Capítulo 48
Cata
Me seco las palmas en el abrigo por cuarta vez desde que toqué el timbre. La presencia de Sean detrás de mí no me ayuda para nada.
Tú estarías igual si estuvieses a punto de presentarles a tus amigos al chico con el que te estás viendo.
No, seguimos sin ser pareja oficial, pero a esta edad eso ya ni se pregunta, ¿no?
¿O es que deberíamos tener esa conversación?
Mierda, no me líes ahora, que ya tengo suficiente con el pánico de que Sean no salga corriendo al conocer a todo el mundo de golpe.
No he empezado ni a hiperventilar cuando la puerta se abre y Emma aparece ante nosotros.
—¡Cata!
—¡Hola, campeona! —La abrazo—. ¿Cómo fue el primer partido del año?
—Empatamos a dos —responde, apartándose el flequillo de la cara—, ¡pero metí un gol!
—¡Esa es mi chica! —Le choco los cinco con entusiasmo antes de dar un paso a un lado—. Sean, ella es Emma, una de las niñas de Leire.
Mi acompañante le tiende la mano con una sonrisa y prescinde del tono condescendiente que los adultos suelen usar con los niños y que detesto.
—Encantado. He oído que eres una delantera letal en el campo.
—¿Dónde está tu madre? —le pregunto cuando nos invita a pasar.
—Están todos fuera.
De camino a la cristalera nos cruzamos con Mara. Me cuelgo de su cuello y la hago tambalearse.
—¿Preparada para el concierto de tu vida? —le susurro al oído con tono conspirador.
—¡No puedo esperar más! —chilla—. Tengo la cuenta atrás en el móvil y quedan...
—¡Shhh! —la interrumpe Emma—. No hables de eso cerca de mamá, que le va a dar un ataque.
Presento a mi acompañante y, tras los saludos de rigor que vuelve a superar con nota, salimos al jardín.
El olor a carbón y carne asada flota en el aire. Cerca de la casa, Leire y Blanca revolotean alrededor de una mesa con cuencos de ensaladas, salsas y un arsenal de patatas fritas. Al fondo, junto a la barbacoa, Héctor, Paolo, Damián y Yorik charlan, botella de cerveza en mano.
Sujeto a Sean del brazo con suavidad y avanzo hacia mis amigas.
—Hola, chicas. —Ambas dejan lo que están haciendo para volverse hacia nosotros—. Él es Sean.
—Soy Leire —le dice antes de darle dos besos—. Por fin te ponemos cara.
—Un placer. He traído esto. —Le tiende una botella de vino.
—Muchas gracias, todo un detalle.
—A nosotros nos presentó en el mercadillo —añade Blanca—, aunque en realidad todas sentimos que te conocemos de sobra porque Cata no ha parado de hablar de ti estas últimas semanas.
Él ríe con ganas.
—Espero estar a la altura de las expectativas, entonces.
—Si quieres, te acompaño hasta la barbacoa y te presento al sector de los chicos para que te den algo de beber —se ofrece Leire, señalando al grupo del fondo—. Te aseguro que son inofensivos.
—Me parece un plan excelente. —Me da un beso rápido en la mejilla y susurra—: Ahora vuelvo, no me eches de menos.
—¡Oye! —le grito mientras se aleja—. Piénsalo dos veces antes de tocar el tema del fútbol con Héctor. Como descubra que juegas, te capta para su secta de maduritos que fingen que corren.
Me regala una sonrisa de medio lado antes de integrarse en el grupo, donde enseguida le abren hueco y le encasquetan un tercio.
—Pues parece simpático —comenta Blanca.
—Es genial. —La tensión en los hombros se me afloja, al ver que la primera fase de la tarde ha salido a pedir de boca—. ¿Y tú? ¿Qué tal con Damián?
—Bien. Hablamos las cosas y todo ha vuelto a su cauce.
La conozco lo suficiente como para saber que ese «bien» arrastra demasiados matices. Unos alaridos rompen la paz del jardín.
Mara y Vera, la hija de Ana, se acaban de encontrar en mitad del patio y se saludan saltando como si no se hubieran visto en una década, aunque no han pasado ni doce horas separadas.
Ana avanza hacia nosotras con paso firme, seguida de cerca por Isaac, que carga con una nevera portátil bastante pesada. Mi amiga pone los ojos en blanco.
—Estoy deseando que pase esta maldita adolescencia de una vez —masculla Ana—. Esos chillidos no son de personas normales, os lo juro. Me van a dejar sorda.
Isaac deja la nevera en el suelo.
—Pues todavía falta Gala por llegar a esa edad, cariño —le suelta él, ganándose una mirada de absoluto odio por parte de su mujer que nos hace reír a Blanca y a mí al instante.
Isaac rodea la cintura de Ana con un brazo y le da uno de esos besos que delata que están en esa fase inicial donde el mundo exterior es mero decorado.
—La reina del hielo, señoras y señores, se está derritiendo a marchas forzadas delante de nuestras narices. Quién te ha visto y quién te ve, querida.
—Voy a comprobar cómo están las costillas, que huelen de vicio —anuncia Isaac, recogiendo la nevera del suelo, y Ana me enseña el dedo corazón.
—Están esperando las provisiones que has traído, escritorcito —le dice Leire al llegar junto a nosotros—. Oye, Cata, qué barbaridad. Menudo partidazo es. Educado, guapo, simpático... Te has coronado.
Ana mira hacia la barbacoa, donde Sean se ríe de algún chiste de Paolo, y ladea la cabeza.
—Habrá que verlo bajo presión. En cuanto lleve un par de cervezas encima, me acerco a hacerle el tercer grado.
—Ni sueñes con ahuyentármelo. —Le doy un codazo.
Ana se frota el costado donde la he golpeado y me recorre con la mirada.
—Estás rara. Hay algo diferente y no logro averiguar qué es.
—Es el vestido —interviene Blanca.
—No, es otra cosa.
—Se llama felicidad —replico con mi mejor sonrisa—. La radiante energía de haber encontrado al fin un tío que vale la pena y no tiene taras emocionales muy evidentes.
—Que no. —Ana chasquea los dedos y me señala a la cara—. ¡No llevas la raya del ojo pintada de negro!
Mierda. Contengo cualquier microexpresión sospechosa.
—Ah, eso —digo—. Es que el otro día pasé por el centro comercial y una chica de un stand me regaló una muestra de una base de maquillaje nueva. Estoy probando un estilo más limpio. Ya sabéis que se acercan los cuarenta.
Las tres cogen aire a la vez, listas para desarmar la excusa barata que acabo de darles, pero, por suerte para mi salud mental, la voz de mi hermano rasga el aire desde el porche y capta la atención de todos.
—¡La alegría de la fiesta ha vuelto! —brama con los brazos abiertos apoyados en las muletas.
Suelto un suspiro tan largo que casi me desinflo. Sin embargo, me dura lo que tardo en descubrir quién está detrás. La sonrisa se me congela en los labios y el estómago se me contrae al ver a Francisco.
Mierda. Desde el absoluto papelón del fin de semana pasado —ese lleno de vómitos, confesiones traumáticas de la adolescencia y lágrimas derramadas—, no nos hemos vuelto a cruzar.
Y ahora mismo, con Sean aquí y mis amigas analizándome milímetro a milímetro, lo último que necesitaba para mantener la fachada de mujer adulta funcional era tener que gestionar la incómoda presencia del Innombrable.