Capítulo 42
Cata
Le relleno la copa de vino a Blanca, que escucha a Ana relatar la odisea del cumpleaños de Vera, antes de volver a perderme en las profundidades de mi mente.
Llevo toda la semana yendo a citas con Sean, el hombre perfecto, el yerno que firmaría cualquier madre.
Me ha llevado a restaurantes preciosos donde te sirven los platos sobre manteles de lino, me escucha con una paciencia que roza la santidad y se acuerda de que me gusta el café con caramelo y un buen copete de nata montada.
Un partido de manual, vamos. El problema no es él; el auténtico problema es que la psicópata que te habla roza el internamiento psiquiátrico porque no he pasado un solo segundo de esos encuentros impecables sin cometer el error garrafal de comparar cada uno de sus movimientos con los de Francisco.
Sé lo que estás pensando desde el otro lado de la página y casi puedo notar tu mirada de reproche clavada en mi coronilla.
¿Cómo se puede ser tan imbécil de tener a un príncipe azul delante y pasarse la cena echando de menos las pullas de un borde enfundado en traje de sastre?
No me juzgues, te lo suplico, que bastante tengo con el juicio que me monta el cerebro las veinticuatro horas del día sin darme un respiro.
Y ni se te ocurra piar, porque si este trío de hienas del cotilleo que tengo por amigas se huele una sola palabra de lo que pasó con él, el interrogatorio va a dejar las torturas de la Inquisición en un juego de niños.
Por eso mantengo la boca cerrada, aprieto los dientes y me limito a contemplar las molduras del techo luciendo cara de haber sufrido una embolia.
Nadie sabe nada, nadie debe saberlo, y pienso llevarme el secreto a la tumba antes de admitir en voz alta que el Innombrable me despierta un hormigueo peligroso en las entrañas.
Trago el siguiente sorbo de vino cuando Leire deposita un cuenco enorme de palomitas sobre la mesa de centro y se sienta enfrente, fijando esos ojos analíticos en mí.
El olor a maíz estallado me golpea las fosas nasales y me arrastra de vuelta al jueves por la tarde, a la penumbra de la sala de cine donde Sean me ofreció el bote grande con una sonrisa.
Hubo un instante en el que nuestras manos se rozaron y él aprovechó para reducir la distancia entre los dos en un amago de acercamiento, que al final se quedó suspendido en el aire, porque el esperado primer beso todavía sigue sin marcar en la lista de tareas pendientes.
Le sonrío a Leire y finjo que mi cara de acelga se debe al cansancio acumulado.
Mientras Sean se mostraba generoso y comprensivo, yo me pasé las dos horas de película recordando la noche en que Fran me robó el paquete de patatas fritas y la batalla verbal que tuvimos después.
Es enfermizo. Empiezo a pensar que estoy jodida.
—¿No vas a decir nada? —Doy un respingo al comprender que la pregunta de Leire es para mí.
—¿Eh? ¿Sobre qué? —atino a preguntar, ganándome una mirada colectiva que me hace tragar saliva.
—Estás rarísima, Cata. Llevas toda la noche con el piloto automático puesto —suelta Ana.
—Estaba pensando en Sean, lo siento —admito, utilizando su nombre como la mejor de las coartadas para justificar mi evidente enajenación mental.
—¡Ah! —Blanca coge un par de nachos del cuenco—. ¿Y qué tal va la cosa? Cuenta, que nos tienes en ascuas.
—Bien, muy bien, es genial. —Espero que la sonrisa cuele—. Es un tío superatento, un encanto de los que ya no quedan.
—Por fin has encontrado a un hombre normal que no tiene taras mentales, eso hay que celebrarlo. —Leire choca su copa contra la mía.
—Sí, la verdad es que sí.
—Ya. —Ana entorna los ojos—. Entonces, si has encontrado al chico ideal, ¿por qué parece que te acaban de dar la noticia de que nunca más en la vida vas a poder volver a comer helado?
Aprieto el cristal y paseo la mirada por mis tres amigas. Si abro esta compuerta, no habrá marcha atrás, pero la presión que tengo en el pecho es tan insoportable que necesito soltar lastre. Inspiro hondo, tomo aire y decido lanzar la bomba.
—En Navidad me lié con Fran.
El salón se sume en un silencio tan sepulcral que se puede escuchar el zumbido del frigorífico. Ana se queda a medio sorbo, Blanca parpadea muy despacio y Leire se atraganta.
—¿Qué cojones acabas de decir? —suelta Ana, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Repite eso, pero despacio, que creo que me ha dado un microictus. —Blanca agarra el bol de nachos de la mesa—. ¿Con el Innombrable? ¿Con TU Innombrable?
—Bueno… sí. —Las mejillas me arden tanto que estoy segura de que es un sofoco de menopausia prematura—. Nos liamos un par de veces. Fue algo informal. Aprovechamos que vivíamos bajo el mismo techo.
