Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 40
67%

Capítulo 40

Cata

Bajo las escaleras diez minutos antes de la hora convenida, con el pelo aún húmedo y un vestido verde botella. Llevo el rímel justo, nada de artillería pesada, porque quiero parecer una persona que sabe hacer canelones.

Lo primero que veo al llegar al último peldaño es a Unai sentado en la banqueta de la barra.

—¿Tú no tenías médico?

—Han llamado de la consulta. Me han pasado la cita a la una y media. —Se encoge de hombros—. Prometemos no molestarte en tu cita.

Fran comprueba el móvil junto al horno. Alza la vista un segundo, capta mi pánico y se limita a enarcar una ceja, como diciendo «no es culpa mía, yo también preferiría estar en cualquier otro sitio».

—No pasa nada —miento—. Sean es majísimo. No hay ningún problema en que os quedéis.

Hay un problema enorme. El problema mide metro noventa, ha logrado hacer una bechamel sin mancharse y tiene una habilidad asombrosa para hacerme llegar al orgasmo.

El timbre suena a la una en punto. Ni un minuto antes, ni un minuto después.

Al abrir la puerta, me encuentro a Sean con un ramo de flores envuelto en papel de estraza y una botella de vino que de seguro cuesta más que mi factura de la luz. El jersey de cuello alto color crema le queda impecable.

—Catalina. Espero no llegar demasiado pronto.

Le doy un beso en cada mejilla, cojo las flores y durante tres segundos gloriosos me siento como la protagonista de una comedia romántica de las buenas. Ilusión que se desvanece al llegar a la cocina.

—Sean, ya conoces a Unai. Y este es Fran, un amigo de la familia.

—Un placer. —Sean les estrecha la mano—. Cata me ha hablado mucho de vosotros.

Eso también es mentira. No le he hablado de Fran ni una sola vez, y por la forma en que a Fran se le tensa la mandíbula al estrecharle la mano, sospecho que lo sabe.

—Qué casualidad. A mí de ti no.

Sean se ríe, encantado, sin captar ni de lejos que acaban de clavarle un dardo entre las costillas.

—Bueno, mejor así. Prefiero las primeras impresiones sin intermediarios.

Para desviar la conversación, me acerco al horno y saco los canelones, que parecen a la altura de Jamie Oliver.

—Tienen una pinta estupenda —dice Sean, sentándose junto a mi hermano en una butaca—. ¿Receta de familia?

—De un amigo italiano. Casi no lo consigo, Fran me ayudó.

—Yo me he limitado a evitar que arda la casa y a vigilar la bechamel —aclara, abrochándose las mangas de la camisa, que está igual de impecable que al llegar.

Sean deja escapar una risita.

—Cata asegura que la cocina no es su fuerte, aunque intuyo que infravalora sus talentos.

—No lo hace.

Fulmino a Unai, que al fin dejó su móvil para hacer un comentario que no me ayuda para nada en mi cruzada para sentar las bases de una relación.

Por suerte, Fran le pregunta qué lo hizo volver a España.

Sean habla de su nuevo trabajo, de lo ilusionado que está y de lo bien que le ha venido volver justo cuando la biblioteca municipal buscaba a alguien con su perfil.

Se le ilumina la cara al hablar de ello, de una forma que casi me hace olvidar lo incómodo de la situación.

—Bibliotecario —repite Fran, con un tono que no sé si es curiosidad genuina o el inicio de un interrogatorio—. Interesante.

—Coordinador de la sección de fondo antiguo, para ser exactos. —Sean sonríe, ajeno al escrutinio al que lo está sometiendo—. Llevaba años queriendo trabajar con manuscritos y ediciones históricas. Volver a España me ha dado esa oportunidad.

—¿Y qué hace un coordinador de fondo antiguo?

Le lanzo una mirada de advertencia que él ignora.

—Catalogar, restaurar cuando hace falta, decidir qué se digitaliza y qué se queda archivado. Es un trabajo tranquilo, pero me gusta. No echo de menos las prisas.

—Qué envidia —murmura Unai, sin levantar la vista del móvil—. Yo tengo pesadillas con las prisas de este. —Señala a Fran con la barbilla—. El otro día contestó un correo en mitad de una partida de FIFA.

—Era urgente.

—Todo es urgente contigo.

—¿Y tú a qué te dedicas? —le pregunta Sean a Fran.

—Dirijo una empresa de tecnología.

—Dirige, dice. —Unai resopla—. Es el CEO de una de las empresas punteras del sector. Desde los veintipocos no ha parado de ascender.

—Vaya. —Sean abre mucho los ojos—. Eso suena genial.

Casi puedo ver la vena del cuello de Fran a punto de estallar ante semejante despliegue de simpatía.

—Alguien tiene que pagar las cervezas.

Me giro hacia mi hermano, que ha vuelto a centrarse en su teléfono.

—Oye, ¿no vais a llegar tarde al médico?

—Tenemos tiempo —dice Fran.

—¿Qué tiempo ni qué tiempo? —Unai ya se está incorporando con ayuda de las muletas—. Aparcar cerca del centro de salud a esta hora es un infierno, como lleguemos después de la una y cuarto, nos toca dejar el coche en la otra punta y yo no pienso hacer ese paseo con esta pata. Venga, andando.

