Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 1 Blanca
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Capítulo 1 Blanca

Blanca

—Solo dilo, Blanca. Di que no quieres tener hijos conmigo. Que no es una decisión de los dos, que es tuya, que yo firmé sin leer la letra pequeña.

Llevo diecisiete años casada con este hombre y aun así hoy no puedo con su tono. Ese tono que le ha pedido prestado a su madre para la ocasión.

—No sé de qué letra pequeña me hablas. Lo hablamos, Damián. Lo hablamos mil veces, antes de la boda, después de la boda, cada vez que alguien nos preguntaba cuándo. Tú estabas ahí. Los dos estábamos ahí.

—Eso fue hace como veinte años.

—¿Y crees que si no saqué el tema en todo este tiempo era porque había cambiado de opinión, pero quería darte una sorpresa?

Se pasa la mano por la cara para mostrarme lo mucho que está sufriendo. Me contengo para no poner los ojos en blanco.

—Marina va a tener una niña —dice, como si eso lo explicara todo—.

Y mi madre no ha dejado de llorar de la felicidad en toda la comida.

Y me ha preguntado, delante de todos, cuándo vamos nosotros a darle esa alegría.

Y yo no he sabido qué contestar, Blanca.

Me he quedado ahí sentado, como un idiota, sin saber qué decir.

—Podrías haber dicho la verdad. Que no queremos hijos. Que estamos bien así. Que tu madre puede llorar de felicidad con la niña de Marina sin que eso tenga nada que ver con nosotros.

—A lo mejor ya no estoy bien con eso.

Lo que iba a decir muere en mi garganta.

La claraboya —esa que insistí en poner hace tres años, calculando el ángulo exacto para que el sol de la tarde entrara sin deslumbrar— hace su trabajo a la perfección.

Pienso en la luz porque no quiero pensar en lo que acaba de decir.

Pero la frase ya está aquí, ocupando esta cocina de revista de diseño, y no se va a ir a ninguna parte solo porque yo disfrute de mi propio trabajo.

—Diecisiete años y, ahora que tu hermana está embarazada, tienes una revelación en un almuerzo con tu madre. —Relajo los dedos que había cerrado en puños sin darme cuenta—. ¿No estás tan bien como creías?

—No es por mi madre.

—Entonces es por Marina. Por la niña. Por el cochecito con volantes rosas que ya eligieron.

Su silencio es la confirmación que necesito.

—Yo no cambié —le digo, y esta vez sí levanto la voz, esta vez sí dejo que se me note, porque llevo media hora conteniéndome y la contención, como la masa, tiene un límite de fermentación antes de desbordarse—.

Sigo siendo la misma mujer que te dejó muy claro en la segunda cita que no quería ser madre.

Te lo dije para que pudieras elegir. Y lo hiciste. Así que ahora no me hagas responsable.

—No he dicho que seas responsable.

—Por favor, lo has insinuado. «Con la letra pequeña». «Con la firma». «Con las condiciones». Llevas quince minutos hablando de contratos, no de nuestra relación.

Como él no contesta y yo tampoco tengo nada más que decir, hago lo único que me calma cuando tengo un problema al que no le encuentro solución: me doy la vuelta, abro el armario y empiezo a sacar lo que necesito para alimentar la masa madre, aunque no le toque hasta mañana.

Aunque no la veo, sé que la puerta del despacho acaba de cerrarse.

No de un portazo. Nunca portazos. Siempre con cuidado.

Cuando limpio todo y apago la luz son más de las doce. Si bien la masa no necesitaba esa cantidad de atención, yo sí.

Por la mañana, de camino al estudio, con el tráfico de las nueve menos cuarto convirtiendo la carretera en un aparcamiento, empiezo el ritual después de una pelea: desmontarla, pieza por pieza, y ver cuánta culpa me toca cargar a mí.

Quizás no hacía falta decir «no me hagas responsable».

Quizás hacía falta escuchar un poco más y hablar un poco menos.

Damián acababa de escuchar a su madre llorar de felicidad por una nieta e insistirle de forma pasivo-agresiva que cumpliera también con las expectativas.

Podría haberlo abrazado. Podría haber sido más comprensiva.

Freno en un semáforo y me miro en el retrovisor. Asiento al comprobar que nadie adivinaría que anoche mi marido usó la palabra «letra pequeña» al hablar de nuestro matrimonio. El semáforo se pone en verde y sonrío al ver que los vehículos comienzan a moverse con rapidez.

En el estudio, todo está preparado para la presentación del proyecto Vallcarca.

Después de tres semanas de reuniones, renders y noches sin dormir lo suficiente, hoy es el día.

Los clientes —un matrimonio encantador con demasiado dinero y una casa de los años veinte— llegan a las diez a ver la propuesta final.

Mi propuesta. Los paneles solares integrados en la cubierta original sin tocar una sola teja, el sistema de recuperación de agua de lluvia camuflado en lo que antes era un lavadero o la paleta de materiales que recupera la madera de la estructura vieja.

Respiro hondo después de comprobar por tercera vez que los tres meses de trabajo duro están perfectamente plasmados.

A las diez menos cinco, Ricardo me pone una mano en el hombro en la sala de reuniones, el gesto de siempre: «voy a hacer algo que no te va a gustar, y quiero que quede claro que avisé».

—Yo abro —dice—. Tú siéntate junto a mí.

