Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Cata

El martilleo que tengo instalado detrás de las cejas me revienta la cabeza y la boca la tengo tan pastosa que, si escupo, estoy segura de que saldrá yeso.

Me cuesta horrores despegar los párpados y, en cuanto lo consigo, la luz que entra por la ventana me ciega.

Mi primer pensamiento va directo a cagarme en la hora en que decidí que las margaritas eran excelente idea para cerrar la noche.

El segundo a negar que las imágenes inconexas que empiezan a desfilar por mi cerebro perjudicado son recuerdos.

El fogonazo de la tapa blanca del váter, el frío de las baldosas en las rodillas y esos dedos grandes retirando los mechones oscuros con delicadeza provocan que me incorpore.

Un gran error. La oleada de náuseas es instantánea.

Avanzo hacia el baño tambaleándome y, para mi sorpresa, descubro que huelo bien y que dormí con el pelo mojado.

Sospecha que el espejo del lavabo se encarga de confirmar al devolverme el reflejo de un estropajo indomable.

Me tapo el rostro con las manos y ahogo un gemido al recordar el peso de las palabras que le escupí borracha.

Después de lavarme los dientes cuatro veces seguidas, me calzo las zapatillas de andar por casa y bajo las escaleras aferrada a la barandilla mientras Ozzy salta detrás de mí como si la vida fuera maravillosa.

El olor a café recién hecho que flota en el ambiente actúa como el canto de una sirena que promete la salvación.

Sin embargo, el hechizo se evapora en cuanto llego a la cocina y me topo con lo último que necesitaba para terminar de joderme el domingo: Unai untando mantequilla en las tostadas y Fran, cafetera en mano.

—Buenos días. —La voz me raspa la garganta.

Voy directa a darle de comer a mi perro, que no para de saltar alrededor del cuenco.

—¿Qué tal esa cabeza?

—Estoy estupenda. —Me sirvo un vaso de agua y lo bebo de un trago.

—¿Te has tomado el ibuprofeno que te dejé en la mesita? —pregunta Fran apoyado en la encimera.

—No lo vi.

Coge la caja de cartón y me la tiende.

—¿Qué tal estuvo la noche? —pregunta mi hermano—. Héctor dijo que tuvisteis sesión de karaoke.

—Sí —respondo antes de tragarme el comprimido—. Fue muy divertido, ya sabes. Ah, no, espera, que no lo sabes porque nunca vienes cuando te invitamos.

—Eso es porque mis oídos no están preparados para aguantar berridos al ritmo de las Spice Girls.

Fran da un sorbo largo sin apartar la mirada de mí. Mi hermano levanta una ceja y, con el último trozo de tostada todavía en la boca, se limpia las manos en los pantalones y se pone en pie.

—Bueno. Voy a subir. Tengo unas llamadas pendientes.

No hay ninguna llamada pendiente en domingo y los dos lo sabemos. Sin darme tiempo para suplicarle que no me abandone a mi suerte, se marcha.

Me sirvo café y me debato entre hacerme una tostada o dejar el estómago en paz.

Empiezo a autoconvencerme de que Francisco no va a decir nada y de que va a dejar pasar la tormenta nocturna como si hubiese sido un simple delirio etílico sin importancia, hasta que su voz desbarata mis esperanzas de un plumazo:

—Tenemos que hablar.

Con mi mejor cara de póker rodeo la barra y me desplomo en la silla que acaba de desalojar mi hermano.

—Tú dirás.

Me quemo la lengua con el primer trago. Él se desplaza dos pasos hacia delante para colocarse enfrente de mí y apoya las dos palmas en el borde de la encimera.

Inclina el torso en una posición perfecta para admirar la anchura de sus hombros y la tensión de sus brazos.

Mierda, no, no tengo que pensar en eso ahora mismo porque no va a dejar pasar lo que le dije anoche y yo, ingenua de mí, creía que tendría todo el domingo para estructurar una mentira creíble.

Ahora, con el cerebro embotado y este dolor que me taladra las sienes, no logro mantener dos ideas coherentes en la cabeza como para urdir una excusa medianamente convincente.

—¿A qué te referías anoche cuando dijiste que te hice daño cuando me marché a Estocolmo?

El cabrón salta directo a la yugular.

—Nada, tonterías de borracha. —Le resto importancia con un gesto de la mano.

