Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Cata

Paso la brocha por el párpado para difuminar los bordes de la sombra marrón hasta lograr que el resultado parezca discreto.

Ozzy, tumbado en la cama, levanta las orejas.

—No me juzgues, traidor. —Lo apunto con el pincel antes de dejarlo dentro del estuche—.

Solo me apetece probar cosas nuevas. Explorar facetas de mi personalidad que estaban ocultas bajo toneladas de cuero y tachuelas, que ya va siendo hora.

Y si resulta que este estilo más suave le encanta a Sean, pues oye, mejor que mejor, ganamos los dos.

El timbre del telefonillo lo hace gruñir.

Me paso la yema del dedo por debajo del labio inferior pintado de rosa pastel para retirar el exceso.

Apago la luz del baño de un manotazo, camino hasta el aparato y, tras anunciar que bajo en un momento, cojo el abrigo de paño del perchero, agarro el bolso y me vuelvo hacia mi fiel compañero peludo, que ha cambiado la cama por el sofá.

—Pórtate bien y no te comas las zapatillas nuevas. —Le lanzo un beso al aire y salgo hacia otra cita perfecta.

En la calle, me encuentro a Sean apoyado en su coche. En cuanto me ve, se le ilumina el rostro, da un paso al frente para abrirme la puerta del acompañante y me recorre con una mirada cálida antes de hablar.

—Estás espectacular.

Le sonrío y me deslizo en el asiento, que huele a tapicería nueva y a su perfume.

El trayecto transcurre con tranquilidad, arrullados por una melodía de jazz instrumental que suena a un volumen que permite conversar sin esfuerzo, aunque yo prefiero limitarme a asentir y a comentar lo agradable que está la noche.

Aparca frente al restaurante y, al entrar, me coloca la palma en la parte baja de la espalda para guiarme tras los pasos de la recepcionista que nos acompaña hasta una mesa apartada.

Las comisuras de los labios se me estiran hacia arriba cuando me aparta la silla.

Despliego la servilleta, la coloco sobre el regazo y controlo el impulso de apoyar los codos en la mesa.

A los pocos segundos nos entregan las cartas.

Sean pide una Fanta de naranja y, aunque siempre me insiste en que no tiene ningún problema con que yo tome alcohol, a mí me da un corte tremendo.

Así que, a pesar de que cada célula de mi cuerpo clama a gritos una copa bien fría de verdejo, me decanto por un agua; eso sí, con hielo y limón.

—¿Y qué tal tu primer día en la biblioteca? —le pregunto una vez que terminan de tomarnos nota.

La hilera de dientes perfectos que bien podrían anunciar un dentífrico de alta gama brilla bajo las luces del local.

Sí, trabaja en la biblioteca. Lo sé, la ironía de la vida es maravillosa y el universo se ríe en toda mi cara.

—Increíble. El personal es encantador y el archivo histórico que manejan es una auténtica delicia. De hecho, estoy en contacto con el teatro municipal para diseñar un evento conjunto en primavera que fusione la lectura de clásicos con microteatro. Creo que va a tener una acogida estupenda.

Asiento mientras él desgrana los pormenores del proyecto. Es una conversación estimulante, enriquecedora, el tipo de charla que una persona madura aspira a tener durante una velada romántica.

El camarero deposita el solomillo con reducción de vino tinto frente a él y mi lubina al horno con delicadeza.

—Tiene una pinta fabulosa —comenta Sean.

Por suerte, no ha vuelto a robarme comida del plato.

Corta un trozo de carne y me lo ofrece con un «prueba», sosteniendo el tenedor con un pulso envidiable.

Esto me pasa por haberlo pensado. Acepto el trozo y mastico despacio, asintiendo para confirmar que la carne está en su punto, pero se me hace bola porque estoy interpretando el papel de la novia dócil con tanta precisión que asusta.

Aquí no hay piques. No hay fuego cruzado, ni réplicas mordaces que me obliguen a mantener la mente en alerta, ni tensión que me haga morder el labio.

Todo es tan correcto y predecible que resulta insípido.

Trago el maldito bocado que se me ha quedado atravesado en la garganta y le doy un sorbo largo al agua con limón.

—Extrañaba muchísimo España; el ritmo, la calidez de la gente... No hay nada parecido.

Estoy a punto de soltar un comentario subido de tono sobre «la calidez» de los españoles, pero me muerdo el interior de la mejilla a tiempo. En su lugar, sonrío.

—Sí, la calidad de vida aquí es fantástica. —Intento que la voz no me suene demasiado artificial.

