Capítulo 58
Cata
Termino de repasar que el trazo de color negro carbón sobre los párpados esté parejo cuando el zumbido del telefonillo suena.
Ajusto bien los hombros de la chupa de cuero y estiro la tela de la falda para que no termine convertida en un cinturón ancho al primer paso que dé. Cojo a Ozzy, el bolso y salgo de casa.
Fran me espera aparcado en doble fila con las luces de emergencia puestas. Me subo al asiento del copiloto y me inclino sobre la consola central para darle un roce suave de labios. Justo cuando voy a retirarme, sus dedos me atrapan la nuca y profundiza el beso, saboreándome sin prisas.
—Estás preciosa —murmura al separarse apenas unos milímetros.
El trayecto se me pasa en un suspiro entre el rugido del tráfico y la mano de Fran sobre el muslo.
El jaleo que llega desde el jardín trasero de la casa de mis padres me confirma que somos los últimos en llegar.
Ama ha cocinado como para un club de fútbol entero.
Hay tantas bandejas que la mesa no se ve.
Después de saludar a todo el mundo y recibir cada una de sus felicitaciones —no todos los años se cumplen treinta y nueve—, me uno a las chicas que están sentadas en los sillones de mimbre bajo la parra. Todas esperan con avidez el cotilleo del año, así que no las hago esperar más.
—Por teléfono os solté cuatro pinceladas mal dadas y a Leire le desvelé algún que otro detalle escabroso más mientras compartíamos un café rápido en el trabajo, pero os quería a las cuatro juntas para poder contaros todo como Dios manda.
Entre sorbos de vino y picoteo les desgloso con pelos y señales desde el sprint bajo el diluvio universal y el placaje suicida de Ozzy hasta mi sincericidio , confirmando con una sonrisa enorme que sí, que el Innombrable y yo estamos juntos de manera oficial.
—Míralo, por favor —suelta Blanca, señalando con el vaso hacia donde Francisco charla con Héctor y Unai—. Se le ve loco por ti, no te quita la vista de encima.
—Bueno, bueno, loco del todo tiene que estar para meterse de lleno en el huracán que llevas por vida —interviene Ana.
—Vete a la mierda —le espeto sin ningún tipo de acritud—. Deberías estar desbordando felicidad ahora que tienes al escritorcito comiendo de la mano en lugar de meterte con mis taras emocionales.
—Soy feliz, no mentirosa.
—Hablando de felicidad y mentiras. ¿Qué tal tú, Delilah? —pregunto, ladeando la cabeza.
—¿Qué quieres decir, cielo?
—Pues qué va a ser, mujer. ¿Es serio lo de mi hermano y tú? Que Fran os pilló in fraganti haciendo buen uso de los aceites esenciales.
—Hay que dejarse fluir, sin etiquetas que limiten la vibración.
—En mi experiencia, las vibraciones de alta intensidad por la mañana suelen ser de las mejores. Te dejan lista para enfrentar el día.
La risa de Blanca suena forzada y mira de reojo a su marido, que habla con mi padre.
—¿Está todo bien con Damián? —le susurro, rompiendo la dinámica del cotilleo general.
—Sí, todo genial.
La forma en que esquiva el contacto visual me enciende todas las alarmas. Le alargo la mano y le aprieto la pierna.
—Sabes que estamos aquí, ¿verdad?, para lo que haga falta.
Leire, Ana y yo compartimos una mirada. No es momento de presionar.
Paolo se acerca con dos platos y deja uno delante de Blanca antes de seguir hacia el grupo de los chicos. Ella ni siquiera lo mira dos veces —está demasiado ocupada fingiendo que no le tiembla la sonrisa—, pero coge el tenedor, empieza a comer y sus hombros se relajan contra el respaldo.
—Mis compañeros de piso están experimentando un despertar energético muy intenso esta semana —interviene Delilah.
—Vas a tener que traducir eso —le pide Leire, agradeciendo el capote para relajar la tensión del ambiente—. ¿Qué han hecho ahora los veinte universitarios con los que compartes alquiler?
—Son solo cinco. Han iniciado una competición muy intensa de un videojuego; un maratón, lo llaman.
Por lo que entendí, el propósito es matar algo.
Llevan pistolas y metralletas gigantes. Se ve que son muy buenos en su disciplina; pasan toda la noche despiertos en el salón, de modo que las ráfagas de los disparos y las explosiones resuenan por los pasillos a altas horas de la madrugada.
—Joder, eso es terrible —salta Ana—. ¿Cómo demonios haces para pegar ojo con semejante zona de guerra?
—Al contrario, el ruido constante de las detonaciones me está ayudando a desarrollar la valiosa habilidad de dormir en un estado de alerta consciente. Es un entrenamiento magnífico. Te permite descansar el plano físico mientras mantienes los sentidos despiertos.
—A ver, cari. —Le doy unas palmaditas en el hombro—. Salvo que tengas pensado hacerte corresponsal de guerra en Oriente Medio, por suerte para ti no creo que vayas a necesitar esa destreza en tu día a día.
—Nunca sabemos hacia dónde nos guiarán los senderos y abrazar la incertidumbre con la mente receptiva es la única forma de evolucionar. El caos exterior es un maestro que nos obliga a fortalecer la paz que reside en nuestro interior.
—Toda la razón. El caos de las rebajas de enero te obliga a fortalecer la paz interior al máximo —dice Leire, logrando que Blanca vuelva a sonreír.
Mi madre aparece en el porche, sosteniendo en alto una tarta enorme donde parpadea una constelación de velas encendidas.
—¡Venga, gente, moved el esqueleto, que es la hora! —anuncia, captando la atención de todo el patio.
Fran se separa de los hombres y, al llegar junto a la mesa, me rodea la cintura con los brazos, pegando su pecho contra mi espalda.
—¿Ya sabes qué vas a pedir? —me susurra al oído, distrayéndome del cántico desafinado que acaba de comenzar.
Me giro lo justo para enlazar nuestras miradas y le guiño un ojo.
—Tengo un par de ideas en mente, pero luego te las cuento a solas para que te encargues de hacerlas realidad una por una.
Su risa me hace vibrar el cuerpo y me da un beso en la coronilla. Cojo aire, me inclino hacia delante y soplo las velas del tirón, dispuesta a descubrir qué sorpresas me tiene preparadas este nuevo año.