nos separa.

—Me pasé la vida obsesionado con tenerlo todo bajo control y resulta que el único lugar donde de verdad me siento en casa es en medio de tu tormenta —murmura—. Y pienso seguir bailando contigo hasta el último de nuestros días.

No me da margen para articular respuesta. Estrella su boca contra la mía y confirma mis dos sospechas: que no saldremos de aquí pronto y que la factura de la lavadora nueva de Leire va a correr por nuestra cuenta.