—Desde luego. Es un lugar ideal para sentar cabeza y formar una familia.

El tenedor se queda suspendido a medio camino de mi boca.

Se supone que esto es lo que llevo persiguiendo desde que Víctor me dejó el corazón hecho añicos, sobre todo después de pasar años encadenando una cita desastrosa tras otra con tíos impresentables.

He buscado un hombre con el que construir algo sólido, alguien que no se asuste ante la idea de compartir una vida real, y ahora que tengo delante al candidato idóneo abriéndome de par en par la puerta a esa estabilidad soñada, noto un vacío extraño en el estómago, un hueco frío que no sé de dónde sale y que se niega a llenarse con toda esta perfección.

—El clima aquí es estupendo.

La sonrisa de Sean flaquea un momento, luego extiende la mano sobre la mesa y me roza los dedos con suavidad.

—Sé que no hemos hablado de manera formal sobre lo que hay entre nosotros, pero me gustaría dar un paso más. Me pareces una mujer atenta, amable, la clase de persona con la que me veo compartiendo ese futuro del que te hablaba.

Un hormigueo me trepa por la nuca. Joder.

Agarro el vaso de agua con la mano libre y le doy un trago largo, deseando con todas mis fuerzas que el líquido transparente fuese vodka puro para adormecer la culpa que me quema por dentro.

A esto se le llama tirar a la basura el ideal de felicidad que llevo persiguiendo desde hace años.

El novio perfecto, la estabilidad, el futuro idílico sin sobresaltos. Todo directo al camión de los residuos.

Dejo el vaso, entrelazo mis dedos con los suyos y reúno valor para no salir corriendo del local.

—Sean, creo que tenemos que hablar.

Él parpadea, asiente despacio y espera a que continúe sin soltarme.

—Eres maravilloso… —empiezo, con un nudo molesto en la garganta.

—Pero.

Le dedico una sonrisa ladeada.

—Pero, aunque eres perfecto, me he dado cuenta de que lo perfecto no va conmigo. Yo soy caos, un desastre que tropieza con su propia sombra, y cuando estoy contigo, siento que todas esas partes de mí desaparecen. Me diluyo para encajar en una versión que no es la mía.

—Catalina, yo no espero que cambies nada. No quiero que desaparezca tu esencia, te quiero tal y como eres.

—Lo sé. —Los ojos me escuecen—. Sé que no lo haces aposta, que no es culpa tuya en absoluto.

Es algo mío. Creo que debemos estar con alguien que saque a relucir nuestro auténtico yo, la versión más libre de nosotros mismos, y cuando estoy a tu lado, me esfuerzo tanto por ser la novia ideal que me olvido de quién soy.

No quiero darte esperanzas; no te mereces que te haga perder el tiempo de esa manera.

Se queda callado unos instantes, suelta el aire despacio, me libera con delicadeza y se pasa los dedos por el puente de la nariz antes de volver a mirarme.

—Entiendo. Duele, no te voy a mentir, pero agradezco tu sinceridad. —Se aclara la garganta—. ¿Crees que podríamos seguir siendo amigos?

Inhalo y sonrío.

—Me encantaría. De verdad, me caes genial y me pareces un tío estupendo. Espero que encuentres a una chica que te haga feliz porque te lo mereces de sobra.

Apoyo la espalda en el respaldo de madera, tomo aire y noto cómo los hombros se me relajan, liberados de esa pesada armadura invisible que me obligaba a mantener una compostura artificial. Es una sensación extraña.

Hago un gesto para llamar al camarero y le pido un gin tonic.

Sean suelta una carcajada, la primera risa espontánea que le escucho en semanas, y el vacío en el estómago empieza a desaparecer, sustituido por una ligereza que me recorre el cuerpo.

Por un segundo, el rostro de Francisco arrinconándome en la cocina y repitiendo que estaba matando el verdadero yo me cruza la mente, trayendo un eco incómodo de sus palabras.

Sacudo la cabeza de inmediato para espantar el pensamiento y vuelvo a centrar la atención en el hombre que tengo delante, que me observa mostrando un brillo divertido que no le había visto en toda la velada.

Planto los codos en la mesa sin pizca de vergüenza, saltándome por fin el protocolo que tanto me ha costado mantener, y le devuelvo la sonrisa.

Vuelvo a ser la misma Catastrófica de siempre, un imán andante para los desastres. Cuando me dejan la copa, brindo en silencio por recuperarme a mí misma.