Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

Cata

El zumbido del amplificador todavía me retumba en los tímpanos al llegar a la habitación del hotel. Mara tira la mochila sobre la moqueta.

—¡Ha sido el mejor día de mi vida! —Da saltitos sobre la cama con una energía envidiable que solo se explica si tienes dieciséis años y acabas de ver a tu grupo favorito a escasos metros del escenario—. Ha sido una puta locura, pero no he grabado nada de nada.

—Los conciertos son para disfrutarlos en el momento. —Me asomo desde el baño y me doy golpecitos en la sien—. Te ha quedado todo grabado aquí, que es lo que importa.

Saco un disco de algodón, lo empapo bien de agua micelar y empiezo a pasármelo por el rostro con la puerta abierta para no perderme el monólogo hiperactivo que repasa todo lo que hemos vivido. El rímel negro me deja unos churretes oscuros.

—Venga, saltamontes, ve apagando el motor y directa a dormir —le ordeno, retirando los últimos restos de maquillaje y tirando el algodón a la papelera.

Mara, vestida con un pijama bastante desgastado, se deja caer de espaldas sobre el colchón.

—Imposible. El cerebro me va a mil por hora, no me duermo ni de coña.

Después de apagar las luces, me deslizo bajo las sábanas y gimo de placer al estirar las piernas tras horas de saltos y pisotones.

—Ya verás cómo el cansancio físico te gana la partida en cuanto cierres los ojos un minuto.

—Es el segundo concierto al que voy. —Juguetea con el dobladillo del edredón—. El anterior era bastante más pequeño, en un local del centro. Fui con Knox.

Me incorporo y estiro el brazo para encender la lámpara de la mesilla de noche.

—¿Quieres hablar de eso? —le pregunto con la espalda apoyada en el cabecero de madera.

Tumbada, se muerde el labio sin apartar la mirada del techo.

—Te prometo que lo que me cuentes queda entre nosotras. Tu madre no se enterará de una sola palabra. A veces viene bien desahogarse con un adulto que esté fuera del drama.

Ella se gira despacio.

—Bueno, vale, aceptamos pulpo. —Me encojo de hombros—. Digamos que soy un intento de adulto con algo más de experiencia acumulada, mocosa. Anda, cuéntame.

Se incorpora, dobla las rodillas para sentarse en posición de indio y estrecha la almohada contra el pecho.

—A ver, todas sabíais que pasó algo entre Knox y yo, ¿no? O sea, ¿se notaba mucho?

—A ver, sutiles, lo que se dice sutiles, no fuisteis en absoluto —admito, esbozando una sonrisa—. En el grupo lo sabíamos, pero todas decidimos daros el espacio que necesitabais sin presionar.

—Pues me sigue doliendo un montón, y ha pasado ya más de medio año. No entiendo por qué sigue escociendo tanto si todo el mundo dice que el tiempo lo cura. Es una estafa.

—A tu edad, esas cosas siempre duelen con intensidad.

—¿A ti te pasó? ¿O sea, en plan mal?

Me recoloco el pijama.

—No puedo saber si es lo mismo porque no me has contado los detalles de vuestra historia, aunque es muy probable que cada dolor tenga su propia forma. Eso no significa que lo tuyo tenga que doler menos o que lo mío fuera más grave.

Aprieta la almohada.

—Empieza tú. En plan intercambio. Cuéntame tu historia y luego te cuento la mía.

Acepto el desafío y dejo escapar un suspiro largo, al darme cuenta de que acabo de meterme yo solita en esto.

—Está bien. En algún momento, poco después de cumplir los doce años, descubrí que estaba perdidamente enamorada del mejor amigo de mi hermano.

Abre los ojos de par en par.

—¿En serio? ¿El tío con el que nos hemos cruzado hoy? ¿El de la nariz rota?

—El mismo —admito—. Como yo era más pequeña, me pasaba los días espiándolos a escondidas cuando venía a casa y rellenaba páginas enteras de mis diarios con nuestros nombres dentro de corazones fluorescentes.

Sí, lo sé, resulta una cursilería insoportable que da vergüenza ajena, pero en aquella época todavía no me había calzado las botas militares ni me había convertido en la rebelde oficial de la familia.

No fue hasta los dieciséis, cuando Francisco se marchaba un año entero de Erasmus a Suecia, que reuní el valor y le grabé un CD con canciones que serían la banda sonora oficial de nuestra futura historia de amor.

—¿Un CD? —Arruga la nariz—. ¿En plan los discos esos redondos? Joder, Cata, sí que eres vintage .

—Oye, un respeto a la tecnología vintage , insolente.

En fin, dudé hasta el último segundo si dárselo o no.

Redacté una carta kilométrica donde volqué lo que sentía y la metí dentro de la caja de plástico.

Cuando me planté delante de él para entregársela, casi me muero.

Me olvidé de cómo respirar y estoy segurísima de que el tono de mi piel competía con el rojo de un camión de bomberos.

Le solté el regalo tartamudeando cuatro frases sin sentido, pero él me miró con una sonrisa tan dulce que me autoconvencí de que todo saldría bien.

En mis planes perfectos, aunque Francisco se marcharía ese curso, mantendríamos una relación a distancia.

Nos mandaríamos correos electrónicos y hablaríamos todas las noches por Messenger.

—Bua, ¿y qué pasó?

—Que, unos días después, Unai me devolvió la caja y me dijo que Francisco no la quería.

—El gemido de Mara es tan fuerte que seguro despierta a los de la habitación de al lado—.

