Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 51
85%

Capítulo 51

Fran

El viento helado de Madrid me golpea la cara en cuanto cruzo las puertas acristaladas del hotel Westin Palace.

El acuerdo preliminar con Ward Capital ha quedado encauzado tras una negociación intensa en una sala privada, donde Killian Ward ha demostrado tener el colmillo tan afilado como decían los rumores.

Todo el proceso de negociación me ha proporcionado la justificación perfecta para evitar las comidas de los domingos.

De lo que no he conseguido librarme es de la torre de táperes que Iratxe me envía a través de Mikel cada semana.

Avanzo a paso rápido hacia la esquina, cuando una silueta familiar me obliga a clavar los talones en la acera.

A unos diez metros de distancia, junto a un paso de peatones, una melena oscura sobresale entre la marea de gente que cruza la calle con las bufandas subidas hasta las orejas.

Lleva esa chupa de cuero desgastada que tanto le reclamé el otro día.

Parpadeo con fuerza, convencido de que la falta de sueño me está jugando una mala pasada y he empezado a proyectar la imagen de Cata sobre cualquier silueta que se cruce en mi camino, pero cuando se gira para señalar un escaparate, salgo de dudas. Es ella.

El corazón se me desboca contra las costillas y, sin pararme a calcular las consecuencias, acorto la distancia antes de perderla entre la multitud.

—¡Cata! —Estiro el brazo para sujetarla a la altura del codo.

Ella se gira sobre los talones y su puño cerrado impacta de lleno contra mi tabique. El crujido me reverbera en el interior del cráneo.

Retrocedo dos pasos, desorientado por el fogonazo de dolor que me dificulta la visión. El flujo de sangre que se me escurre entre los dedos mancha la camisa que estrené para la reunión.

—¿Pero qué coño haces tú aquí? —brama, con el pecho agitado y los ojos abiertos de par en par.

A su lado, una adolescente con vaqueros rotos y auriculares colgados del cuello se dobla por la mitad, ahogada en carcajadas.

—Hacía bastante que no me golpeabas la nariz —protesto con voz nasal—. No lo echaba de menos en absoluto.

La expresión de Cata se suaviza. Abre el bolso y rebusca hasta extraer un paquete de pañuelos de papel.

—Presiona fuerte y echa la cabeza un poco hacia delante —me ordena, agarrándome por la manga para apartarme del paso.

Obedezco en silencio, intentando cortar el sangrado. Cuando compruebo que la hemorragia está bajo control, retiro el pañuelo manchado.

—¿Qué haces en Madrid? —vuelve a preguntar.

Señalo el hotel del que acabo de salir.

—Tenía una reunión importante. ¿Y tú?

—Venimos a un concierto —interviene la adolescente antes de que Cata responda—. Ha sido mi regalo de cumpleaños.

—Eres la hija de Héctor, ¿no?

—Sí, soy Mara. —Me dedica una sonrisa de oreja a oreja.

Cata le pasa una mano por el hombro y nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué decir a continuación.

—Bueno, si queréis, podemos ir a tomarnos algo por aquí cerca y así charláis un rato tranquilos. —Mara pasea la mirada entre los dos.

—No quiero interrumpir vuestro viaje de chicas —digo.

—Además, seguro que Francisco está ocupadísimo —añade Cata.

La chica resopla con fuerza y pone los ojos en blanco.

—Paso de vuestro rollo. Voy a entrar a esa tienda de ahí a bichear una camiseta que he visto en el escaparate. No os mováis de la esquina.

Se da la vuelta sin esperar y se pierde en la tienda.

—No has ido a comer las últimas semanas —suelta Cata después de lo que parece una eternidad—. Mi madre está preocupada.

—He estado liado con el trabajo.

—Vaya. —Se muerde el labio inferior—. Y yo que pensaba que habías dejado de ir por mí.

Durante una fracción de segundo contemplo la posibilidad de capitular, de admitir que su hipótesis es acertada y que era incapaz de presenciar su intento por encajar en el molde del inglés.

Pero la realidad me frena; está con Sean, las cosas entre ellos avanzan y yo no pinto nada saboteando su aparente estabilidad.

—Parece que tu fase de experimentación con el estilo bibliotecaria ha pasado —replico para desviar el tema.

Suelta una carcajada y toca las solapas de la cazadora.

—Sí, bueno. Al final, lo de madurar está bastante sobrevalorado.

Voy a responderle, con la frase ya lista en la punta de la lengua para picarla un poco más, pero se me adelanta.

—Tengo que entrar a ver qué hace —dice, echando un vistazo de reojo a la cristalera—. Si le pasa algo, Leire me mata y Blanca le ayuda a deshacerse del cuerpo.

Levanto una ceja y abro la boca, pero vuelve a cortarme.

—No preguntes.

Nos quedamos parados en mitad de la acera, sin saber cómo despedirnos. Al final, ella se acerca y me da dos besos en las mejillas que me traen de vuelta el perfume que tanto extrañé.

—Me ha gustado verte —le digo, incapaz de guardarme esa verdad.

Me da un apretón en el brazo. El violeta metálico de sus uñas contrasta con el negro de mi abrigo.

—No desaparezcas. Espero verte el fin de semana que viene en casa de mis padres.

Le dedico una sonrisa a medias y ella se da la vuelta, entrando en el local sin mirar atrás.

Me toco la nariz con cuidado, compruebo que los dedos no estén manchados de sangre y me mezclo con la multitud.

A pesar de la molestia física y del frío, registro un alivio en el tórax.

El balance no es del todo negativo. Guardo el pañuelo en el bolsillo, en vez de tirarlo a la primera papelera que encuentro, y sigo caminando hacia el hotel con la sangre todavía punzándome en el tabique.

Quizá sí que me pase a comer el domingo.