Me siento mientras sumo una marca más al contador mental de veces que quiero mandarlo a tomar viento y no puedo, porque es uno de los mejores amigos de Damián.

Después de los saludos protocolarios, comienza la presentación —mi presentación, con mis renders, con mi paleta de materiales— y durante los siguientes cuarenta minutos habla en primera persona del singular con una fluidez asombrosa para alguien que hasta ayer no sabía la diferencia entre un estucado veneciano y una simple pintura con efecto.

«Pensé en…».

«Lo que quise conseguir aquí…».

«Para respetar la fachada original, decidí…».

Las mejillas me duelen de tanto aguantar el tipo. En algún momento incluso aporto un dato técnico que no sabe y que él repite como si yo no lo acabara de decir. Sigo sonriendo, porque llevo años perfeccionando esta sonrisa.

El proyecto sale adelante. «Eso es lo que importa».

Los clientes se van encantados. «Eso es lo que importa».

Ricardo me alcanza la lista de modificaciones que pidieron, ya con el teléfono en la mano.

—Ajusta esto para el jueves, ¿vale? Buen trabajo el de hoy.

¿Buen trabajo el de hoy? ¿Buen trabajo?

Parpadeo una vez. Dos. Observo mi mano extendida a punto de rozar el papel, luego la sonrisa del hombre que lleva demasiado tiempo atribuyéndose todo mi esfuerzo y que me felicita con un «buen trabajo».

—No.

Ricardo se queda con el teléfono a medio camino de la oreja.

—¿Perdón?

—He dicho que no. No voy a ajustar nada para el jueves. No voy a ajustar nada nunca más, porque renuncio.

—Blanca, no es momento de…

Bajo el brazo y vuelvo a regalarle una sonrisa.

—Sí lo es.

—¿Esto es por lo de la presentación? Tú misma sabes cómo funciona con los clientes de este perfil, prefieren…

—Adiós, Ricardo.

Guardo en el maletín el ordenador, la libreta, de un trago me tomo el té de la taza que me regaló Cata hace tres cumpleaños con un dibujo espantoso de un flamenco y salgo con la espalda tan recta que podría sostener un nivel de burbuja sin que se moviera.

Sentada dentro del coche, con la taza en la mano y una sensación extraña en el pecho, lo primero que pienso, contra todo pronóstico, no es «estoy en el paro». Pienso en Damián.

Anoche nos fuimos a dormir sin hablar y esta mañana salió de casa antes de que me despertara del todo.

Ahora no solo debo llegar a una tregua por la discusión de ayer, sino también lidiar además con lo que Ricardo ya le haya contado.

Tal vez un buen curry picante de pollo del sitio diminuto cerca de su oficina puede ser un buen primer paso.

Después de aparcar y hacer el pedido, recorro los quince minutos hasta la oficina de Damián con el vapor que sube de la bolsa calentándome la mano y ensayando frases.

Ayer no fui mi mejor versión y quizá podemos hablar de buscar la manera de que los dos estemos bien.

Quizá ser familia de acogida o buscar alguna opción donde él pueda cuidar de niños mientras yo evito un embarazo.

La planta está más silenciosa de lo habitual y la mesa de Julia, su secretaria, está vacía.

Me planto ante la puerta cerrada, cambio la bolsa de mano porque los nudillos me queman y llamo dos veces.

Desde dentro me llega algo que suena a un murmullo.

Espero un momento hasta que un «pasa» ahogado me da el permiso para abrir.

Tardo en comprender la escena ante mí. Damián, de lado, con los pantalones por las rodillas.

Julia, sentada sobre el escritorio —ese de roble que elegí porque combina con el verde salvia de las paredes—, con las piernas alrededor de mi marido, las tetas saltando con el vaivén y una expresión que pasa del placer al pánico en el tiempo que tarda la puerta en terminar de abrirse.

De pie en el umbral, con el olor a curry llenando el espacio, calculo cuánto va a costar arreglar esto, si es que se puede arreglar, si es que quiero arreglarlo.

—Blanca. —Damián da un paso atrás, tropieza con sus propios pantalones, se los sube con una mano mientras con la otra hace un gesto hacia mí, hacia la puerta.

Julia ha bajado del escritorio y busca su ropa con una torpeza que, en cualquier otra circunstancia, me habría dado hasta pena.

Veintipocos años. La piel todavía sin ninguna de las decisiones que deja la vida.

Se tapa los pechos con una mano que no le alcanza.

Diez años atrás, yo también tenía esa piel. Los pechos, no.

—Esto no es lo que parece. —La frase cliché de Damián me saca del trance y aprieto el asa de la bolsa.

—Veo que encontraste una perra. Ya puedes dejar de preguntarte quién te va a dar los cachorros que tu madre quiere tanto.

Abro los ojos al ver la bolsa volar por el aire. No recuerdo haberla soltado. Impacta contra mi marido y la salsa le cae por el pecho. Lástima que la camisa se salva. El curry es muy difícil de quitar.

Los gritos de Damián resuenan por el pasillo cuando me encamino hacia la salida con la misma espalda recta con la que salí del estudio esta mañana. La burbuja del nivel ha estallado.

Sola, en el ascensor, me observo en el espejo. Tengo el pelo perfecto. Los ojos secos. La cara de siempre. Y, aun así, sé que nunca volveré a ser la misma.