Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Cata

Me seco las manos en la chaqueta y camino a zancadas.

No te rías, puede que no sean muy grandes, pero la intención es lo que cuenta.

Ahora, plantada frente a la fachada de madera oscura del restaurante con los dedos entrelazados, vuelvo a repetirme que es solo Sean: el único hombre de mi historial romántico que no me dejó traumas ni cicatrices.

Me acojona que la relación, tan perfecta en su momento que dejó el listón a una altura astronómica para el resto de los mortales, ahora sea también un estándar que el Sean de carne y hueso tampoco logre alcanzar por culpa del recuerdo idílico que guardo en un altar.

Con la palma sobre la puerta del local, me pego un bofetón mental. ¿Qué narices hago analizando las consecuencias a largo plazo si yo soy Cata, la reina de la impulsividad y la destrucción controlada? Me guardo las paranoias en el bolso y entro dispuesta a descubrir qué cartas esconde el pasado.

Escaneo la sala por encima de las cabezas de la gente y lo localizo en la barra. Nos saludamos con dos besos de esos que se quedan a medio camino entre la timidez y la costumbre.

—La mesa ya está lista, pero quería esperarte aquí para ir juntos —dice con una media sonrisa.

Nos han ubicado al fondo, apartados del bullicio. Un detalle que agradezco porque el corazón me repiquetea a un ritmo no apto para cardíacos.

Ojeamos la carta manteniendo una conversación casual sobre el menú, hasta que viene la camarera a tomar nota.

Pido agua con gas. Necesito mantener la mente despejada y no me fío de mí misma con dos copas de vino encima.

Y casi me atraganto con mi propia saliva cuando escucho que él se pide una Fanta.

¿Fanta de naranja? En serio, ¿quién pide eso para cenar habiendo superado la barrera de los treinta?

Trago saliva para no soltar alguno de mis comentarios impulsivos, me autoproclamo la peor persona del planeta por criticar su bebida y me concentro en lo que voy a pedir.

Una vez que hacemos el pedido, charlamos como si no hubieran pasado veinte años.

Me cuenta lo que supuso volver a Reino Unido para hacerse cargo de su familia, y se me encoge el estómago al enterarme de que su madre murió hace un año.

Me explica que ahora que la hermana ya ha terminado la carrera y tiene la vida encarrilada, ha decidido que iba siendo hora de retomar su vida en el mismo punto donde la dejó aparcada.

No logro descubrir si esa frase es una insinuación con intenciones ocultas o un balance de madurez.

Para salir del bucle mental y recuperar el control, tomo el relevo y le cuento que terminé la carrera como pude.

Que, tras encadenar una lista bastante hermosa de trabajos de mierda de los que prefiero no acordarme, hace unos años entré en el equipo de marketing de una empresa de ropa sostenible.

Le confieso con bastante orgullo que me va genial allí manejando las campañas de venta y las redes sociales, sobre todo porque me apasiona lo que hago y tengo la inmensa suerte de que mi jefa sea una de mis mejores amigas.

Es increíble lo natural que resulta hablar con él; sigue siendo la misma persona atenta que recordaba, solo que proyecta una calma mucho más asentada que antes, una madurez lógica.

Los dos hemos crecido y dejado atrás los veinte.

La velada pasa volando entre anécdotas y risas ligeras, vaciando los platos casi sin darnos cuenta, hasta que la camarera nos tiende la carta de postres.

Me decanto por la mousse de tres chocolates.

Sean, en cambio, niega con la cabeza y asegura que está lleno.

Cuando la chica regresa con el pedido, deposita la copa de chocolate frente a mí y, acto seguido, deja una segunda cucharilla en el centro de la mesa con un guiño cómplice.

—Por si queréis compartir —dice antes de darnos la espalda.

Aprieto los dientes para contener el impulso de soltarle que yo comparto la ropa, los secretos y hasta el cepillo de dientes si es necesario, pero el postre…

El postre es terreno sagrado. No consigo reaccionar.

Sean estira el brazo, coge el maldito cubierto, lo hunde sin piedad en mi mousse y se mete una generosa porción en la boca.

Detengamos el mundo un segundo para observar la batalla moral en la que me encuentro.

Me debato entre mantener la compostura como la adulta funcional que pretendo ser o clavarle la cuchara en las cuencas de los ojos hasta sacárselos.

Te juro por lo más sagrado que la psicópata que llevo dentro está ganando la partida por goleada.

Respiro hondo, busco un rastro de la paz zen de Delilah en mis venas y me obligo a racionalizar el atentado: el pobre no tiene ni idea de mi norma inquebrantable sobre los dulces, y aunque lo lógico habría sido pedir permiso antes de invadir la propiedad privada, tampoco es plan de montarle un número en la primera cena y que piense que estoy para camisa de fuerza. Intento sonreír, aunque me cuesta.

—Tenías razón, está brutal —comenta a punto de asestar una segunda puñalada al chocolate.

La desesperación me carcome por dentro y me entran unas ganas locas de trazar una línea para establecer que la mitad izquierda es mía y solo mía por pura justicia distributiva.

Me freno a tiempo, por supuesto. Hundo la cuchara en la zona que todavía considero segura y al metérmela en la boca, el chocolate no sabe tan dulce como esperaba.