Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 54
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Capítulo 54

Cata

Empujo la puerta acristalada de la cafetería al mismo tiempo que Delilah aparece por la esquina de la acera, envuelta en uno de esos chales de colores que parecen tejidos por duendes del bosque.

Nos saludamos con un abrazo rápido, sorteamos unas mesas bajas y nos acomodamos en un rincón junto al ventanal iluminado por la luz de la tarde.

—¿Qué tal el concierto? —pregunta, tras pedir un té de ashwagandha para ella y un café moca para mí.

—Genial, lo pasamos en grande —respondo mientras el camarero deja las bebidas y un bol de agua para Ozzy—. Aunque el viaje tuvo de todo. Hasta me encontré a Francisco en mitad de la calle.

Las pulseras le tintinean al apoyar las manos en la madera.

—Esta mañana en casa de Unai tenía el aura bastante revuelta.

—¿Francisco? ¿Qué hacía en horas de oficina allí? —Entrecierro los ojos—. Espera. ¿Qué hacías tú allí? ¿Y a qué te refieres con eso de «aura revuelta»?

—Lo sentí al verlo. Se avecinan cambios importantes para él; está en una encrucijada vital donde las decisiones del presente alteran el rumbo del destino.

Aunque me jode que esquive mis preguntas, lo que dice me intriga.

—Y eso en el idioma de los mortales significa…

—No sé por qué te importa tanto. La última vez que tocamos el tema, dejaste muy claro que Francisco te daba igual.

—No te conviertas en una arpía mística y me restriegues por la cara cosas que dije en un momento de calentón para evitar contestarme.

—Yo no restriego nada, solo constato realidades. —Su voz suena tan dulce que resalta todavía más mi rabieta—. No sé qué pasó porque me marché para que pudieran hablar a solas. Pero esta reacción desmiente la fachada de que no te preocupas por él.

—Por supuesto que me preocupo. —Intento controlar el tono sin mucho éxito—. Es uno más de la familia.

—Claro. Lo quieres como a un hermano.

Arrugo la nariz.

—Ya me parecía a mí.

La sonrisa de triunfo que esboza dinamita mi paciencia.

—¡Mira, ¿qué quieres que te diga?! ¿Qué me ha vuelto a explotar todo en la puta cara?

Pues sí. No tendría que haberme liado con él en Navidades porque ahora creo que me he vuelto a enamorar de Francisco, y esta vez el panorama es muchísimo peor.

Cuando era una cría de dieciséis años creía conocerlo, pero en realidad solo estaba enamorada de una fantasía de carpeta escolar.

Ahora es diferente. Me he enamorado de sus manías, sus silencios, la forma en que necesita controlar todo para sentirse seguro...

—¿Y por qué estás tan segura de que no te corresponde? —me corta.

—Pero ¿cómo va a hacerlo? —Gesticulo tanto que golpeo la taza—.

Mírame, por favor. Soy un absoluto desastre andante, una patosa incorregible que a veces se olvida de que es una persona adulta y de que tiene que actuar con un mínimo de responsabilidad.

¿Tú has visto a Francisco? Él es todo lo opuesto a mí: centrado, analítico, impecable, alguien con la vida organizada y los pies pegados al suelo.

Delilah, que seca el charco de café con unas servilletas de papel, toma aire, dispuesta a rebatirme el argumento, pero me adelanto y levanto el índice a la altura de sus ojos.

—Y ni se te ocurra decirme ahora que los polos opuestos se atraen ni ninguna de esas sandeces de manual de autoayuda, que te conozco.

—Si ya te sabes la teoría, no te la voy a repetir.

Aunque si de verdad crees que no está interesado en ti, entonces a la lista de atributos que te acabas de adjudicar vas a tener que añadirle el de ciega, porque no hay otra explicación.

—Aprovecha mi parálisis para seguir metiendo el dedo en la llaga—.

Si sigues aferrada a ese pensamiento, está claro que se te va a romper el corazón de nuevo.

Salvo que esta vez la culpa no será de un malentendido.

Será toda tuya, de tu terquedad y de esa incapacidad que tienes para darte cuenta de que eres una persona que merece ser amada, y de que hay un hombre ahí fuera que ya lo hace.

Mi móvil empieza a sonar en el bolso. Al ver el nombre de Unai en la pantalla, dudo durante unos segundos y termino por atender.

