Capítulo 46
Cata
Al ver la puerta abierta, entro sin llamar y me planto en mitad del despacho con los brazos abiertos.
—¿A que me has echado de menos?
Leire levanta la vista de la pantalla.
—Pues claro, esta oficina es muy aburrida sin tus dramas y tus paseos.
—Lo sabía, por más que Lidia lo niegue.
—¿Cómo fue tu primer día?
—Como andar en bicicleta. Venía a buscarte para arrastrarte a comer.
—Dame dos minutos.
Me dejo caer en el sofá y ojeo unos catálogos que hay encima de la mesita, mientras ella teclea algo.
—Vamos —dice, cogiendo el bolso del perchero.
Tiro la revista sobre la pila de donde la saqué y me pongo de pie.
—¿A qué viene el cambio de look ? —Señala con el dedo índice el conjunto de pantalón de pinzas y americana que he elegido esta mañana tras pasar media hora maldiciendo frente al espejo.
—Estoy probando cosas nuevas.
La empujo hacia el pasillo para que no empiece a rascar donde no debe. Subimos al ascensor y, en cuanto las puertas metálicas se cierran, cambio de tema para evitar el interrogatorio.
—Tengo todo el itinerario planeado para el viaje a Madrid con Mara; el concierto de Bilk va a ser legendario.
Se apoya en el pasamanos de la cabina y deja escapar una risa cansada.
—Menos mal, porque no para de hablar del tema.
—Prueba de que fue el mejor regalo de cumpleaños de la historia de la humanidad y que soy la mejor tía que esa niña va a tener en la vida.
—No, no puedo negarlo. —Salimos al vestíbulo—. Pero la próxima no se los des con tanto tiempo, porque estos siete meses desde que le diste las entradas han sido una tortura psicológica.
—Un pequeño precio a pagar comparado con lo mucho que nos vamos a divertir. —Al pasar junto a mí para salir a la calle, le guiño un ojo—. Por cierto, ¿qué tal van las cosas con Héctor?
Me dedica una sonrisa relajada.
—Muy bien. Estos meses después de que volviera a casa están resultando geniales. Todos esos miedos y paranoias estúpidas que me montaba sobre si íbamos a tropezar con la misma piedra han resultado ser una soberana tontería.
—Héctor es un tío estupendo.
Empujo la puerta acristalada del bar de siempre, donde el bullicio habitual de la hora del almuerzo nos envuelve de inmediato.
—Sí, lo es.
Nos encaminamos hacia la mesa que solemos ocupar. Apenas tardamos diez segundos en pedirle al camarero el menú del día y, en cuanto se aleja con la nota, Leire cruza las manos sobre el mantel de papel.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Desenvuelvo los cubiertos de la servilleta mientras sopeso los pros y los contras de abrir la caja de Pandora.
Al final, la presión interna puede conmigo y termino soltándole lo de ayer sin anestesia.
Le cuento desde mi resaca apocalíptica hasta el interrogatorio de Francisco junto a la encimera, pasando por la humillante revelación de que me rompió el corazón sin enterarse porque jamás llegó a leer la maldita carta metida en la carátula.
Cuando termino el relato, casi sin aire en los pulmones, se echa hacia atrás y la carcajada resuena por encima del bullicio.
—¡No tiene ninguna gracia! —Le lanzo un pico de pan directo al pecho.
—Perdón, perdón. —Se limpia una lágrima—. Pero es que estas cosas solo te pueden pasar a ti.
Lo absurdo de la situación me cala hondo y la risa floja me alivia el peso del pecho. El camarero nos deja los platos de comida.
—Por eso le hiciste la cruz tantos años, ¿no? Dos décadas de hostilidad pura y dura, mandándolo a la mierda a la mínima oportunidad, y todo por un malentendido.
Me tapo el rostro con las dos manos, deseando que el suelo se abra y me trague entera.
—No me lo recuerdes, por favor —murmuro con la voz amortiguada por las palmas.
Alarga el brazo y me destapa la cara.
—De ninguna manera te escondas. Son cosas que pasan cuando eres una cría y el orgullo te ciega. Aparte, desde tu punto de vista, el Innombrable se portó como un auténtico imbécil; era lógico que reaccionaras así.
—Lo sé, lo sé, pero eso no quita que fuera vergonzoso. —Pincho un trozo de pepino.
—Me da un poco de pena el pobre. Se ha comido el marrón sin tener idea de qué demonios te pasaba. Y encima, por lo que cuentas, ahora que lo sabe, se ha portado genial.
—Sí, eso no te lo voy a negar. Ayer me consoló y estas semanas de convivencia me han servido para conocerlo un poco más y, aunque sigue teniendo un palo incrustado en el culo y es un auténtico friki del control, también sabe ser muy divertido cuando quiere.
El tenedor de Leire queda suspendido en el aire.
—¿Ha vuelto a pasar algo con él?
—¡No! —exclamo demasiado rápido—. Claro que no. Estoy con Sean, acuérdate.
—¿Y lo vuestro es algo oficial?
—Bueno, oficial, lo que se dice oficial con etiqueta y presentación en sociedad, no. Nos estamos conociendo, pero creo que es el elegido.
Empiezo a soltar alabanzas como si me pagaran por hacerle campaña publicitaria.
Le cuento lo guapo que es, el encanto natural que tiene, lo atento que se muestra cada vez que salimos y lo maduro, exitoso y centrado que está en su vida.
Es el pack completo, el príncipe azul que Disney nos prometió y que he encontrado en pleno siglo XXI.
Mastica despacio y no me interrumpe ni una vez.
—No me mires así, que te veo las intenciones —la corto antes de que me pinche el globo—. En serio, es perfecto. Y porque es tan ideal, quiero ir con pies de plomo y tomármelo con mucha calma. Esta vez no quiero cagarla.
Traga el bocado y se limpia con la servilleta de papel.
—No iba a decir nada malo. Después del listado de impresentables, ya tocaba uno bueno y estoy feliz de que por fin hayas encontrado a ese hombre que parece sacado de un catálogo de perfección masculina y que tanto buscabas. Te lo mereces.
—Sí. —Cargo la afirmación con el entusiasmo que se supone que debería sentir—. Es estupendo.
Tomo un trago largo de agua para forzar el paso de la comida y, ya que estamos, ahogar la incómoda verdad.
Pese a que Sean reúne todos y cada uno de los requisitos que quería en un hombre, el recuerdo del abrazo de Francisco ayer en la cocina me escuece bajo la piel.
La forma en que me envolvió entre sus brazos para consolarme, la calidez de su pecho contra mi frente y esa maldita sensación de seguridad han provocado un cortocircuito en mis esquemas, que no deberían verse afectados si Sean fuera tan especial como intento convencer a Leire, y a mí misma, de que es.