Capítulo 39
Cata
Dejo la cuchara sobre el mármol y contemplo la catástrofe que acabo de desatar en la cocina.
Si un inspector de sanidad asomara la cabeza, me caería cadena perpetua sin derecho a fianza.
La harina cubre toda la encimera, emulando una nevada idílica, los pegotes de salsa de tomate salpican la pared blanca en un patrón que reconocerías si escucharas los pódcasts de crímenes reales que Blanca devora, y las tiras de pasta que flotan lánguidas en el agua recuerdan a un grupo de medusas moribundas.
Maldigo el instante de delirio en el que decidí que invitar a Sean a comer y prometerle unos canelones caseros era una idea brillante.
Sobre todo, si tenemos en cuenta que la destreza entre los fogones de la que os habla aquí la presente se reduce a dominar los botones del microondas o a domar la aplicación de comida a domicilio con la velocidad de un rayo.
Le pedí la receta a Paolo con la esperanza de que el espíritu de su nonna me poseyera, pero el único espíritu que ronda ahora mismo por esta casa es el de los fracasos culinarios.
Soplo un mechón rebelde que se me ha escapado de la coleta desastrosa e intento recolocar la pinza a ciegas, una tarea inútil.
Me paso la mano por la frente y sopeso la posibilidad de tirar todo a la basura y llamar al restaurante del centro.
Si pido ahora, todavía estoy a tiempo de realizar el trasvase del pedido a un recipiente de cristal antes de que Sean aparezca.
Compruebo el reloj con el corazón en la boca cuando el timbre de la entrada suena. No puede ser él, es muy temprano, ¿no?
Camino hacia el vestíbulo, abro la puerta y me encuentro con el Innombrable, luciendo un traje de chaqueta azul oscuro que parece cortado a medida por los mismísimos dioses del capitalismo, camisa blanca impecable y ni un solo cabello fuera de su sitio.
El contraste entre su estampa de anuncio de alta gama y mi aspecto de superviviente de un apocalipsis de carbohidratos es tan ridículo que, por un segundo, me dan ganas de cerrar y fingir que no hay nadie en casa.
—¿Otra vez por aquí? —suelto, dándome la vuelta para regresar a la trinchera culinaria.
—Como Mikel no podía acercar a Unai hoy al médico, me he tomado un par de horas libres en la oficina para llevarlo.
—Está arriba.
Llego a la zona cero cuando Fran se detiene a los pies de la escalera y grita:
—¡Ya estoy aquí!
—¡Me meto en la ducha y bajo! —brama mi hermano desde el piso superior.
Por desgracia, se ve que no le da miedo adentrarse en el desastre que me rodea porque el capullo se acomoda en la banqueta, se cruza de brazos y pasea esa mirada analítica por cada superficie mancillada.
—¿Es una audición para MasterChef Junior o intentas batir el récord mundial de decoración con harina? —La comisura de los labios se le curva en ese gesto que tanto me saca de quicio.
Lo apunto con la cuchara de madera.
—Mira, Francisco, ahora mismo estoy muy sobreestimulada y no puedo con una de nuestras batallitas mentales. —Dibujo un círculo con el cuello—. Dame un respiro.
La sonrisita se le borra de inmediato y, tras volver a repasar el lugar, clava los ojos en los míos antes de soltar las cuatro palabras que jamás en la vida pensé que escucharía salir de su boca.
—¿Quieres que te ayude?
Soy incapaz de contestar. Se quita la chaqueta del traje, la cuelga con cuidado en el respaldo de la banqueta y empieza a desabrochar los puños para arremangarse la camisa hasta los codos.
Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tragar saliva. Es superior a mis fuerzas. Ese gesto es lo más erótico del planeta Tierra. Me reprendo de inmediato, porque Sean llegará en nada y no es momento de fantasear con los brazos de Fran ni con las venas que se le marcan en el antebrazo.
Joder, tampoco puedes culparme. Tú también estás con la baba igual que yo. Mal de muchas, consuelo de cachondas.
—Si quieres, limpia un trozo de encimera y empieza a rellenar los canelones. Yo me encargo de la bechamel —dice antes de probar el relleno—. Está rico.
Cojo la olla que me tiende, todavía un poco aturdida, y preparo el lugar para trabajar.
Él limpia los fuegos de la cocina con un paño húmedo, saca una cacerola del armario y echa un bloque de mantequilla.
Aprovechando que está de espaldas, concentrado en el fuego, meto el dedo en la carne picada y me lo llevo a la boca para comprobar si su veredicto es real.
Para mi absoluta sorpresa, Paolo no mintió con las especias y la mezcla sabe a gloria bendita.
Nos movemos en un silencio cómodo, trabajando codo con codo en una sincronía tan agradable que me asusta.
Mientras yo relleno las medusas, Fran remueve la harina con la mantequilla y va vertiendo la leche poco a poco.
El olor a nuez moscada empieza a camuflar el desastre anterior y vuelvo a respirar.
Cuando coloco el último canelón en la bandeja, Fran señala la planta de arriba con la cabeza.
—Anda, sube a bañarte y a cambiarte, que das un poco de pena. Yo termino con esto, le echo el queso y lo meto al horno.
Dudo un segundo, clavada en el sitio por puro orgullo y desconfianza, pero él capta mi reticencia al instante y la comisura del labio se le vuelve a curvar hacia arriba.
—Tranquila, te prometo que no voy a envenenarle la comida al británico.
¿Cómo coño sabe este hombre para quién son los canelones si yo no he soltado prenda? Abro la boca dispuesta a interrogarlo, pero la mirada se me desvía al reloj de pared y el pánico borra cualquier atisbo de curiosidad. Faltan veinte minutos para que llegue.
—Gracias —digo antes de salir pitando.
Subo los peldaños de dos en dos — te prometo que mis piernas alcanzan — e ignoro la extraña calidez que se me acaba de encender en el pecho con el inesperado despliegue de caballerosidad culinaria de Francisco.
Es absurdo. Sepulto la sensación bajo tierra porque Sean es el tío perfecto, el hombre ideal que no deja cicatrices y el que se merece toda mi atención.
Al coronar el rellano, esquivo por los pelos a Unai, que sale de su habitación con el pelo húmedo y oliendo a gel de ducha. Me recorre de arriba abajo con la mirada.
—¿Te has peleado a muerte con un saco de harina y ha ganado él? —pregunta, aguantándose la risa.
—Cállate.
Le saco la lengua como una cría de cinco años y voy directa al baño.
—Buena suerte con la cita —grita—. Nosotros comeremos por ahí después de la consulta, así que tienes la casa libre hasta la tarde. ¡Aprovéchalo!
Tras cerrar la puerta del baño, me planto frente al espejo y me quedo petrificada por la criatura que me devuelve la mirada.
Madre mía del amor hermoso. Me raspo el pegote de tomate que tengo en la frente con una uña del mismo color.
Contemplo los restos de polvo blanco que tengo en las pestañas y el nido de cigüeñas que es mi pelo.
Abro el grifo. Me presiono el vientre con las palmas cuando un zoológico entero de mariposas desbocadas empieza a revolotearme en las entrañas y trago saliva, sin saber si se debe a las expectativas idílicas de la cita con Sean o al hecho de haber compartido una tarea de lo más cotidiana con Fran.