Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

Fran

No necesita contestarme para confirmar que la puñetera carta estaba en esa caja; la rigidez de sus facciones es respuesta suficiente.

La revelación altera todos los recuerdos que guardo de los últimos años.

Me quedo sin palabras. El silencio se alarga entre los dos, roto por el sonido metálico del cuenco de Ozzy al arrastrarse por las baldosas.

Resulta ridículo que dos décadas de piques, desplantes y tensiones acumuladas nacieran de un trozo de papel que terminó en la basura sin que llegara a leerlo.

—¿Por eso me tratabas así? —La pregunta me sale en un hilo de voz que apenas reconozco.

Se encoge de hombros y juguetea con el asa.

—Ya te he dicho que da igual. Fue una niñería.

—No le quites importancia —replico—. Y no me pidas que pase página.

Llevo años pensando que nuestras pullas eran un juego, una forma de mantener el contacto y demostrar que nos importábamos de alguna manera.

Ahora me dices que te hice daño y me toca asumir que para ti la hostilidad era real y que de verdad te caía mal.

Se pasa los dedos por el pelo, alborotándolo todavía más.

—¿Qué querías que hiciera? —Levanta la vista con los ojos brillantes—.

Te di lo más íntimo que tenía y me lo devolviste como si fuera basura.

Me pasé meses esperando una llamada, una señal, lo que fuera, mientras tú estabas en Suecia viviendo tu vida perfecta.

Sí, Francisco, me caías mal. Me caías fatal porque dolía demasiado verte volver cada verano como si nada hubiera pasado.

Me cuesta digerir la idea de que cada comentario que le dije estos años lo recibió como una confirmación del desprecio original. Todo este tiempo hemos operado en frecuencias distintas.

—Podías haber preguntado. Podrías haberme gritado que era un imbécil. —Aunque intento que no suene a reproche, no lo consigo.

—¡Tenía dieciséis años y el orgullo destrozado! No tenía tu maldita capacidad para buscarle la lógica a todo.

Se pone en pie con la clara intención de dar por terminada la conversación y huir escaleras arriba. Rodeo la barra y le sujeto el brazo para detenerla.

—Suéltame. Por favor, no puedo con esto hoy.

—No te voy a soltar hasta que me mires y entiendas una cosa —le corto—. Llevo veintidós años sin entender qué te hice, dándole vueltas a qué narices pasó para que, de un día para otro, empezaras a tratarme como si fuera tu enemigo. Si hubiera visto el papel, las cosas habrían sido muy diferentes.

—Ah, ¿sí? —Me desafía—. ¿Y qué me vas a decir ahora? ¿Que, si hubieras leído la carta, me habrías declarado amor eterno y habrías cancelado el billete a Suecia?

—Decirte eso sería una mentira, y sabes que nunca te he mentido.

—Se le escapa una especie de risa amarga y hace ademán de zafarse, pero la mantengo en el sitio—.

No lo simplifiques. Habría hablado contigo.

Habría actuado de otra manera a lo largo de todos estos años porque...

porque eres una persona importante en mi vida.

Me jode haberte causado ese dolor. No sé cómo compensarlo ni cómo borrarlo.

Me encantaría que no hubiera existido, pero existe, y lo único que espero es que podamos encontrar la forma de seguir adelante.

Un par de lágrimas gruesas vencen la barrera de las pestañas y le resbalan por las mejillas. Deslizo el pulgar por su pómulo para secar el rastro húmedo y, al ver que no se aparta, la envuelvo en un abrazo.

Se queda rígida, con los puños tensos a los lados, hasta que, tras unos minutos, los hombros se le bajan y apoya la frente en el tejido suave de mi sudadera. Deja escapar un suspiro contra mi pecho. Subo una mano a su nuca y con la otra la atraigo hacia mí.

—Estamos bien —murmura con la voz amortiguada por la tela.

Mantengo el ritmo suave de mis dedos en su espalda—.

Ahora que te conozco más, sé que no habrías sido capaz de hacerme una guarrada así.

Creo que por eso me dolió tanto en su momento; porque pensaba que te conocía y me destrozó pensar que habías actuado de esa manera conmigo.

—Por más que no te correspondiera, jamás habría hecho eso —le aseguro, sin soltar su cintura—. Te quiero, Cata.

El cuerpo le tiembla con una mezcla de risa y resoplido.

—Ya. Me quieres como a esa hermana pequeña y molesta que no tuviste.

—No digas gilipolleces, menos después de lo que pasó en Navidad.

—Sabes a lo que me refiero. —Se separa y me da un golpe en el pecho, aunque el gesto le sale más torpe que de costumbre—. Joder, ahora mismo me estás dando una grima tremenda.

No tengo excusa legítima para retenerla tras el manotazo, aun así, retraso el momento lo máximo posible antes de dejarla ir. Vuelvo a pasarle los pulgares por debajo de los ojos.

—¿Estamos bien? —Necesito que lo vuelva a confirmar.

Ella asiente y señala con la cabeza en dirección al piso de arriba.

—Me voy a la ducha a intentar volver a ser una persona.

—Hueles a margarita. Y no de las que se ponen en un jarrón.

Avanza hasta la escalera.

—Menos mal, porque esas flores huelen a culo.

—Pero no te hacen devolver hasta la primera papilla.

Sube los primeros peldaños con el brazo levantado y el dedo corazón con la uña pintada de un rosa claro bien erguido antes de desaparecer.

Apoyado en la barra de la cocina, analizo la conversación desde todos los ángulos posibles. Da igual las variables que intente encajar; la conclusión es siempre la misma. Desconozco en qué punto nos encontramos. Lo que sé con seguridad es que jamás la he mirado como a una hermana.

Una humedad tibia en el empeine me devuelve a la realidad. Bajo la vista y me encuentro a Ozzy con la pata trasera elevada. Al terminar, ladra moviendo la cola.

Cierro los ojos y respiro hondo. Entre los vómitos de la dueña y la meada del perro, está claro que este fin de semana voy servido de fluidos corporales.