Capítulo 49
Fran
Le doy un trago a la cerveza. Todo habría sido excelente si no hubiera estado pendiente de Catalina.
Estaba guapísima, aunque había algo extraño en su actitud que no terminaba de encajar.
No parecía ella misma. No solo le faltaba esa línea negra y gruesa que suele pintarse alrededor de los ojos, sino que también se movía con una delicadeza excesiva que me irritó.
Mi incapacidad para mantener la vista alejada de ella llamó la atención de Sean, que me pilló en un par de ocasiones.
Termino la cerveza y aprovecho el trajín que llega desde la cocina para huir de mis propios pensamientos.
—¿Te echo una mano con eso? —le pregunto a Iratxe, que saca una fuente del horno.
—Me viene de perlas. Puedes trocear el pollo, por favor —responde sin frenar el ritmo—. ¿Cómo va todo?
—El trabajo marcha bien, hay algunos proyectos interesantes.
Es una verdad a medias; la empresa sigue con el agua al cuello, pero el primer contacto con el enlace de Ward Capital ha ido mejor de lo que esperaba.
—No te estaba preguntando por la empresa, Francisco, sino por la vida. Por ti. Necesitas salir de esa oficina, despejarte y conocer gente nueva.
—Conozco gente. —Clavo el cuchillo entre la pechuga y el hueso.
—Nosotros cuatro no contamos.
—Ayer estuve en una barbacoa llena de desconocidos y me pasé la tarde charlando con el grupo de amigos de Unai, así que cumplo el cupo mensual de interacción.
—¿Y no hay ninguna chica mona por ahí?
La mandíbula se me tensa al recordar a Catalina el día anterior.
—Cariño... no pasa nada si eres gay. —Toso al ahogarme con mi propia saliva, pero ella continúa sin hacerme caso—. Te queremos y no tienes que ocultarte de nosotros a estas alturas.
—No, no lo soy —digo en cuanto recupero la respiración. Un calor insoportable me irradia por el cuello—. Gracias igual por la aceptación.
—Siento ser tan pesada. —Sacude la cabeza—.
Unai y Catalina siempre me repiten que soy una metomentodo, pero es que no me entra en la cabeza cómo ninguno de mis tres niños ha encontrado todavía a esa persona especial.
Solo me gustaría ver que tenéis a alguien al lado.
Porque por mucho que a veces me den ganas de estrangular a Mikel, la vida compartida es muchísimo mejor y me encantaría que vosotros tuvieseis eso.
Aunque prometo no meterme más en tus asuntos.
La miro con una ceja levantada.
—Bueno, no me meteré más por hoy —rectifica de inmediato.
Dejo el cuchillo, doy un paso hacia ella y la abrazo.
—Gracias —le susurro al oído—. Gracias por acogerme en esta casa y por hacerme sentir parte de vuestra familia.
—No podría haber sido de otra forma. —Me da unas palmadas cariñosas en la espalda—. Anda, termina con el pollo, que se hace tarde y, si la carrera empieza, perdemos a los dos del salón.
La puerta principal al cerrarse me detiene con el cuchillo a medio camino.
—¡Ya estoy aquí, familia! —El grito de Cata resuena en el recibidor.
El corazón me da un vuelco estúpido contra las costillas y fuerzo a los músculos de la cara para mantener la expresión neutral.
Aparece con unos pantalones negros de vestir y una americana gris. Ozzy entra como un torbellino y derrapa en las baldosas.
—Hola, ama. —Le da un beso en la mejilla antes de que salga hacia el comedor con la ensalada.
—Pensé que traerías a Sean —suelto al ver que no hay nadie con ella.
Apoya la espalda en el borde de la nevera, cruza los brazos sobre el pecho y deja escapar un bufido.
—Con presentarle a todo el grupo ayer, por este fin de semana fue más que suficiente. Si lo traigo también al almuerzo familiar, lo espantaría.
—Ya, y no queremos eso —murmuro.
Por suerte, Mikel brama desde el salón que la vuelta de formación está a punto de empezar.
La comida transcurre con la inercia ruidosa de siempre.
Nos sentamos a la mesa con las pullas habituales que Unai y ella se lanzan casi por reflejo, un fuego cruzado en el que me limito a intervenir lo justo para no levantar sospechas.
Mikel acapara la mitad de la conversación, detallando los avances en su última maqueta.
