Capítulo 55
Cata
Bajo la mano despacio y dejo el móvil sobre la mesa de madera con una delicadeza que no encaja en absoluto con el torbellino que me ruge dentro.
—¿Todo bien? —pregunta Delilah con la taza a escasos centímetros de los labios.
—Sí. No. No sé. —Cierro los ojos un segundo—. Francisco se vuelve a Estocolmo.
—Él ya ha elegido en la encrucijada. A veces los caminos se bifurcan para ver si tenemos el valor de saltar la valla que los separa.
¿Podría saltarla? En la teoría suena fácil, pero teniendo en cuenta mi historial, lo más seguro es que termine con los vaqueros enganchados en el alambre de espino, una brecha sangrante en la frente y el perro del vecino colgado de mi tobillo.
Claro que quedarse a este lado de la verja contemplando cómo se marchita el césped tampoco es que sea una opción muy tentadora.
—¿Vas a repetir la historia? —Delilah deja la taza sobre el plato—.
Estás aceptando una realidad impuesta, cerrando los portales de tu corazón y apagando tu magia sin haber alineado tus propias estrellas para descubrir la verdad.
El cosmos fluye en el amor y en la hermosa búsqueda de tu luz, no en la resignación, cielo.
Me muerdo el labio inferior. Más allá de que suene a cántico élfico, tiene toda la puñetera razón.
¿Desde cuándo me siento a esperar que la vida me pase por encima?
Si voy a estamparme con un muro de hormigón, por lo menos que sea apretando el acelerador a fondo, con los ojos bien abiertos y Black Sabbath a todo volumen.
—Tengo que irme.
Me pongo en pie con tanta determinación que golpeo el borde de la mesa con las rodillas. El mueble se tambalea, el pequeño jarrón de cerámica con flores secas cae al suelo y estalla en mil pedazos de cristal verde.
Delilah, sin perder un ápice de su calma celestial, me entrega a mi perro.
—Ve. Yo me encargo de la cuenta y de limpiar tu rastro de destrucción material. Corre a buscar la otra punta de tu hilo rojo.
Sujeto a Ozzy bajo el brazo y salgo de la cafetería tras lanzarle un beso de agradecimiento a mi amiga.
En cuanto pongo un pie en la acera y me encamino hacia donde tengo aparcado el coche, una gota gorda de lluvia me impacta en la cara, seguida por el rugido de un trueno que amenaza con desplomar el cielo.
Aprieto el paso, cubro al perro con la solapa de la chaqueta y consigo llegar a la portezuela del vehículo cuando el cielo se desploma.
Me subo al coche de un salto, cierro la puerta y dejo a Ozzy en el asiento del copiloto mientras el repiqueteo violento del agua contra el parabrisas crea una barrera de sonido que me aísla del mundo exterior. Saco el móvil del bolsillo con dedos temblorosos y le escribo un mensaje a Unai.
Pásame la dirección de Francisco.
La respuesta tarda tres segundos en llegar, acompañada del enlace a Google Maps y de un emoticono de un brazo musculoso seguido de una cara guiñando el ojo. Una vez que se marca la ruta, arranco el motor y meto primera.
El trayecto se convierte en una auténtica yincana acuática.
La lluvia cae con tanta fuerza que los limpiaparabrisas, incluso a la máxima velocidad, apenas consiguen apartar las cortinas de agua el tiempo suficiente para distinguir los faros traseros del coche de delante.
El vaho empaña los cristales y una tortuga coja avanzaría a más velocidad de la que voy.
Pese a que debería concentrarme en no resbalarme, la cabeza me va a mil pensando en qué demonios le voy a decir cuando lo tenga delante.
«Hola, Francisco, resulta que lo de Sean se ha quedado en una simple y bonita amistad, y que pretendas mudarte al polo norte porque eres incapaz de hablar conmigo es dramático hasta para mí».
Al frenar en un semáforo en rojo, la tentación de dar media vuelta casi gana. Esto es una locura. No tiene ningún sentido.
No, no pienso volver a cometer ese error otra vez y menos ahora que sé a qué sabe su boca y que he comprobado que la electricidad que salta entre los dos es real y no una alucinación de mis hormonas adolescentes.
Tengo que plantarme allí, obligarlo a mirarme de frente y preguntarle sin rodeos si para él soy algo más que la eterna pesadilla de siempre o si está dispuesto a darle una oportunidad a esto que tenemos.
Que, a ver, si me preguntas qué coño es «lo nuestro» te diré que ni yo misma lo sé, pero supongo que de eso trata este sprint suicida en mitad de la tormenta, ¿no?
Dejar de esquivar y conseguir respuestas de una puñetera vez.
Cuando por fin llego a su calle, la suerte decide recordarme que sigo siendo yo.
Encuentro un hueco minúsculo entre un monovolumen y un contenedor de basura verde.
Intento encajar el coche dando marcha atrás a ciegas por culpa de la lluvia, calculo fatal la distancia y un crujido me informa que acabo de golpear el contenedor.
—¡Me cago en todo lo que se menea!
Apago el motor de un manotazo, agarro a Ozzy en brazos y corro. Calada hasta los huesos, llego al portal cuando una señora mayor, pertrechada tras un paraguas de flores enorme, cruza el umbral.
—¡Espere, por favor! ¡Sostenga la puerta!
Me la cierra en las narices y, plantada al otro lado del cristal, sacude el paraguas. Le hago señas con la mano libre para que me abra. La jodida se limita a fruncir los labios.
Por suerte, del ascensor sale un chico joven con un chubasquero amarillo chillón, llevando a un golden retriever con ganas de marcha. Al ver el panorama, me deja entrar.
—¡Gracias, eres un sol! —le digo, colándome de lado.
—¡Oiga! ¡Que no la conoce de nada! —La mujer me arrea con la punta del paraguas—. ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo! ¡Hay una okupa con un chucho sarnoso! ¡Ayuda!
Esquivo otro paraguazo y subo los peldaños a toda prisa. Los gritos resuenan tras de mí. En cuanto alcanzo el rellano del tercer piso, los pulmones me arden por el esfuerzo y la ropa se me pega a la piel como neopreno. Me planto delante de la puerta y doy tres golpes en la madera.
El estornudo de Ozzy casi tapa el chasquido metálico de la cerradura. La hoja se abre y aparece él, vestido con unos vaqueros y una camiseta gris que le marca los músculos.
—¿Cata? ¿Pero qué…?
No llega a terminar la frase porque Ozzy decide que es el momento de desplegar sus mejores galas circenses.
Se zafa de mi brazo y da un salto mortal.
El empuje pilla desprevenido a Francisco, que retrocede a trompicones y se tropieza con la pata del perchero de la entrada.
Al manotear para sujetarse de algo, se agarra a la madera, lo que hace que termine sepultado bajo las chaquetas y el palo le dé de lleno en la cabeza.
Bueno, si a estas alturas de la trama esperabas que después de abrir, me mirara con deseo y me empotrara contra la pared sin darme tiempo a pronunciar la primera palabra de mi sincericidio , eres más delirante que Delilah.
Está claro que no es el comienzo más prometedor para el que se suponía que iba a ser el gran clímax romántico de mi existencia.
La cruda realidad se empeña en recordarte a ti y a mí que no soy la protagonista de una comedia de enredo con filtro de Instagram, sino un peligro público andante con un perro acróbata de copiloto.
Y después de tantos años de entrenamiento en el arte de cagarla, hago lo que mejor se me da: me río a carcajadas.