Capítulo 57
Cata
Si me hubieras dicho esta mañana que terminaría el día desnuda entre las sábanas del Innombrable, te habría sugerido ingresar en el centro psiquiátrico más cercano.
Todavía arrastro esa agradable torpeza en las extremidades, el calor de la piel ajena pegada a la mía mientras me muevo con el rítmico subir y bajar de su pecho.
Traza caminos a lo largo de mi espalda con las yemas.
Un pitido agudo rompe la burbuja en la que estamos, acompañado de una vibración sobre la mesita de noche. Mi móvil y el suyo acaban de sincronizarse. Estira el brazo izquierdo sin dejar de rodearme la cintura y coge el aparato.
—Tu hermano tiene un radar para joder los momentos perfectos —murmura con la voz ronca.
Gira la pantalla hacia mí, dejándome leer las letras iluminadas en la oscuridad del dormitorio.
Unai
¿Sigues vivo?
¿Mi hermana está contigo?
Teclea la respuesta utilizando solo el pulgar, confirmándole que estoy aquí. El teléfono vuelve a zumbar.
Unai
Cuéntame cómo ha sido. Necesito detalles del drama.
—Tiene alma de vieja de pueblo —protesto, ofendida por la falta de privacidad.
Suelta una risita baja y teclea con una velocidad envidiable para alguien que acaba de sufrir un traumatismo craneoencefálico por culpa de un perchero.
Ni muertos ni secuestrados. Seguimos enteros, aunque con ganas de huir. Y por favor, deja de vigilar mis habitaciones.
Me siento, olvidándome de la colcha y de que estoy desnuda, y le agarro de la muñeca para que deje de escribir.
—Frena el carro. ¿Delilah estaba en su habitación?
—Lo que oyes. Fui a su casa a primera hora para hablar con él y me encontré el percal.
—¿Y entraste sin llamar, alma de Dios? Tienes que aprender a respetar la intimidad ajena y a no abrir las puertas de los demás como si fueras el dueño del edificio.
—Golpeé tres veces, Catalina, pero cuando tu hermano abrió la puerta tenía una cara de recién follado que no podía disimular. Y por si quedaba alguna duda, tu amiga la mística apareció después, hablando sobre sexo matutino y chakras de no sé qué.
Suelto un gritito agudo y me tapo la boca.
—¡Qué fuerte! ¡Lo sabía! ¡Sabía que esos dos estaban liados! Joder, tendría que haber hecho una apuesta. La ganaba fijo.
—Algo se traían entre manos, se les notaba, aunque no pensé que fueran tan rápido.
—Joder, si estos dos terminan en plan relación seria, mi madre organiza una fiesta patronal en el salón de casa con catering de cinco estrellas y orquesta incluida, te lo aseguro.
Mierda. Acabo de soltar «relación seria» cuando todavía no hemos hablado de esto. Quiero tragarme mis propias palabras y a la vez sé que tengo que preguntar.
—¿Y nosotros? —Todas mis inseguridades brotan al mismo tiempo—. ¿Somos algo serio?
Él se queda mirándome un segundo hasta que la comisura de sus labios se eleva con esa seguridad aplastante que antes me desquiciaba y que ahora me enciende.
Pulsa la pantalla varias veces y los primeros acordes de una guitarra noventera empiezan a sonar muy flojito por el altavoz.
Se me corta la respiración al reconocer la melodía al instante.
—¿Eso es…?
—Sí, tengo una playlist con el mismo orden que la organizaste tú. El CD tiene que estar en alguna de las cajas que todavía no he abierto.
Miro el teléfono donde aparece la banda sonora que elegí a los dieciséis para nuestra historia de amor y trago saliva con dificultad. Los ojos me escuecen.
—Fran...
—Soy un robot ejecutivo con un palo metido en el culo, ¿recuerdas?
—comenta con un brillo tierno en la mirada—.
No juego a las casitas ni pierdo el tiempo de esa manera.
Pensé que había quedado claro que voy en serio contigo cuando te dije te amo y rechacé un contrato millonario en Estocolmo para quedarme a tu lado.
La última coraza que me quedaba se desintegra. Francisco acorta los últimos centímetros de distancia y cierra el pacto con un beso lento, firme y cargado de la certeza de que es el hombre que he estado esperando toda la vida.
Me incorporo, cruzo las piernas y me paso los dedos por el pelo alborotado.
—Un momento. —Lo apunto con el dedo índice.
Fran me atrapa la mano por la muñeca y desliza el pulgar por la manicura turquesa.
—Me encantan —murmura—. Son tan tú.
—No me intentes engatusar ahora, Francisco —protesto y, aunque la sonrisa se me escapa sola, vuelvo a apuntarlo—.
Quiero estar segura de que eres consciente de dónde te metes.
No puedo prometerte una relación tranquila, ni un noviazgo con domingos de manta y paseos idílicos por el parque sin que termine pasando algo digno de los telediarios.
Mi vida es un caos y tú lo sabes mejor que nadie.
Así que lo nuestro va a ser una montaña rusa constante donde es más que probable que tengamos un par de peleas monumentales, desacuerdos absurdos y, con la estadística de accidentes que llevamos a las espaldas, seguro que alguna que otra nariz sangrante.
Pero también te prometo que vas a tener risas a todas horas, besos de los que te quitan el hipo, alguien que te escuche quejarte del trabajo, aunque no entienda un pimiento de números, y a una mujer que te defenderá con uñas y dientes ante cualquiera que se atreva a meterse contigo.
Porque te amo. Con todo mi caótico y desastroso corazón.
Tira de mí hasta que termino tumbada sobre su pecho. El latido de su corazón bajo mi mejilla parece seguir el ritmo de la música.
—No esperaba otra cosa de ti —responde, depositándome un beso en la nariz—.
Es por cómo eres, así, sin filtros, directa y capaz de provocar un terremoto, por lo que te amo tanto.
No quiero cambiarte, ni se me pasaría por la cabeza intentar pulir esa maravillosa capacidad que tienes para desbaratar mis planes.
Lo único que quiero es poder disfrutar de ti todos los días y que seas mi compañera en lo que nos queda de vida, con los accidentes, las risas y las narices rotas incluidas.
Ya creé un fondo por si me la tengo que reconstruir.
—Le doy un golpecito en el hombro—. Tú y yo, Catastrófica. Solo tú y yo.
Me acomodo mejor entre sus brazos.
Lo sé. Estás esperando que meta la pata o que Ozzy se coma un calcetín y se ahogue. Por una vez voy a darte una tregua a ti y a mi propio historial de desastres y voy a dejar que los dos disfrutemos de este momento.
—¿Cata? ¿Se puede saber por qué te has quedado mirando a la esquina de la pared como si le estuvieras hablando a alguien?
—Nada. Cosas mías, de esas que tienes que empezar a acostumbrarte.
Aprieta mi cuerpo contra el suyo y cierro los ojos, sabiendo que, por muy caótico que sea el futuro que nos espera, lo recibiremos juntos.