Capítulo 53
Fran
El indicador LED de la webcam se apaga y, ni bien el silencio vuelve a reinar en el despacho, me masajeo las sienes y suelto el aire de los pulmones.
Está hecho. Killian Ward acaba de confirmar que moverán ficha a más tardar a finales de semana.
He salvado la firma. He jugado la partida y he ganado.
No llego a incorporarme de la silla cuando el teléfono vibra sobre el escritorio. El prefijo de Suecia parpadea en la pantalla. Contengo un suspiro, acepto la llamada y compongo esa voz de manual de gestión de crisis que ejecuto de forma automática.
—Aguirre. —Sven-Göran se traba como siempre al pronunciar la doble erre—. Sabes que no me gustan los rodeos —continúa en sueco—. Acabo de recibir un rumor sobre que Ward Capital piensa comprar tu empresa.
Tenso la mandíbula sin apartar la vista de la pantalla del ordenador. Pensé que tenía más tiempo para plantear una estrategia.
—Ha sido una maniobra muy heterodoxa —continúa.
—Era la única vía para retener el talento de la filial y evitar la liquidación de activos. Las proyecciones no cubrían el fondo de maniobra.
—No te llamo para pedir justificaciones.
—Dejando atrás el historial de los últimos cinco años, detecto un matiz parecido a la aprobación en el tono—.
El consejo valora la audacia. Has convertido un pozo de pérdidas en un coto de caza para Ward Capital sin comprometer la liquidez de Estocolmo.
La junta quiere que asumas el control de la negociación y te ofrece el puesto de director del departamento de Fusiones y Adquisiciones.
Lo que ponen sobre la mesa representa un techo profesional que no calculaba alcanzar en este plazo, un salto de nivel que en circunstancias normales me habría exigido otra década, pero que ahora implica volver a empaquetar.
Salvo por Unai, no queda nadie en el país que me obligue a echar raíces.
Aprieto los dientes al formular la afirmación, consciente de la falsedad en ese pensamiento.
Porque existe otra persona capaz de hacer que la perspectiva de regresar al frío del norte escueza.
El problema es que ella ha decidido abrirle la puerta a otro y yo...
yo sigo sin poner las cartas boca arriba en una partida que doy por perdida.
No. No tiene sentido forzar la situación cuando ha dejado claro que el inglés la hace feliz.
—¿Cuándo tendría que incorporarme?
—Lo antes posible. Puedes liderar el procedimiento desde aquí mientras te pones al día con el resto de operaciones.
—Necesito pensarlo.
—Tienes veinticuatro horas —zanja Sven—. Ward avanza rápido y, ya que has gestionado el primer contacto en persona y conoces los puntos débiles, debes ser tú quien pilote el proceso.
Tras prometer que mañana le daré una respuesta, termino la llamada.
Me dejo caer contra el respaldo y, en la bandeja de entrada del correo electrónico, aparece un nuevo mensaje con el contrato listo para ser firmado.
Un documento que me da acceso al olimpo corporativo que he perseguido desde que salí de aquel bloque de pisos donde pasé la infancia.
El destino perfecto que se supone que debía rescatarme de todo.
Me pongo en pie, agarro la americana junto a las llaves del coche y salgo del despacho.
—Me marcho. Cancela la reunión de hoy por la tarde, no vuelvo en todo el día —le informo a mi secretaria, que levanta la vista del teclado con el ceño fruncido.
El trayecto hasta la casa de Unai se me hace corto y eterno, una paradoja insufrible de semáforos en rojo y acelerones donde el motor ruge tanto como mis propios pensamientos.
Aunque sé lo que me va a decir mi amigo en cuanto le ponga el contrato de Estocolmo delante de las narices, ahora mismo necesito hablar con la única persona que me conoce de verdad.
Estaciono sin mucho reparo sobre la acera, frente a su fachada, me bajo dando un portazo y entro en la vivienda usando mi copia sin molestarme en llamar. La planta baja está desierta, así que subo los escalones de dos en dos mientras lo llamo a gritos.
Frunzo el ceño ante la puerta cerrada. La última vez que entré sin llamar a una habitación me costó superar la escena. Esta vez opto por golpear tres veces con los nudillos.
Transcurren varios minutos hasta que la puerta se abre. Unai aparece en el umbral con el pelo alborotado, la camiseta del revés y un rubor delator en las mejillas.
Retrocedo un paso, conteniendo la mueca. El escenario no deja lugar a dudas: o bien está con alguien o se estaba masturbando a mano cambiada.
—Te espero abajo —digo al tiempo que giro sobre mis talones.
Bajo la escalera a toda prisa, directo a la cocina, abro la nevera de un tirón y agarro la primera botella de cerveza. La destapo con la encimera y me tomo la mitad de un solo trago.
—¿No crees que es un poco temprano para ponerse a beber un día entre semana? —La voz de Unai resuena desde los pies de la escalera, donde aparece ya con la ropa bien puesta.
Sin mirarlo, levanto el brazo y le muestro el dedo corazón. Me bebo el resto y saco otra botella. Al llegar junto a la barra, se sube a uno de los taburetes altos y resopla.
—Venga, dispara. ¿Qué ha pasado?
Estoy a punto de abrir la boca para soltarle la bomba de Suecia, pero unos pasos ligeros me cortan la respiración. Delilah baja la escalera vistiendo una túnica de fantasía y se acerca con una sonrisa.
—Buenos días, Francisco. —Me dedica un saludo perezoso con los dedos y luego le da una palmadita suave en el hombro a mi amigo—. Aunque el sexo matutino limpia el chakra raíz, deja los cuerpos astrales un poco descentrados. Deberías quemar algo de salvia; te la dejé en la mesita de luz.
La cerveza se me desvía por el conducto respiratorio y el líquido me sale por la nariz. Delilah suelta un «hablamos luego» de camino a la entrada. Me limpio la cara con un trapo de cocina, con los ojos anegados por el ardor.
—¿Se puede saber qué coño ha sido eso? —digo, todavía entre toses.
Unai se frota la nuca, con una sonrisilla estúpida que no puede ocultar.
—Te lo cuento después. Primero explícame por qué a las once y media de la mañana de un lunes te estás pimplando mi suministro de alcohol.