Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Fran

La radiografía ha salido impecable, el traumatólogo ha retirado la escayola y ahora el tobillo de mi amigo descansa libre de yeso, aunque confinado en una estructura de plástico negro y correas de velcro que bloquea cualquier movimiento.

Le doy un corte limpio al filete y observo a Unai saborear el primer trago de cerveza sentado frente a mí.

—Tengo ganas de volver al trabajo —comenta—. Esto de ser improductivo me estaba volviendo loco.

—¿Has hablado ya con la oficina?

—Sí, Antonio casi se ofrece a hacerme una mamada con tal de que regrese.

—De verdad que no sé de dónde salís tú y tu hermana tan burros, con los padres que tenéis.

Unai me regala un dedo corazón bien erguido antes de cambiar de tema y pinchar una patata.

—¿Tú qué tal? ¿Pudiste entender el descuadre?

—La situación es bastante más compleja de lo que parecía en un principio.

Necesitamos una inyección urgente de capital antes del cierre del próximo semestre o entraremos en números rojos.

El problema no es la falta de liquidez del grupo, sino que la junta general ha decidido frenar la expansión para mitigar el riesgo.

Unai adopta esa postura de analista que suele reservar para las reuniones de estrategia comercial.

—¿Quieres que les eche un vistazo?

—No te preocupes. Menos ahora que tendrás que ponerte al día.

—No tiene ningún sentido. —Me da un vuelco el estómago cuando arruga la nariz en un gesto idéntico al de Catalina—. Si han decidido tirar la toalla y no piensan apostar por la viabilidad de esta empresa, ¿para qué coño te trajeron aquí?

Dejo los cubiertos en paralelo al plato y asumo que ha llegado el momento de revelarle los motivos reales de mi traslado.

—No me han mandado ellos. Llevaba más de un año exigiendo el traslado y darme este puesto ha sido la respuesta al enterarse de que había tenido entrevistas con la competencia.

Suelta un silbido suave que se pierde entre el jaleo del comedor.

—Vaya con el jefe de operaciones. Al menos eso te demuestra el valor que tienes para la marca; prefieren quemar el presupuesto de una filial entera si con eso evitan que te marches con la competencia. Te quieren, de eso no hay duda.

—Sí, claro que me quieren —respondo, volviendo a coger el tenedor para pinchar un tomate—. Pero habría que calcular el coste y, sobre todo, cuánto tiempo podré quedarme aquí.

—A costa de tu salud mental, para empezar. Te han metido en un pesebre de oro, blindado con paredes de cristal. Si la filial quiebra, los de arriba se limpian las manos diciendo que lo intentaron, pero el mercado estaba imposible y tú te comes el marrón de haber capitaneado un barco fantasma.

—Exacto. Para el resto del sector, habré fracasado. Mientras tanto, la competencia ya habrá cubierto sus puestos directivos y yo habré perdido un año entero apagando fuegos. Han comprado tiempo. Y sabes que el tiempo en este sector vale más que cualquier activo.

Echa la espalda hacia atrás en la silla y hace una mueca al acomodar la pesada bota.

—Es una jugada maestra y una putada retorcida. —Bebe un sorbo largo—. Pero olvidan una variable: no saben cómo reaccionas cuando te acorralan. Si quieren congelar los fondos para que esto se hunda, vas a tener que buscar la inyección de capital fuera de su radar.

—¿Estás sugiriendo una financiación externa sin la aprobación del consejo? Eso es rozar la ilegalidad estatutaria. Si me pillan, tienen la excusa perfecta para un despido procedente sin indemnización.

Una sonrisa de medio lado, idéntica a la que usaba cuando le tirábamos naranjas a las ventanas de don Paco, asoma en sus labios.

—Para empezar, la clave está en ese «si» condicional.

Y no he dicho que firmes nada; solo dije que busques.

Si les pones sobre la mesa la oferta de un fondo extranjero que salve la filial sin tocar un euro de la matriz, no podrán rechazarla sin quitarse la careta ante los accionistas. Oblígales a jugar bajo tus reglas.

Durante unos segundos sopeso las variables que acaba de plantear. El riesgo es elevado, pero la alternativa de quedarme cruzado de brazos esperando la orden de regresar a Estocolmo resulta todavía menos atractiva.

—No es una mala idea.

—Si necesitas que tire de contactos, me avisas. —Sonríe y apoya los antebrazos en la mesa—. Cambiando de tercio, mi madre estuvo todo el domingo preguntando por qué demonios no habías ido a comer a casa.

—Estuve liado con el trabajo y no quería arrastrar pendientes para el lunes.

—Ya, el trabajo. ¿Seguro que fue por eso la retirada estratégica?

—¿Por qué otra cosa va a ser?

—Por favor, no eres tan sutil como crees. Lo de venir la semana pasada a casa todos los días tenía un objetivo muy claro, y ese objetivo tiene nombre, apellido y una cazadora de cuero colgada en el perchero de la entrada.

—No sé de qué me hablas, no tenía internet.

—Claro, y por eso estás con esa cara de perro. —Me apunta con el tenedor—. Mira, yo veo al británico como un candidato perfecto para Cata. El tío es educado y se nota a la legua que está colgado de ella.

—No sé qué películas te has montado en la cabeza —replico—. La cara de perro es por todo el marrón de la empresa, no metas a Catalina en esto. Además, ¿de verdad piensas que es perfecto para ella? ¿No ves cómo está cambiando? Se le está yendo la olla con el tipo ese. Cocinó para él y todo.

—Técnicamente, ella no cocinó. —Las ganas de borrarle la sonrisa de suficiencia son irresistibles—. Fuiste tú el que preparó la bechamel y controló el tiempo del horno para que el tipo no terminara con un cuadro de intoxicación alimentaria en urgencias.

Lo fulmino con la mirada en cuanto me doy cuenta de que he entrado al trapo. Levanta las manos en señal de paz, aunque la diversión que le brilla en los ojos confirma el desastre de mi desliz.

—Vale, vale, me callo. —Baja los brazos despacio sin perder esa maldita expresión—. Mira, Fran, si no quieres contarme qué pasa entre vosotros, no te voy a insistir. Es tu vida. Pero no te mientas a ti mismo, tío, porque no es solo por el puto descuadre.

La mejor estrategia defensiva sigue siendo una ofensiva directa. Dejo caer el tenedor sobre el plato y me inclino hacia adelante.

—Hablando de no mentirse... ¿Por qué no me explicas qué te traes tú con Delilah? Resulta irónico que ejerzas de consultor sentimental cuando tienes lo tuyo metido debajo de la alfombra.

La sonrisa de Unai se congela y el ligero carraspeo confirma que el dardo ha dado en el blanco.

—Estás desvariando. No hay nada bajo la alfombra. Delilah y yo solo somos amigos. Nos llevamos bien y ya está. No le busques tres pies al gato.

—Claro. Amigos de esos que se mandan mensajes a las dos de la mañana y comparten miraditas de complicidad. Ya.

Sacude la cabeza y desvía la vista hacia el ventanal.

—De verdad, no hay nada ahí.

Levanto mi vaso y lo extiendo hacia el centro de la mesa.

—Entonces, un brindis por el club de los que no quieren ver.

Unai suelta una carcajada y choca su bebida contra la mía.