—De eso nada. Vamos a hablar de esto, te guste o no. Lo de jugar a ser comprensivo y maduro está muy bien, pero no pienso dejarlo pasar. Y no me digas que necesitas tiempo para procesarlo, porque han pasado más de veinte años, así que creo que has tenido margen de sobra.

Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que casi me hago sangre, dudando entre salir corriendo o cavar un agujero para esconderme. Clavo los ojos en la taza de café.

—Es que me da vergüenza. —El calor en las mejillas es insoportable.

El roce suave al colocarme un mechón de pelo detrás de la oreja me eriza la piel. Luego con dos dedos en la barbilla me obliga a levantar la cabeza sin más remedio que sostenerle la mirada.

—Cata, te he visto hacer cosas sumamente ridículas a lo largo de tu vida, y no me refiero solo a lo borracha que estabas ayer.

—Una sonrisa ladeada se le dibuja en el rostro—.

Soy yo. He presenciado todas tus cagadas en primera fila desde que eras una cría, así que dudo mucho que lo que me vayas a contar sea más vergonzoso que aquella tarde de verano en la que te empeñaste en demostrarle a todos que podías saltar la valla de la piscina municipal, te enganchaste el bañador en los hierros y te quedaste colgando boca abajo en bolas. Cuéntame qué pasa.

Trago con dificultad el nudo que tengo en la garganta y suelto un suspiro largo.

—Me dolió que me rechazaras.

La frente se le arruga.

—No te he rechazado en la vida. Ojalá, porque lo de liarnos a escondidas de Unai fue un estrés de cojones.

—Antes de irte a Suecia. —El recuerdo me escuece.

—No lo hice.

—¡Por supuesto que sí! Me devolviste la carta y ni siquiera fuiste capaz de dármela en persona; me la mandaste con mi hermano.

—¿De qué carta me estás hablando?

—La que iba metida dentro de la carátula del CD.

—No había ninguna carta. Y el CD me lo llevé, me gustó muchísimo. Es más, te lo dije el año siguiente cuando volví de Estocolmo, pero tú me trataste como el puto culo.

—¡Te traté así porque me habías jodido la vida con ese desprecio! —El tono de mi voz sube sin importarme si Unai nos escucha—. Estaba enamorada de ti, Francisco… y me rompiste el corazón al rechazarme sin tener el valor de mirarme a la cara.

El eco de mis propias palabras congela el aire de la habitación. Mantengo la barbilla alzada, aunque los ojos me arden. El pulso me retumba en la garganta. Pasa un segundo entero, interminable, en el que el mundo exterior se apaga.

—Cata... yo nunca leí ninguna carta —articula al fin, con la voz rasgada.

—No tienes por qué mentir, de verdad. Fue hace mucho. No pasa nada. Está más que superado.

—No lo parece. —Me señala en un gesto que me enciende aún más las mejillas—. Mírate cómo te has puesto. Y no te estoy mintiendo, nunca recibí ninguna carta.

—Sí, me la devolviste —insisto con la voz temblorosa—. Me diste la cajita del CD. Unai me dijo que no la querías.

Exhala con fuerza.

—Sí, le di la caja porque yo me llevé el disco suelto en la carpeta archivadora. No tenía espacio en la maleta. —Se detiene un momento—. Joder... ¿Dónde estaba la carta?

Por un momento viajo a la tarde en que la redacté.

Las horas encerrada en mi habitación tachando y volviendo a escribir hasta que conseguí plasmar la confesión más aterradora de mi vida en una página de papel cuadriculado.

Casi puedo sentir el papel deslizarse bajo las yemas al doblarla en cuatro partes perfectas y encajarla detrás del libreto con el listado de las canciones, convencida de que el recopilatorio que le había grabado sería la banda sonora perfecta.

Cuando Unai me lanzó la caja de plástico sobre la cama y me soltó un frío «dice Fran que te devuelva esto», se me rompió algo por dentro que nunca volvió a encajar del todo.

Lloré noches enteras con el orgullo herido.

Lo odié por haberme rechazado de aquella manera, ignorando que, tal vez, él nunca había leído lo que tanto me costó plasmar.

El silencio sepulcral esta vez no nace de la resaca ni de la tensión sexual de hace cinco minutos, sino del peso abismal de un malentendido de dos décadas que nos acaba de estallar en la cara sin que ninguno de los dos sepa muy bien qué decir.