Lo que siguió después fue la historia clásica: se me partió el corazón en mil pedazos al abrir la tapa y descubrir la carta.

Me pasé un día entero llorando a moco tendido metida en mi cuarto.

El mes siguiente fui un fantasma, hasta que la tristeza se transformó en vergüenza por el rechazo y, al final, la vergüenza dio paso a una rabia monumental.

Me prometí a mí misma que jamás volvería a dejar que nadie me pisoteara de esa manera.

Y así es como nació la Cata que conoces ahora, esta que va untada en aceite de pies a cabeza para que todo le resbale.

—¿Y volvió de Suecia? —pregunta en un susurro.

—Él se quedó en Estocolmo. No nos veíamos mucho, solo cuando venía de visita a España. ¿Quieres escuchar algo gracioso? Hace unas semanas me enteré de que él nunca llegó a leer la carta; es más, nunca tuvo ni idea de lo que yo sentía en ese momento.

—¿Qué dices? No me lo creo —suelta, pegando un bote—. ¿Y él sentía algo por ti? Dime que sí, porfa.

—No, cari, las cosas no funcionan como en las películas. Él me veía como a una hermana pequeña. Aunque ahora que por fin hemos aclarado el tema, sé que habría actuado de otra manera si hubiera sabido lo de la carta, ahorrándome bastantes años de rencor absurdo.

—¿Y no hay nada entre vosotros ahora? Porque vamos...

Me giro hacia ella.

—¿Entre nosotros? ¿De qué hablas?

—A mí no me vaciles, que os he visto. Dabais un poco de cringe .

—Solo nos liamos en Navidades. Fue algo sin importancia que ya terminó.

—Pues no tiene pinta de haber terminado para nada. El tipo ese te miraba con unos ojitos de pillado que flipas, y eso que iba chorreando sangre por la nariz.

—Anda, déjate de fantasías románticas y no me cambies de tema. —Le tiro una almohada—. Te toca cumplir tu parte del trato, saltamontes. Cuéntame qué pasó con Knox.

Ella la recoge y la coloca junto a la otra entre sus piernas.

—A ver... Le conozco de toda la vida, pero en plan invisible.

Nunca nos hacía caso ni a Vera ni a mí, hasta que el curso pasado la cosa cambió.

Coincidimos en una fiesta a la que Vera no pudo ir porque estaba mala o algo.

Yo estaba en una esquina superincómoda, me sentía desubicada, perdidísima y solo quería desaparecer y volver a mi casa.

Me recuesto y apoyo la cabeza en la mano.

—El caso es que él se fijó en que lo estaba pasando fatal y se acercó.

Al principio fue la típica charla para salir del paso y terminamos hablando horas.

Descubrimos que nos gustaban un montón de frikadas raras y me hizo reír tanto que se me olvidó la vergüenza.

A partir de ahí empezamos a coincidir más.

Un día quedé con Vera en su casa para estudiar, pero ella se retrasó mil horas en el dentista y me quedé a solas con él.

Yo pensaba que no me daría bola, sin embargo, se quedó conmigo y...

no sé, hablando y tal, nos besamos. Fue superrápido porque llegó Vera.

»Me entró un pánico horrible. Estuve un mes entero esquivándolo, inventándome excusas rarísimas cada vez que me buscaba, hasta que el tío se hartó.

Me acorraló en el pasillo del instituto y ahí empezamos...

a escondidas. Yo estaba aterrorizada de que Vera se enterase; adora a su hermano, pero es supercelosa conmigo y sabía que le iba a sentar como un tiro.

Cuando se enteró, pufff... Estuvo semanas sin hablarme.

Me dio un bajón tremendo, y me refugié aún más en él.

Vera es mi mejor amiga, pero lo de Knox era otro nivel.

No me juzgaba, aceptaba mis paranoias raras sin querer cambiarme.

—¿Y por qué se jodió todo?

—Porque le salió lo de la beca para estudiar en Boston.

Era una oportunidad brutal, pero el muy imbécil dijo que no quería irse.

Decía que las relaciones a distancia no funcionan y que prefería quedarse aquí por mí.

Tuvimos unas discusiones horribles, literal, nos gritamos de todo y...

al final fui yo la que destrozó todo. Como se puso tan pesado con que renunciaba a su futuro por mí, me dio un agobio tremendo y me hice la dura.

Le dije que, si a mí me dieran una beca así, tardaría medio segundo en hacer las maletas y largarme sin mirar atrás.

Al principio pensó que estaba de broma, pero en la última bronca se cansó, me miró superfrío y me dijo que, si de verdad era tan egoísta, no me conocía para nada.

Que se había enamorado de una Mara que no existía y que entonces nunca me había querido.

—Las lágrimas le surcan las mejillas—. Se fue a Boston. Y yo me quedé aquí hecha una mierda.

Me levanto y, al llegar junto a su cama, le doy un golpecito en el muslo.

—Venga, hazme un hueco.

Arrastra las piernas y me deja espacio. Una vez acostada a su lado, paso el brazo por debajo de sus hombros y la atraigo hacia mí, dejando que se apoye en mi pecho mientras el cuerpo le tiembla por el llanto. Le acaricio el pelo despacio.

—Aunque ahora mismo te parezca que es el fin del mundo y sientas que te vas a quedar con ese agujero para siempre, te aseguro que los corazones se curan —susurro—. Tardan lo suyo, se quejan y a veces dejan unas cicatrices rarísimas, pero curan. Solo recuerda que no tienes por qué pasarlo a solas.