Cuando los platos quedan limpios, Iratxe se disculpa con un bostezo de camino a la escalera. Mikel y Unai se instalan en el sofá, absortos en la pantalla, donde los coches rugen.
Al regresar a la cocina cargado con los últimos vasos, encuentro a Cata agachada junto al comedero, desmenuzando las sobras de carne en el plato de Ozzy, que tiembla de la emoción con las orejas tiesas. Me apoyo en el marco de la puerta y le doy un repaso lento a su culo perfecto.
—Así que es demasiada presión para el inglés conocer a tus amigos y a tu familia el mismo fin de semana.
—Nos estamos tomando las cosas con calma, ¿vale? —Se incorpora despacio y se lava las manos.
—Ya, se nota. —No logro contener la mueca—. ¿De aquí te vas directa a una entrevista de trabajo para bibliotecaria de los años noventa?
—Vete a la mierda. —Cierra el grifo de un golpe y se gira hacia mí.
—Hablo en serio. ¿Dónde han quedado las pulseras de tachuelas, la cazadora de cuero y el estilo punk?
—Era hora de crecer.
—Venga ya. —Me muevo un paso hacia ella, incapaz de quedarme de brazos cruzados—. Estás matando a Catastrófica .
Las mejillas se le tiñen de un rojo intenso.
—No estoy matando nada. Y no entiendo por qué demonios te jode tanto si te pasaste la mitad de la vida quejándote de ella. La odiabas. Deberías estar celebrando que por fin me comporto como una persona normal.
La arrincono contra la encimera hasta notar el calor de su respiración acelerada contra mi pecho.
—Nunca odié esa parte de ti. Al contrario. —Le sostengo la mirada—. Ya te confesé que para mí las pullas siempre fueron un juego. Siento que para ti fuesen una tortura medieval, pero no puedes negarme que eran divertidas. Al menos nos mantenían la mente ágil.
Traga saliva, desvía los ojos hacia mis labios y asiente de forma casi imperceptible.
—No dejes que ese tío te cambie —insisto.
—No estoy cambiando por él. —Las palmas de sus manos contra mi pecho buscan marcar distancia, aunque consiguen todo lo contrario.
—No te mientas. Estás intentando ser alguien que no eres para encajar con un hombre.
—Tú no tienes ni puta idea de quién soy yo porque no nos conocemos de nada. Haber follado no te da derecho a creer que me tienes calada.
—Follar contigo no hace que te conozca, no, pero sí te conozco.
Sé quién eres. Sé que Catalina es impulsiva, que no tiene filtro ni freno de mano, que es divertida, patosa y un imán andante para las catástrofes de cualquier calibre.
Y sé que le importa una soberana mierda lo que piensen los demás porque se ama tal y como es.
O, al menos, esa era la tía que yo conocía.
Desde que sales con ese inglés estirado, te has convertido en otra persona.
Has dejado de ser ella . Y la quiero de vuelta.
Se queda con la boca entreabierta un momento antes de empujarme con fuerza.
—Me importa una mierda lo que tú quieras. ¿Estás seguro de que no es tu puto ego herido porque no eres el centro de atención?
—¿Y tú? ¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
—¡Sí! Estoy empezando algo con Sean. Es el hombre perfecto.
—Puede que lo sea. —Aprieto las manos en puños para no tocarla—. Pero te aseguro que no es el hombre perfecto para ti.
Doy media vuelta, cruzo el pasillo a zancadas, cojo el abrigo del perchero y salgo de la casa sin despedirme de nadie.
Una vez dentro del coche, me quedo con las manos apoyadas en el volante. ¿Qué cojones acaba de pasar ahí dentro? ¿Por qué he perdido el control del diálogo? Sacudo la cabeza y arranco el motor.
La conversación con Iratxe adquiere una claridad acojonante.
Su teoría sobre encontrar al compañero de ruta, a esa persona que hace la vida mejor a pesar de las turbulencias...
En su momento evité asociar un rostro al concepto.
Pero ahora, con el pulso desbocado y la imagen de Catalina retenida contra la encimera, comprendo que, si debo elegir a una persona, sería ella.
Con su caos, sus piques y su absoluta falta de contención.
El inconveniente es que ella no comparte lo mismo.
Está demasiado ocupada fabricando una versión pulida de sí misma para complacer a otro, y me resulta insoportable verla desdibujarse.
Tengo que apartarme. Mantener la proximidad mientras sale con ese tipo no reporta ningún beneficio y tal vez, si me distancio, este dolor persistente que me oprime el tórax desaparezca.