Capítulo 36
Fran
Saco de la parte trasera del coche las muletas, se las tiendo a Unai y, con las llaves en la mano, me adelanto unos pasos para abrir la puerta y preparar el sofá, donde se instala con la pierna lesionada sobre una torre de cojines.
Debería marcharme, regresar al apartamento y revisar los informes que esperan en la bandeja de entrada.
Debería. En cambio, lo que hago es coger los mandos de la videoconsola, encender la pantalla y acomodarme al lado de mi amigo.
Dejarlo solo en este estado no es una buena idea, de modo que lo más sensato es estirar la tarde y aguantar aquí hasta que Catalina aparezca.
La partida se extiende entre pases largos, revanchas y el sonido monótono de los botones. El sol se esconde tras las casas, encendemos las luces del salón y Catalina sigue sin dar señales de vida. Reviso el reloj por tercera vez en diez minutos.
—Tu hermana tarda bastante —suelto, configurando la alineación del siguiente partido.
—Se habrá enredado con cualquiera en el centro, ya sabes cómo es —dice, sin apartar los ojos de la televisión—. Deja de cambiar los extremos y dale a iniciar, que a este paso vamos a empezar cuando el tobillo esté curado.
Su falta de preocupación me irrita y el partido que empezamos no consigue distraerme, así que decido cambiar de estrategia.
—¿Tienes hambre? —Dejo el mando en la mesa—. Puedo preparar algo si no quieres pedir comida.
—Por mí perfecto, la nevera está llena —acepta, buscando el resumen de la carrera de Fórmula 1.
Una vez en la cocina, me concentro en la tarea para silenciar el ruido de mis pensamientos.
Saco los ingredientes, corto las verduras y, cuando vierto el aceite en la sartén, Catalina entra cargada con una bolsa de tela, el cabello alborotado y el perro trazando zigzags entre sus pies.
Que el pecho se me descomprima es una reacción fisiológica que no quiero analizar.
Después de saludar a su hermano, los dos se acercan a la barra. Catalina saca una chaqueta de pana de la bolsa.
—Mira lo que he rescatado en el mercadillo del puerto por veinte euros. Está impecable.
—¿Has tardado tres horas en comprar una prenda que ya existía en los setenta? —replica Unai.
—Se llama tener estilo, algo de lo que tú careces porque tu armario solo tiene dos configuraciones de fábrica: chándal o traje. —Cuelga la chaqueta en el respaldo de la banqueta—. Esto creo que te va a hacer más ilusión.
Unai le arrebata el vinilo de Black Sabbath.
—¿Para mí?
—No te flipes, es mío, pero te lo cedo en usufructo mientras me quede aquí. —Lo apunta con una uña naranja chillón—. Trátalo bien si aprecias tu vida.
—¿Has cenado ya? —pregunto, secándome las manos con el paño de cocina.
—Sí, piqué algo con Blanca —me responde sin llegar a mirarme. Le quita el vinilo y lo guarda de nuevo en la bolsa—. Adivina a quién me he encontrado hoy entre los puestos del mercadillo.
—No soy Delilah, enana.
—A Sean.
Unai levanta una ceja.
—¿Brooks?
—El mismo.
Remuevo el sofrito que comienza a dorarse, disimulando mi interés en la conversación.
—¿Y qué hace aquí?
—Me ha dicho algo sobre una entrevista de trabajo.
—¿Te lo había comentado?
—No, no hemos hablado desde que se fue. Hemos intercambiado números para quedar y ponernos al día con calma.
Mierda, los pimientos tienen un tono demasiado oscuro. Aparto el recipiente del fuego justo a tiempo para evitar el desastre y me recuerdo que no debería preguntar, que no es un dato relevante. No. Concéntrate en cocinar.
—¿Quién es ese tal Sean? —Me oigo decir, echando por tierra toda mi disciplina mental.
Puedo sentir la mirada de Catalina en la nuca. Es Unai quien contesta.
—Fue novio de Cata en la universidad.
—¿El que te engañó? —pregunto, girándome hacia ella, que hace una mueca y niega con la cabeza.
—No, ese fue Víctor. Sean era genial. Tuvo que mudarse de vuelta al Reino Unido por unos problemas familiares.
—¿Ha vuelto de forma definitiva o es temporal?
—Me están entrando náuseas solo de ver cómo desintegras esos pimientos.
El comentario de Unai elimina cualquier posibilidad de que ella responda a mi pregunta.
Un tirón familiar en la pernera del pantalón me hace bajar la vista. Ozzy suelta un bufido lastimero y Catalina se inclina sobre la barra para poder verlo.
—Dale un trozo de pollo, anda.
—No. —Muevo la pierna con suavidad—. Es para la cena, no para el perro. Él tiene su pienso ecológico de salmón; ese que cuando se lo das deja un olor insoportable por toda la casa.
—Suerte que ya no vives aquí. Es solo un trozo, no nos vamos a morir de inanición.
—Es disciplina. Si cedes a sus demandas, lo único que consigues es malcriarlo.
—Lo que llamas debilidad conductual es tener corazón. Pero claro, entiendo que para introducir esa variable en tu sistema primero tendrías que bajarte una actualización de software .
—Mi software opera a pleno rendimiento. Solo quiero evitar que el animal termine en urgencias.
—Qué descanso saber que estás aquí para salvarnos de nosotros mismos. —Se pone en pie y hace una reverencia—. Voy a ponerme el pijama y así estar más cómoda por si nos sigues iluminando con tu sabiduría.
En cuanto el sonido de sus pisadas se pierde escaleras arriba, bajo la vista hacia Ozzy, que sigue apostado junto a mi tobillo con la misma expresión de huelguista de hambre. Cojo dos piezas de carne y las dejo caer al suelo. Desaparecen antes de tocar las baldosas.
—Vaya, vaya. —La voz de Unai me hace dar un salto—. El hombre de la disciplina de hierro acaba de saltarse sus propias normas. Eres un blando.
—No me jodas. —Arrojo el resto a la sartén, le doy un par de sacudidas para mezclarlo con el sofrito, coloco la tapa y me giro hacia él—. En quince minutos sirvo la cena. Mantén la boca ocupada con algo productivo y deja de decir tonterías.