Capítulo 47
Fran
Las siete y cuarto de la tarde es esa hora muerta en la que las pantallas de los ordenadores están apagadas y el silencio invade la planta.
Hace al menos cincuenta minutos que los últimos rezagados han bajado en tropel a inaugurar el afterwork en el bar de la esquina.
Creo que se turnan para asomarse por mi despacho y lanzar la invitación de rigor, un trámite que declino con una sonrisa diplomática porque las fronteras profesionales responden a criterios de estricta necesidad.
Apago el monitor, alineo las carpetas y descuelgo la americana del perchero metálico. De camino al ascensor, le envío un mensaje rápido a Unai para preguntarle si prefiere que me pase a comprar algo de cenar. La respuesta tarda apenas dos segundos con un escueto «Cubierto. Ven directo».
El trayecto en coche se me hace interminable, atrapado en el tráfico. En cuanto pongo un pie en el recibidor, el olor a sofrito de cebolla y pimiento me golpea de lleno. Me acerco a la cocina, donde Unai vigila una cacerola humeante.
—¿La mítica salsa de tu madre? —le pregunto, tomando asiento en una de las banquetas de la barra.
—La misma. —Baja el fuego y me mira de reojo—. Pasó a dejarme provisiones para un mes. Ahora que Cata ha vuelto a su piso, mi madre está convencida de que voy a morir de inanición, como si mi hermana fuera una chef con estrella Michelin y me hubiera tenido a base de solomillos.
Un nudo se me instala en el pecho.
—No sabía que se mudaba ya.
—Sí, de hecho, ha venido a por las maletas. —Sirve dos platos generosos de pasta—. Tenía prisa. Había quedado a cenar con Sean.
La presión se intensifica hasta restringirme el aire. Desvío la atención para evitar que mi amigo note el cambio de expresión. Me tiende un tenedor antes de acomodarse a mi lado y atacar su ración.
—Te he dicho que vinieras porque quería comentarte una cosa —dice después de tragar—. He movido algunos hilos y he dado con una vía bastante interesante para la financiación de tu empresa.
Arranco un pedazo de papel de cocina para limpiarme la boca y le paso otro a él.
—Te escucho.
—¿Te suena de algo Ward Capital?
—Claro que me suena. Se dedican a comprar empresas en apuros para desmantelarlas por piezas y vender los restos al mejor postor.
—Pues resulta que un compañero de la facultad trabaja con ellos y están cambiando el enfoque. Están buscando oportunidades en España y mi colega cree que tu empresa encaja de lleno.
Le doy vueltas al cubierto entre los dedos.
—No pierdes nada por tantear el terreno —continúa—. Eso si de verdad tienes intención de quedarte aquí y no estás pensando en sacar el billete de vuelta a Suecia en cuanto te lo propongan. Porque sabes que lo harán, ¿no?
Evalúo el coste de situarme en el radar de una firma con semejante historial. Aceptar los condicionantes de un fondo como Ward Capital equivale a venderle el alma al diablo a cambio de un fajo de billetes, pero la alternativa es peor.
—Supongo que no pierdo nada por escuchar lo que tienen que decir —admito—. Solo espero que no me explote en la cara.
Unai sonríe y me da un golpe amistoso en el hombro.
—Me alegra escuchar eso. Ahora que por fin has vuelto, no tengo ninguna intención de dejar que te largues otra vez. Es genial tenerte de nuevo por aquí.
—Deja de ser un blandengue.
Me hace una peineta y se mete una cantidad insana de pasta en la boca. Aprovecho para cambiar de tema.
—¿Qué tal la vuelta al trabajo? Aunque sea en remoto, tiene que costar arrancar después de tanto tiempo.
Traga a duras penas.
—Superbién, aunque ya estoy hasta los huevos de apagar fuegos ajenos a todas horas. A veces me pregunto si la incompetencia de la gente es un don natural o requiere algún tipo de entrenamiento.
—Te entiendo. Hoy mismo, en la reunión de las diez, he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar por encima de la mesa y ahorcar con mis propias manos a uno de los asesores fiscales.
Me señala con el tenedor cargado de comida, con las mejillas hinchadas.
— Fo fiemfre me imafino ufando una fatana .
Arrugo la nariz al visualizar el escenario.
—No, una catana ensucia demasiado. El presupuesto de limpieza se nos iría a la mierda en la primera semana.
—Eso es justo lo que mola, tío.
Nos pasamos el resto de la comida imaginando escenarios cada vez más gore.
—Anda, tira para el salón a preparar la partida; yo me encargo de limpiar esto. Llevas demasiado tiempo de pie forzando la pierna.
—Eres un jodido sargento, Aguirre —protesta y se apoya para impulsarse.
Abro el lavavajillas y, al estirar el brazo para coger los platos, la yema de mis dedos roza un bulto blando oculto detrás del frutero de cerámica. Es un peluche de tela con forma de pulpo, deshilachado por los bordes y cubierto de marcas de colmillos pequeños que solo pueden pertenecer a Ozzy.
Con Cata de vuelta en su apartamento, la rutina va a recuperar su inercia gris a una velocidad aplastante. Ya no habrá excusas para cruzarnos; me va a resultar imposible verla.
Siempre me quedará la opción de los almuerzos familiares del domingo.
Organizo el lavavajillas, cierro la puerta, activo el ciclo de lavado y me apoyo contra la encimera, con el pulpo de tela entre las manos.
Me descubro contando los días que faltan para el fin de semana.
Desde que me reveló la verdad sobre la carta, intento encajar que su hostilidad era el escudo de una adolescente herida.
El recuerdo de tenerla entre mis brazos se ha convertido en una especie de zumbido constante que no he conseguido apagar en toda la semana.
—¡Oye! —El grito de Unai llega desde el salón—. ¿Tanto miedo tienes de que te dé una paliza que retrasas el momento?
Guardo el juguete masticado en el bolsillo del pantalón, resoplo y voy al salón dispuesto a fingir que tengo la cabeza metida en la partida, a pesar de que no es con este Uriarte con el que me apetece pasar la noche.