Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

Fran

Las casillas de la hoja de cálculo se desdibujan en la pantalla del ordenador.

Tecleo tres comandos para recalcular un dato que no me cuadra y vuelvo a estudiar el resultado.

El zumbido del procesador compite con el murmullo que llega desde el sofá.

Resulta imposible que Unai haya consumido todos los polvos de colores que esa mujer le trajo hace apenas unos días, pero ahí está Delilah otra vez, con botes de cristal y ramitas de plantas secas sobre la mesa de centro.

Le doy un sorbo al café frío y asumo el hecho irrefutable de que las justificaciones lógicas para seguir viniendo a esta casa empiezan a sonar cada vez más ridículas.

La excusa oficial del día: todavía no tengo instalada la fibra óptica en el apartamento nuevo, un argumento que no se sostiene debido a que el edificio de la multinacional cuenta con tres plantas de oficinas vacías, conexión por satélite de última generación y un despacho privado con vistas al centro.

Mi presencia en esta cocina no guarda relación alguna con el hecho de que Catalina haya vuelto a salir con el tío ese.

—Tu flujo energético está un poco estancado. —La voz de Delilah me toma por sorpresa a escasos centímetros de mí.

Guardo los cambios, levanto la vista y me encuentro con unos ojos redondos. Se ajusta la chaqueta de lana de oveja, se cuelga el bolso de tela con estampados geométricos al hombro, apoya las palmas sobre el granito de la barra y se inclina hasta que el olor a lavanda se vuelve aún más intenso.

—No dejes que la corriente cambie de dirección. La oportunidad tiene fecha de caducidad, aunque tu mente intente convencerte de que el tiempo es una línea recta.

Podrían contratarla para redactar los aforismos crípticos de las galletas de la fortuna o de los azucarillos de cafetería.

El ochenta por ciento de las veces no entiendo de qué demonios habla.

Cierro el portátil en el instante en que se aproxima para darme dos besos en las mejillas antes de despedirse de Unai, encajado en el sofá, y salir a la calle.

Desconecto el cargador del enchufe, enrollo el cable alrededor del transformador y guardo todo en el maletín de cuero. Camino hasta el salón y paseo la mirada por el despliegue de frascos que hay sobre la madera.

—Como termines en urgencias por culpa de alguno de estos brebajes caseros, le vas a explicar tú al médico qué tipo de raíz te has tomado. —Señalo un bote que contiene una pasta verde sospechosa.

—Deja de criticar, me ha ayudado mucho a bajar la hinchazón. ¿Cuándo dices que te instalan la fibra?

—El técnico viene el lunes —miento—. Hubo un problema y han tenido que retrasar la instalación.

—Claro que sí. El CEO de una empresa de tecnología no tiene acceso a internet. Parece el inicio de un chiste. Te sigo la corriente porque cocinas mejor que yo y me sale gratis, pero los dos sabemos que esa agenda tuya es más flexible desde que ciertos factores externos circulan por esta ciudad.

—No sé de qué me hablas. Me marcho, que se está haciendo tarde y tengo un par de informes que revisar. —Cojo el abrigo colgado en la entrada—. No hace falta que te levantes a despedirme.

Unai suelta una carcajada y me dedica una peineta.

—Capullo. Pensaba que ibas a estirar la visita para comprobar si Cenicienta regresa antes de las doce campanadas.

Le devuelvo el gesto con el dedo medio y salgo a la acera, donde el frío me golpea la cara. Bajo los escalones del porche buscando las llaves en el bolsillo del pantalón y me detengo al llegar al coche. El utilitario destartalado de Catalina bloquea el mío.

En cuanto se abre la puerta del conductor, se me seca la boca. Lleva un vestido ajustado que le resalta las curvas y un abrigo largo que contrasta con las chupas de cuero y las botas militares que viste siempre.

—No puedo salir —balbuceo.

Su expresión relajada cambia por un ceño fruncido.

—¿Pero tú no tienes casa? Pasas más tiempo aquí ahora que antes.

—¿Puedes mover el coche para que me vaya a ese piso del que hablas?

—Si no sabes dar marcha atrás sin que te guíen, avísame y te lo saco yo.

—No puedo maniobrar. Hay tres centímetros entre tu parachoques y el mío. —Señalo el espacio—. Súbete y da marcha atrás.

Se acerca hasta que su perfume me envuelve.

—Qué mal humor tienes hoy. ¿Qué pasa, se cayó el mercado de valores o te molesta que los demás tengamos planes un viernes por la noche?

—Me molesta que me hayas bloqueado con tu chatarra. Eso es lo que me molesta.

—Primero, ya puedes estar retractándote sobre lo de chatarra. —Me clava el índice en el pecho—. Y segundo, no te vas a morir por esperar dos minutos. Baja las revoluciones.

—Mis revoluciones están perfectas.

Atrapo su mano por la muñeca para apartarla de mi pecho. Puedo sentir su pulso acelerado. El instinto me pide guerra: tirar de ella y borrarle de un bocado esa suficiencia que me saca de quicio. Pero acordarme de dónde viene, y sobre todo de con quién ha estado, me frena y me devuelve la cordura.

La suelto y meto las manos en los bolsillos para alejar la tentación de tocarla. Debería darme la vuelta, subirme al vehículo. Sin embargo, la pregunta se me escapa.

—¿Qué tal la cena? Regresar a casa a estas horas no parece una buena métrica de éxito.

—¿Perdona? —Trastabilla hacia atrás debido a los tacones y alargo el brazo por reflejo para sostenerla—. ¿De qué coño vas? —Me aparta de un manotazo.

—Solo señalo lo evidente. Con el impacto que causas vestida así, se te ha acabado pronto la noche. No parece que se haya esforzado mucho en retenerte.

—Vete a la mierda, Fran. Con quién salgo, lo que hago en mis citas o a qué hora me sale de las narices volver es asunto mío. No eres mi padre, ni nadie a quien tenga que rendirle cuentas.

No me da tiempo ni a abrir la boca para replicar. Las solapas de su abrigo vuelan al darse la vuelta. Sube, da un portazo y retrocede hasta dejar el espacio suficiente.

El destello de sus luces largas me saca del letargo. Subo todavía en automático, arranco y salgo de la propiedad sin mirar atrás.

Mientras avanzo por la calle oscura, el silencio del habitáculo se me cae encima y la adrenalina empieza a transformarse en pura frustración. Aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me quedan blancos.

—Imbécil.

¿En qué demonios estaba pensando? Soy un hombre que gestiona una compañía, que negocia contratos de millones de euros sin pestañear y que mantiene la compostura en cualquier comité de crisis.

Y bastan dos minutos frente a ella, con ese vestido y un perfume que hace días que no huelo, para que termine comportándome como un crío arrogante y posesivo.

Cambio de marcha con brusquedad. Lo más frustrante de la situación es que tiene toda la razón: no tengo el menor derecho a pedirle explicaciones.