—Dime.

—No estaba muy seguro de llamarte. Había decidido no meterme en vuestros asuntos, pero como se ve que sois los dos unos idiotas rematados, no me queda otra alternativa.

Solo te pido un favor: no le cuentes esto a Delilah, porque me hizo prometerle por lo más sagrado que me mantendría fuera del asunto.

—Por supuesto que no le voy a decir nada —respondo, con la mirada puesta en mi amiga, que acaricia las orejas de Ozzy.

—A lo que voy —prosigue—. Fran se vuelve a Estocolmo.

Me quedo en blanco durante un instante.

—¿Cómo que se vuelve? No entiendo nada.

—Le han ofrecido un puesto gordo en la central, el cargo con el que lleva soñando desde que terminó la carrera. He intentado hablar con él. Convencerlo para que se quede en España, pero no hay manera.

—Ya, bueno, tú lo has dicho, es una oportunidad increíble. —Me paso una mano por el pecho donde el pinchazo se hace más fuerte—. Lo que no entiendo es a santo de qué me cuentas todo esto a mí.

Unai bufa al otro lado del auricular.

—De verdad que sois tal para cual. Sois subnormales.

—Gracias por el cumplido, hermanito.

—Fran no se va a quedar en España por mí.

—¿Y qué pinto yo en toda esta historia?

—Que se quedaría por ti. ¿Es que no lo ves?

—No, Unai, estás muy equivocado.

Aparto el aparato unos centímetros; así no me revienta el tímpano por el grito. Delilah levanta la vista del lomo de Ozzy y señala el móvil.

—Dile que respire tres veces hondo; así se desbloquea.

—Dice Delilah que respires tres veces hon…

—No necesito respirar —brama—. Lo que necesito es que alguno de los dos se entere de una maldita vez de que el otro siente lo mismo y dé el paso.

—¿Y tú cómo sabes que pasa algo entre nosotros?

—Cata, las miraditas que os lanzáis os delatan a kilómetros. Y aparte, te recuerdo que las paredes de mi casa no son tan gruesas. Ya me pagaréis la terapia entre los dos por los traumas provocados.

Se me sube el calor a la cara.

—Da igual lo que digas. Aunque todo eso fuera verdad... ¿Qué puedo hacer yo contra el puesto de la vida de Francisco?

—Se va porque estás con Sean y no soporta verte con otro tío. Yo sé que el inglés ese es genial, pero tienes que darte cuenta de que Francisco es el ideal para ti. Jamás os he visto más felices que cuando andabais liándoos a escondidas en Navidades.

Siento que las mejillas me arden todavía más, alcanzando una temperatura peligrosa que amenaza con derretirme el maquillaje.

—¿Felices? Pero si nos pasamos el día picándonos y tirándonos pullas a la mínima oportunidad —replico, buscando cualquier excusa para defenderme.

—Por favor, todos sabemos que vuestros piques son una especie de juego previo. —Me atraganto con mi propia saliva—. Y no me preguntes cómo lo sé. Lo siento por Sean, de verdad, pero creo que deberías mandarlo a paseo y estar con Fran.

—Para tu información, primero: nunca he salido oficialmente con Sean, solo estábamos viendo a dónde llevaba la cosa. Y segundo: hace semanas que dejamos de vernos y quedamos solo como amigos.

Compruebo si la línea se ha cortado cuando vuelve a hablar.

—¿Sois solo amigos? ¿Entonces qué mierda te frena?

—No lo vas a entender. —Recorro con el dedo una mancha de café que quedó en la mesa.

—Pruébame, anda.

Trago saliva.

—Miedo. Tengo miedo. Miedo a que me rechace otra vez y volver a sentirme como a los dieciséis años.

Miedo a que funcione, a que nos lancemos de cabeza y un día me engañe.

Y, sobre todo, miedo a que un día se canse, me mire de verdad y piense que soy demasiado intensa, demasiado ruidosa...

demasiado catastrófica para alguien tan perfecto como él.

—¿Y no te da más miedo quedarte toda la vida con la duda? —pregunta en un susurro—. Mira, yo ya he hecho todo lo que he podido. Piensa en lo que te he dicho. Te quiero, enana.

—Y yo a ti —alcanzo a decir antes de escuchar el pitido que anuncia que ha colgado.