Capítulo 56
Fran
El impacto del travesaño de madera contra la coronilla me deja un zumbido en los oídos.
Aparto la montaña de abrigos que me cubre y me toco, confirmando mi sospecha al retirar la mano y descubrir la yema del índice teñida de rojo.
Ajeno al desastre, el perro del demonio gruñe mientras clava los dientes en la puntera de mi zapatilla derecha.
Bajo el umbral, su dueña se dobla por la mitad en un ataque de risa incontenible.
A sus pies empieza a formarse un charco que de verdad espero que pertenezca a la tormenta de ahí fuera y no a un problema imprevisto de incontinencia urinaria.
—Suelta, bicho —digo, poniéndome en pie.
Cata se incorpora y se limpia las lágrimas con el dorso de los dedos.
—Pasa de una vez, solo falta que cojas una neumonía. —Me hago a un lado para dejarle el camino libre—. El baño del pasillo está a la izquierda; pasa, quítate toda esa ropa mojada y sécate con la toalla que hay dentro del mueble.
Entro un momento en el dormitorio para rescatar del armario un pantalón de chándal gris con cordón ajustable y una camiseta vieja de algodón que le entrego antes de que cierre la puerta.
En mi baño, acerco la cara al espejo y aparto los mechones de pelo hacia un lado.
La brecha es pequeña, pero escandalosa. Estoy en mitad de la operación, con el botiquín abierto y un trozo de algodón presionado contra la herida, cuando aparece reflejada en el cristal.
Las mangas le llegan hasta los codos y el dobladillo del pantalón le arrastra por el suelo.
—Déjame a mí.
Me agarra por los hombros con firmeza, me obliga a sentarme sobre la tapa cerrada del inodoro y se sitúa entre mis piernas abiertas, acortando la distancia hasta que su perfume dulce me envuelve. Humedece una gasa en agua oxigenada y se inclina hacia delante para examinar el corte.
La cercanía es una puta tortura. Sus pechos me quedan a la altura de los ojos, y puedo asegurar que no lleva sujetador. El calor de su aliento me roza la frente y aprieto las manos contra los muslos para no colarlas por debajo del dobladillo y recorrerle la piel.
—Ya está —anuncia tras lo que me parecen varias horas de agonía—. No es profunda, sobrevivirás.
Da un paso atrás. Soy incapaz de descifrar lo que le pasa por la mente en este momento. Estiro el brazo para apartar un mechón oscuro y rebelde que se le ha quedado pegado a la mejilla, pero ella retrocede hasta dar con el mueble.
—Te espero en el salón —dice con un hilo de voz.
Cierro el bote y devuelvo el botiquín a su estante. En el salón, Ozzy se acurruca en el centro del sofá de diseño, restregando el lomo húmedo contra la tapicería clara. Cata permanece de pie a su lado.
—Lo he secado un poco con la toalla del lavabo, pero tiene complejo de gremlin y la lluvia le activa el instinto de destrucción —dice, sin apartar la mirada del perro.
—No pasa nada —miento, contemplando los lamparones de agua en el tejido—. ¿Quieres un té, un café o algo caliente?
—Café —responde y, tras una breve pausa, añade—: Aunque, pensándolo bien, ahora mismo me vendría muchísimo mejor algo con un chorro generoso de alcohol.
—Tengo whisky escocés, si te sirve.
Ella lo medita un segundo.
—Venga, ponme uno.
Me acerco al mueble bar, selecciono una botella de malta y sirvo el líquido ámbar en un par de vasos de cristal grueso.
Al darme la vuelta, Cata se ha desplazado hacia el ventanal y contempla el agua que golpea los cristales.
Se gira al notar mi presencia y acepta el vaso que le tiendo.
Le da un trago corto, regresa la vista al exterior y suelta la bomba sin anestesia.
—Unai me dijo que te vuelves a Suecia.
Doy un sorbo. El alcohol me quema la garganta y me aporta la solidez que me falta en las piernas. Estoy a punto de abrir la boca para confirmarle la noticia, pero tras vaciar el vaso de whisky de un solo trago, arrugar el rostro y toser, vuelve a clavar esos ojos tan expresivos en mí.
—Al carajo la sutileza. —Tiene la voz rota por el alcohol—.
Te juro que lo intenté. Intenté por todos los medios que no pasara otra vez.
Me puse todas las corazas posibles, pero no lo logré.