—¿Pero te has vuelto majara? —Leire se lleva las manos a la cabeza con los ojos abiertos como platos—. Llevas años despotricando sobre él como si fuera el mismísimo anticristo y, de buenas a primeras, vas y te acuestas con él.
—Ya sabéis, el sexo por odio es buenísimo —dice Blanca, que se ha devorado los nachos.
—¿Lo es? —pregunta Leire.
—Estuvo genial, eso no puedo negarlo. Igual se terminó en cuanto él se mudó.
—¿Pero?
Me jode que Ana siempre intente hacer saltar la mierda.
—Pero desde entonces la situación está rarísima entre nosotros. Y el problema es que no puedo parar de compararlo con Sean.
—¿Y has hablado con Fran de esto? —pregunta Blanca.
Suelto una carcajada y la miro como si me hubiera pedido que resolviera una ecuación de astrofísica.
—¿Hablar? ¿Con Fran? Por favor, Blanca, ¿por quién me tomas? ¿Por una adulta madura con responsabilidad afectiva? Además, entre él y yo no hay nada, solo fue una forma de rascarnos el picor durante las fiestas.
—A ver, Cata, si de verdad no hay nada, ¿entonces por qué estás en este estado de ansiedad? —Leire se inclina hacia mí y apoya los codos en las rodillas.
—¡No tengo ni la más remota idea! —Me coloco un mechón rebelde tras la oreja—.
Sean es la descripción del hombre de mis sueños hecha carne, pero este cuerpo de mierda que Dios me ha dado no me responde.
Estas últimas noches ha tenido la intención de besarme varias veces y yo siempre encuentro la excusa más ridícula para evitar el momento.
—Pues lo tienes que besar —sentencia Ana.
—A ver, ¿te has perdido la parte en la que os acabo de confesar que tengo el cerebro frito por culpa del Innombrable?
—Que sí, pesada, pero tienes que besar a Sean ya mismo para ver qué te pasa por dentro —insiste—.
Puede que todo esto con Fran te esté afectando porque es lo último que has sentido a nivel físico, pero por todo lo que nos has contado de él a lo largo de los años, ese hombre no es material para tener una pareja estable.
Tienes que probar con el británico para salir de dudas y resetear el sistema.
—¿No lo estaría usando?
—No —sueltan Blanca y Ana al unísono, lo que me sorprende porque estas dos no suelen estar de acuerdo ni en el color del cielo.
—Espera, retrocedamos un segundo... —interrumpe Leire—. ¿Eso significa que ya le has perdonado lo que te hizo hace años?
—Supongo que sí. Después de haber pasado tiempo con él, tampoco es que pueda seguir guardándole rencor eterno por aquello. Las cosas se ven distintas.
—Asumo que tampoco vas a hablar con él sobre lo que pasó —afirma Blanca.
—Uf, no, ahora me da una vergüenza tremenda. —Me encojo en el sillón—. Si lo pienso con perspectiva, todo aquello parece una tontería soberana, pero en aquella época fue algo muy importante para mí y me dolió la vida.
—Oye, de eso nada, no menosprecies lo que sentiste —me corta, señalándome con el dedo—. Por supuesto que fue importante, por más que ahora lo veas de otra forma y con otra madurez. Te rompió el corazón, Cata.
—Ya, lo sé. —Vacío la copa de un trago—. Joder, basta de hablar de esto. Ahora mismo no quiero pensar más en Fran, ni en Sean, ni en canelones, ni en besos, ni en nada que tenga que ver con el género masculino.
—¿Canelones? —pregunta Ana.
Por suerte, no tengo que responder porque Leire se levanta del asiento, enciende la consola y coge los micrófonos inalámbricos antes de volverse hacia nosotras con una sonrisa de oreja a oreja.
—No se hable más. Tengo la fórmula perfecta para exorcizar las malas vibras. —Me tiende uno—. Elige la primera canción.
La noche vuela entre temazos de los noventa, clásicos dosmileros que nos sabemos de memoria y coreografías improvisadas que harían llorar a cualquier bailarín profesional.
Del vino pasamos a unas margaritas letales que Leire prepara con demasiado tequila, una combinación que nos hace cantar hasta rozar la afonía.
Es una suerte divina que los vecinos de mi amiga no compartan tabique con este salón, porque con los berridos que soltamos al ritmo de las Spice Girls y el R mantiene los brazos cruzados y me recorre con esa mirada de suficiencia que me altera las pulsaciones a niveles delictivos.
Ana y Blanca ya se han ido con sus escoltas. Le dedico un saludo militar con la mano a Leire, que se mantiene en posición vertical solo porque Héctor la tiene sujeta por la cintura, y el cuerpo se me balancea hacia delante en el proceso.
—Vamos, Catastrófica . Mueve los pies si no quieres que decida cargarte hasta el coche.
—Voy, pero porque yo quiero, no porque tú lo digas.
Cruzo el umbral con la cabeza bien alta y el equilibrio bajo mínimos, intentando ignorar la mano que me coloca en la espalda para guiarme.
Y deja de mirarme con esa cara, que soy muy consciente de que acabo de cavar mi propia tumba.