Fran vacila. Sus ojos se cruzan con los míos.

—Vale. —Al pasar por mi lado, baja la voz—: No te acabes la bandeja. Ya sabes que todo lo que hago con las manos te deja con ganas de más.

La boca se me seca y agradezco que mi hermano se esté despidiendo de Sean, así ninguno de los dos puede ver el rubor que me tiñe las mejillas.

—Ha sido un placer —añade, ya en el umbral.

—Lo mismo digo.

Unai me guiña un ojo al pasar por mi lado, con esa sonrisa de quien se lo ha pasado en grande a costa de otros. La puerta se cierra tras ellos, dejándome a solas con mi cita, la comida casera y un silencio que no es incómodo.

—Tu hermano es encantador —dice—. Y tu amigo parece un hombre importante.

La forma en que pronuncia «amigo» me hace sospechar que no es tan despistado como aparenta.

—Es un poco intenso, sí. Típico ejecutivo con un palo en el culo. —Cambio de tema con la delicadeza de quien intenta desviar un tren con las manos—. ¿Comemos?

—Estoy deseando probarlos —asiente, cogiendo el sacacorchos que le tiendo.

Se me hace raro sentarme a la mesa del comedor, superficie que en esta casa sirve más para acumular trastos y paquetes de Amazon que para comer como las personas normales, pero la ocasión lo merece. Los canelones han quedado de escándalo y Sean no escatima en piropos hacia la comida.

El tiempo vuela.

—La mejor parte de mi trabajo es que, de vez en cuando, encuentras algo que nadie ha tocado en cien años —dice, sirviéndome más vino—. La semana pasada abrí un ejemplar de 1920 y todavía tenía una entrada de teatro dentro, a modo de marcapáginas.

—Qué bonito. Como una cápsula del tiempo por accidente.

—Exacto. Es una tontería, pero por eso me gusta el trabajo. No se trata de rescatar libros, se trata de descubrir a las personas que los leyeron antes que tú.

Le ofrezco repetir, pero deniega con un suave gesto de cabeza y una sonrisa satisfecha.

—¿Y tú qué? —pregunta—. No me has contado mucho sobre tu trabajo. Seguro que tienes alguna anécdota.

—Alguna hay, aunque nada tan poético como entradas de teatro perdidas.

—Me encantaría escucharla.

Rebusco algo que contarle cuando caigo en la cuenta de que llevo toda la comida contestando con monosílabos y dejándole a él todo el peso de la conversación, y no porque no tenga nada que decir, sino porque he estado con la cabeza en otro sitio. O en otra persona.

A partir de ahí, la velada avanza entre risas compartidas que me aflojan los hombros. Recoger entre los dos parece un baile ensayado: llenamos el lavavajillas, pasamos el trapo por la encimera y dejamos la estancia reluciente sin darnos un solo pisotón.

Con la bayeta doblada en la mano, se gira hacia mí y vacila un segundo.

—La próxima la hacemos en mi casa, si quieres. No sé si conseguiré superar estos canelones, pero me esforzaré por no defraudarte.

—Me encantaría. Y no es una competición, ¿eh? Además, jugaba con ventaja: entre la receta del italiano y la ayuda de Francisco con la bechamel, el mérito no es todo mío.

Sean sonríe, deja la bayeta doblada sobre el fregadero y da un par de pasos hasta quedar frente a mí.

Sin aspavientos ni prisas, me aparta un mechón de pelo del rostro con la yema de los dedos y me regala una mirada tan cálida que consigue derretir cualquier resto de pánico que me quedase en el cuerpo.

—Da igual la bechamel, Cata. Lo que de verdad ha hecho especial la comida ha sido estar aquí contigo.

Cuando dice cosas así, la parte de mi cerebro que se rige por la lógica enciende todas las alarmas para avisarme de que él es el adecuado: el hombre perfecto para el plan de vida que siempre he soñado.

El problema es que el resto de mi cabeza —ese comité minoritario pero ruidoso— sigue atascado en la imagen de unos antebrazos arremangados frente a los fogones y en una frase susurrada al pasar que todavía me produce cosquillas en sitios nada apropiados.

No me juzgues. De verdad que lo estoy intentando.

Al despedirnos, me regala un beso cerca de la comisura y me promete avisarme en cuanto confirme la fecha para nuestro próximo encuentro.

Tras despedirnos, me quedo apoyada contra la puerta.

Ha sido una cita impecable. Sean ha estado de diez, igual que los canelones.

Entonces, ¿por qué narices la única estampa que me hace cosquillas en el vientre no es la de la promesa de una segunda cita, sino la de unas venas marcadas en un antebrazo arremangado frente a la cacerola?

Compruebo el móvil por inercia y me encuentro con la pantalla vacía. Ni un mensaje de Sean, cosa lógica porque acaba de cruzar la esquina. Ni una sola notificación del Innombrable, que a estas horas debería seguir en traumatología sufriendo los padecimientos de mi hermano.

Bloqueo la pantalla y me quedo observando el cristal negro con una punzada absurda en el pecho que no tengo ningún derecho a sentir.

Sacudo la cabeza y vuelvo a repetirme que ha sido una cita perfecta con el hombre perfecto. Todo va sobre ruedas.