Me he vuelto a enamorar de ti. Con todo el equipo.
Y sé que te vas y que tienes un pie en el avión, pero esta vez tenía que decírtelo a la cara y asegurarme de que lo supieras.
Ya sabes, por eso de no tropezar dos veces con la misma piedra, aunque a mí los tropiezos se me dan de fábula y colecciono moratones, pero ese es otro tema.
Me quedo con el vaso suspendido a mitad de camino.
—No pretendo que dejes el trabajo por mí, eso sería ridículo —continúa—.
Sé que ese puesto en Estocolmo debe ser el sueño húmedo de cualquier ejecutivo con un palo metido por el culo como tú, y lo entiendo, lo respeto muchísimo.
No he venido aquí para hacerte cambiar de opinión.
He venido para no arrepentirme el resto de mi vida por guardar silencio.
Deja escapar una risita amarga, desvía la mirada hacia el ventanal un segundo y niega con la cabeza.
—Qué desastre. La carta que te escribí a los dieciséis estaba mejor estructurada. Se ve que con los años he perdido práctica. En fin, eso era todo. Gracias por el whisky , perdona por el desastre de la entrada y ya le daré la ropa a Unai para que te la devuelva.
Deja el vaso vacío sobre la mesa auxiliar y camina hacia la salida.
Ya está casi en la puerta cuando mi cerebro consigue enviar una orden directa a mis músculos.
Doy varias zancadas, estiro el brazo y le sujeto la muñeca.
El agarre es lo bastante firme como para obligarla a detenerse.
Su piel sigue un poco fría y contrasta con el rubor que empieza a treparme por el cuello.
—No te vas a marchar así. No después de soltarme todo esto y quedarte tan ancha.
Se gira despacio e intenta zafarse de un tirón. No la suelto.
—¿Y qué quieres que haga? —Fuerza una sonrisa—. Ya he dado la nota de manera espectacular. Ahora prefiero saltarme el momento en el que me miras con lástima. Gracias.
—¿De verdad piensas que soy tan imbécil? —Me acerco—. Llevo semanas sin dormir y esquivando las comidas de los domingos por el pánico a mirarte a la cara y digerir la certeza de que no te podía tener.
La tensión de su muñeca cede.
—¿Qué?
—Se ve que soy ridículo, porque rechacé el puesto.
Y el palo en el culo me lo puedo quitar cuando me dé la gana.
—La suelto para acunarle el rostro con las dos manos.
Ella frunce el ceño—. Tenía todo preparado —confieso, acariciándole los pómulos con los pulgares—.
Había planeado una gran declaración. Iba a ir a buscarte al trabajo mañana y soltar el discurso perfecto, pero tenías que desbaratarlo como haces siempre con todo en mi vida.
La comisura de sus labios asciende, devolviéndole ese brillo gamberro a los ojos marrones que tanto me ha faltado estas semanas.
—Ah, ¿sí? —Inclina apenas la cabeza hacia una de mis manos—. ¿Y se puede saber qué ibas a decirme?
—Ahora ya da igual. Todo el argumento consistía en convencerte de que me eligieras a mí, en pedirte que dejaras al inglés de una vez y nos dieras la oportunidad que nos merecemos, porque la realidad es que nunca me he sentido tan yo mismo como cuando estoy contigo.
Me desquicias. Me vuelves completamente loco, pero esa es la razón por la que te amo tanto.
—Hace semanas que Sean y yo quedamos en ser solo amigos —susurra—. Aunque, si te soy sincera, nunca iba a llegar a ser otra cosa porque en el fondo siempre te he querido a ti.
El alivio me recorre el cuerpo.
—Yo he tardado un poco, pero al final he llegado. Te amo, Catastrófica . Y no pienso irme a ningún sitio.
Sin darle margen a que active el modo sabotaje con alguna réplica afilada, me inclino y uno nuestros labios.
El beso barre la distancia, las dudas y el frío.
Sus manos suben hacia mi nuca, enredándose en mi pelo.
La estrecho contra mi cuerpo y el vacío que amenazaba con devorarme el pecho queda cubierto por el ritmo desbocado de sus latidos.
Toda la interferencia de las últimas semanas, las auditorías financieras, el contrato de Estocolmo y mis intentos de huida se disuelven bajo la presión de su boca, que me devuelve la estabilidad de una forma que ningún despacho en el olimpo corporativo podría emular jamás.