Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 43
72%

Capítulo 43

Fran

Acomodo a Catalina en el asiento del copiloto y lidio contra ese manojo de extremidades rebeldes impregnadas de aroma a tequila que se niegan a cooperar.

Tiro de la correa, calculo la trayectoria para evitar cualquier roce indeseado con la tela ajustada del vestido y encajo la hebilla en el anclaje.

Doy la vuelta por delante del vehículo, ocupo el puesto del conductor y arranco el motor.

La tranquilidad dura apenas un par de suspiros, el tiempo exacto que tarda mi acompañante en estirarse con torpeza para toquetear los mandos del equipo de música hasta dar con la sintonía de una emisora de rock que pone a todo volumen.

Reduzco los decibelios desde los botones del volante, sin apartar la vista de la carretera.

Se gira y apoya la cabeza en el respaldo.

—Escucho los engranajes desde aquí. Deja de juzgarme.

—No lo hago.

Suelta una carcajada interrumpida por el hipo.

—Por favor. Juzgar al resto de la humanidad es tu modo de fábrica.

Aprieto las palmas sobre el cuero del volante y mantengo la compostura, dispuesto a pasar por alto las acusaciones infundadas de una mujer incapaz de articular tres frases seguidas sin trabarse.

El trayecto a casa de Unai no dura más de quince minutos. Aparco frente a la cancela y apago el motor. Salgo, rodeo el capó con paso firme bajo la luz mortecina de las farolas y, al abrir la puerta, la encuentro perdiendo la batalla contra el mecanismo de seguridad.

La libero y retiro la banda para que no termine de ahorcarse con ella.

—No te regodees —protesta con un pie en el asfalto.

El calzado de plataforma no parece jugar en el mismo equipo que ella porque, en cuanto traslada el peso del cuerpo hacia delante, el tobillo izquierdo cede y la gravedad hace su trabajo.

A un suspiro de que la rodilla le impacte contra el suelo, le sujeto el brazo con firmeza.

Se zafa de mi agarre a base de tirones descoordinados y se recoloca los tirantes.

—Suéltame, puedo sola.

Después de coger el bolso y el abrigo, decido ignorar sus quejas al ver que se ladea hacia la derecha.

La sujeto con fuerza para bloquear cualquier intento de resistencia.

Su calor traspasa la tela de mi sudadera al guiarla a través del sendero empedrado del jardín, obligando a sus pies rebeldes a avanzar en línea recta hacia la entrada.

Me las ingenio para abrir y, al cruzar el umbral, la resistencia de Catalina se desvanece y se desploma contra mí, obligándome a pasar un brazo por debajo de sus rodillas para cargarla antes de iniciar el ascenso.

Su perfume dulce, mezclado con el tequila, satura el aire.

Mantengo la vista al frente. Cuento cada peldaño en silencio.

Cada dos pasos, estira el brazo, planta la palma en mi mejilla y me dedica un siseo exagerado que resuena en toda la casa.

—¡Shhh! Vas a despertar a mi hermano. —El aliento tibio me roza el cuello.

Aprieto los dientes, acelero el ritmo para acortar el tiempo de exposición al desastre y alcanzo el piso superior agitado.

La musculatura empieza a acusar el esfuerzo, de modo que la dejo en el suelo y aseguro el agarre por la cintura para guiarla los últimos metros.

Empujo con la puntera del zapato la puerta de su habitación y nos adentramos en la penumbra del cuarto sin haber despertado a Unai, un logro que hace dos minutos consideraba improbable.

La deposito sobre el colchón con todo el cuidado que soy capaz de reunir.

Se deja caer de espaldas con la melena desparramada por el edredón. Suelta un quejido largo y se tapa los ojos con el antebrazo.

Me agacho para quitarle los zapatos de plataforma. Dejo el izquierdo al lado de la cama y, cuando estoy a punto de retirar el otro, encoge las piernas y se arrastra hacia el cabecero de la cama.

—No necesito que me cuides. No juegues a ser el protector. No te queda bien el papel.

—No actúes como una niñata. Solo te estoy quitando los zapatos para que puedas dormir.

—No actúes como una niñata —repite, arrastrando las palabras—. Eso es lo que soy para ti, ¿no? Ni cuando me follabas dejé de ser la hermanita de Unai. O peor: Catastrófica .

Se pone de rodillas sobre el colchón y me apunta al pecho con un dedo tembloroso. La brusquedad del ataque me pilla con la guardia baja.

—Sabes que te lo digo con cariño.

—Lo odio.

Siempre había catalogado ese intercambio de motes como un juego, una dinámica de piques pactada entre los dos donde ella era Catastrófica y yo el Innombrable . La rigidez de su postura y el brillo en sus ojos me confirman que lo he malinterpretado todo, porque está hablando completamente en serio.

—Lo siento. —La palabra me sabe extraña—. Nunca fue mi intención hacerte daño.

—Por supuesto que no. Nunca lo es. Tampoco lo era cuando te fuiste a Estocolmo.

—No sé de qué estás hablando ahora mismo, Catalina.

Se sienta sobre los talones y se muerde la uña del pulgar. Mientras espero a que exponga el dato que me falta para entender a qué coño se refiere, se inclina hacia delante y, en un movimiento torpe, rueda por la cama, cae al suelo y abandona la habitación casi a cuatro patas.

La sigo, justo a tiempo para escuchar la primera arcada antes de llegar al baño. Un charco de vómito cubre las baldosas.

De rodillas, abrazada a la taza del váter, su cuerpo convulsiona con un nuevo espasmo.

Esquivo el líquido, hinco una rodilla en la zona limpia para acortar la distancia y utilizo la mano izquierda para recogerle la melena oscura, apartando un mechón que ya ha sufrido las consecuencias.

Le paso la palma libre por la espalda, acompañando las sacudidas.

Mientras escudriño los estantes en busca de una toalla para limpiarla, descubro que el perro del demonio lame el fluido.

Con el pie libre aparto al animal, que me gruñe y se tumba en el pasillo desde donde vigila el desastre.

Tras la última arcada, se queda con la frente apoyada en el borde de loza blanca y la respiración cortada.

Me pongo en pie, humedezco la toalla de mano y comienzo a limpiarle los labios con toques suaves, apartando los hilos de pelo que se le pegan a las mejillas.

Ella ni siquiera se queja; la furia de hace tres minutos se ha evaporado.

—¿Puedes levantarte? —Le paso el paño por la barbilla y ella asiente—. ¿Crees que puedes darte una ducha sola?

—Sí. —La voz le sale rasposa.

—Voy a buscar el pijama, ahora vuelvo.

De camino a la habitación, repaso los días previos a mi marcha a Estocolmo.

Todo está borroso porque fue hace más de veinte años.

No encuentro nada que justifique el nivel de resentimiento que acaba de volcar sobre mí.

En aquel periodo, la relación no superaba los márgenes habituales con la hermana de mi mejor amigo. O eso creía.

Me planto frente a la puerta cerrada del baño con las prendas limpias en la mano.

El agua corre al otro lado igual que lo hace mi mente, encadenando hipótesis sin alcanzar una certeza.

Lo único indiscutible es que mañana, en cuanto la cafeína y el ibuprofeno le devuelvan la lucidez, Catalina va a tener que poner las cartas sobre la mesa y aclarar las cosas. Le guste o no.